martes, 18 de julio de 2017

Cuando vino la Noche, con sus largas pestañas,
y el Invierno florece, (o aun la Luna brilla
como un farol sin dudas),
tomo de mis rincones ceremonias.
Pongo sobre mis hombres un viejo abrigo verde
que conserva de sí solo secretos,
que murmura todavía Catulo y Aristóteles,
la voz de Sherlok Holmes y un gato muerto
que esta noche ha venido a refugiarse
porque afuera hace frío y la ciudad aburre tanto.
Mi viejo abrigo verde reaparece
cuando todos los árboles dormidos
se quiebran desde adentro de la tierra,
y yo he quedado solo de testigo
para pasearme en la sonrisa del Invierno
vigilante de cada galería como un monje en la brisa.
(O quizá una tortuga con ínfulas de tiempo
que hoy asomó las uñas en la tierra
y se encontró que el frío murmuraba en el viento.)
Mi viejo abrigo verde me lleva entre los árboles
y la ciudad que duerme anónima y furtiva
(como cualquiera de las penas ajenas),
no sospecha de nos y nos ahuyenta.
Llevo el bolsillo lleno de impaciencias,
y de resto. Las horas del hambre y de la vida
han pasado desfiles y se han dejado
papeles de caramelos, papeles del banco,
mis retorcidos anteojos. O nada.
Solo aire. Ni siquiera un anillo.
Ningún tesoro sacro que haya encerrado tiempos.
Solo este abrigo verde que murmura en sí mismo
como un poema oscuro sin estridencia y filos
sacudido en el aire adormecido debajo de la mesa.
De su puño el helecho del bosquecillo antiguo
sale con la multiplicación de los escarabajos
que llevan sobre su espalda el sol amanecido.
De su bolsillo basto se descarga el viento
de una Luna sin luz adormecida
que se mostrara contemplativa y sabia de los campos.
Y de su capucha un rostro que no es mío,
que me murmura quedo en el oído
sobre el sabor a verde de la tierra
que se ha cargado entre estos hilos,
de como cada mancha es un entierro
y cada esquina un minotauro muerto.
Así ataviado entro en las galerías del pasado
y los poetas y los sabios y los guerreros y los comerciantes
vienen a mí con su palabrería
más humanos y tercos que el presente
me llevan entre ellos pronunciando
las lenguas muertas que nadie más puede
en los jardines extintos o en los caminos desaparecidos.
Así vestido intemporal me entrevisto con los asesinos
que regresan a las horas donde cumplían sus ritos,
donde sus rostros se alzaban con sangre y abalorios despojados.
Y luego los poetas, inmorales, inmortales,
más denostados que una serpiente oscura
o amados como estatuas rígidas.
Cada oficio y ley, cada espacio humano
llega mí cuando mi abrigo verde me eleva entre los años del pasado
para ver como se levantaban tumbas y se encendían hogueras
junto al río, bajo la arboleda, o en el profundo corazón de las piedras
que el género humano habitaba y habita todavía.
Solo mi abrigo verde puede llevarme más allá del día
a donde duerme la sed del cocodrilo,
el rumiar brusco de los dromedarios,
el nacimiento agudo de los gatos.
Debo a mi abrigo verde tantas aventuras.


sábado, 15 de julio de 2017

Es el viento, que afuera se construye a sí mismo
y se esgrime y renueva  como una Luna perla.
Ha venido y me dice que no tarda la lluvia.
Lloverá tardíamente, una fina cortina
sobre este gesto brusco del cemento dormido.

Dentro del viento vas. Te perdono la ausencia
porque mostraste el ala que te hiriera la pena.
Quejumbroso hoy he estado, y más triste me quedo
pero no he de llorar cuando me duerma.
Esta ingenua pureza de tu mano extendida
no merece que el agua venga con amargura.

Es el viento, que espera se termine el camino
que te lleva consigo más allá de mi hora.
Y luego dejará que el invierno recupere su nido.

No he querido mostrarte que tu herida pregunta 
a mis calmosas horas letanías sin respuestas. 
Desvelado estaré cuando llegue la lluvia.