viernes, 28 de julio de 2017

No hay más que decir. Estoy cansado
y me duele la nuca y los ojos y el agua
de la la lluvia que anoche cantaba ahí afuera.

Terminé el día, pero no era de día.
Volví a casa solo, sin ninguna moneda
que en el bolsillo fuese su ilusión de tesoro.

Volví a casa y me esperaba solo
un grillo oscuro con ambiciones dueñas
de las penumbras que cada día resurgen
en las esquinas de esta casa nuestra.

No había mas que decir, era muy tarde;
y me dormí pensando que afuera no vendría
como una lluvia la tristeza esta.


jueves, 27 de julio de 2017

"-Lo venimos a felicitar por ser diputado.
-Ah, bueno... Vamos a esperar un rato..."

Aurelio Díaz a sus vecinos.
Noche del 23/07/2017

Aurelio escucha el viento que se tiñe de azul, de verde, blanco, negro,
Pero que adentro el sabe que siempre ha sido rojo.

Este viejo tenaz y redimido que hoy llaman el diputado obrero,
como un titulo de inmerecida fama repentina,
se ha ofrecido a barrer las veredas del partido.

Su bicicleta oscura es una rodilla ciudadana,
un hueso de la calle que tomara propósito.
Lleva sus viejos ojos luminosos
a los espacios perdidos de la tierra
donde no llega el hambre de los votos
y vive siempre el hambre de la tierra.

Aurelio, socialista, obrero, hace esqueleto
para volcar cemento y la escalera
se erguirá de su andamio como un grito
que desde siempre se escuchara.

Nadie lo nombra en títulos,
"abogado", "doctor", "caballo de marfil",
voz de trueno y glosa de oro.
Este viejo empecinado lleva
carteles en las manos, cicatrices,
algún recuerdo amargo de horas oscuras propias.
Vienen todas las cámaras y luces
para cubrirlo con su iridiscencia
pero él las apaga cuando habla.
Es el viejo que llama compañeros
a todos los hombres de la tierra.
Pareciera una burla en el gobierno
de los hombres azules.
Ellos hablan de luz como una cifra:
"Ha aumentado el producto.",
"Somos, de ayer, más altos todavía."
"Solo nos falta un metro para el cielo."

Aurelio, oscuro como el fuego convencido,
roe la dura paciencia de los pueblos
y nombra a las ciudades, "barriadas",
a la necesidad, "desnutrición",
al pueblo, "trabajador y obrero".

¿Cuanto vale este alivio de verte viejo?
He visto los salones en silencio
donde se ufana el espíritu ordenado
que se almacena a si mismo interminablemente.
Se resguarda con interminables líneas y celdillas
y un lenguaje de círculos ocultos.
Son molestos y sucios, pegajosos
de humo, rumor, polvo sin luz.

Nadie te nombra en títulos,
nadie abandona tu nombre.
Es como si hubiese viento y fuese bueno,
no lleva en sí la gloria ajena.
Cada uno te llama Aurelio.



Los demás te exigirán que crezcas,
que te hinches e inflames.
Que te surja una llama de la boca
y se abra paso el mundo tras tu paso
para el orgullo noble de tu madre.

No habrá nadie que venga a consolarte
cundo quede en tu piel la espina
de la duda y la melancolía.
Ni siquiera la gloria cura heridas.

Yo se. Lo he visto
como el afán de amar desmesuradamente
quiebra la espina de cualquier belleza.
La vida, si no es lenta, agobia y quema
hasta a la más ardiente de las fieras.
El fuego sabe como y cuando es la madera.

Los demás te exigirán que busques
el oro, el marfil, el plástico que cuesta
tu oscuro corazón ajeno.
Te amarán cuando grites y te alces
por encima de una piedra tallada.
Dirán que solo vale lo que vale,
y que eso te será suficiente.

No es cierto. Son mentiras
y perversas. Crecen fuera del imperio de los árboles.
Cuestan quizá, pero belleza.
Y esta duerme en la semilla fea,
en la espalda del perro despeinado,
bajo el diente sin fin de una birome
que roe y roe la carne pálida
para poner su propia sangre en la trinchera.

Ve y crece sobre el mundo.
Hazte de honor y nombre, date dones
que no eran tuyos y que no descubrieras.
Compra el asiento de los aventurados
para no ver ni el suelo ni las estrellas.
Honra el deseo fútil de la carne
sin piedad de ti mismo.
Que la muerte al buscarte te carcoma
la muralla de ambiciones ciegas
y te lleve apenas por rutina.

No vayas. Son mentiras
y malas. Simplemente malas
son las ambiciones que no te hagan noble
de sangre, sabio y viejo, protegido
y protector de todos los ratones.
Se que hay bondad ahí, donde te escondes.


martes, 25 de julio de 2017

No he de cubrirte hoy más de metáforas
porque no he estado viéndote alguna larga hora,
y es una espina pálida en la palma
que no he de retirar hasta que encuentre
otra vez tu rostro y corazón de lluvia.

Solo que estés a diestra de mi arrobo
me ha de sanear mi cuadro de costumbre,
y cuando gire yo como un planeta
sobre este vértice de tus encantos
no habrá dolor en mi encomiada tarde.

Ya no habrá espera, todo será eterno
en la promesa de lo que ha llegado.

Y luego te iras por tus caminos
que se enredan sin mi ambición en ellos.
Yo quedaré mordiendo un pan sin sangre
que me distraiga el hambre.


sábado, 22 de julio de 2017

No llores, Pancho, no llores. Van a volver
porque ya son las nueve
y ella vuelve cuando el sol se pone
y el viene detrás cuando es de noche.

Así no llores, Pancho, no llores.
Peores penas tienen otros perros
que quedan en cadenas atrapados
y se marchitan y se descomponen.

Tu voz de adolescente reclamando
no corresponde a tu falsa miseria.
Lagrimas de cocodrilo son aquellas
que lloran, por caprichos, falsas penas.

No llores, Pancho, no llores
media hora echado frente a la puerta.
No es esa una prisión ni una cadena,
ni ha sido menos dura tu condena.
Afuera de tu diente redimido otros esperan
su mala hora que venga.

Y cuando salgas a correr de nuevo
él te traerá tu ruidosa botella
y ella desde la puerta. Ambos te miran
como al hijo que quizá nunca tengan.

No llores, Pancho, no llores.
Te han puesto nombre, y posesiones.
Nadie toca tu collar de paseo
sin tus gruñidos. Nadie viene a mojarte
como este invierno que hay en la calle.

Es media hora de melancolía,
hasta que vuelvan él y ella.


Existe la tristeza como una sed de aguas extinguidas
desde fuentes cubiertas por escombros demacrados;
pero no ahoga nunca definitiva y fría.
Más pura que la muerte la tristeza construye
sus blancos muros pálidos, de plumas,
y vuela con el viento en las ciudades
como volara en brazos de los árboles
cuando no habíamos llegado a su presencia.

La tristeza nos toca cuando vemos dolor
en la piel de los seres que amábamos
y al no poder salvar sus espíritus puros
quedamos impotentes bajo el sol.
Cada uno de nosotros camina hacia el dolor,
y aquel que nos contempla se queda silencioso.
De alguna forma sabe lo que no puede hacerse.

Construye sus refugios en las piedras caídas,
y nosotros, los que nunca las vimos
en los días antiguos de la gloria perfecta,
vagamos en recuerdos levantando reliquias
con los dedos temblando y los ojos perplejos.
Solo el polvo recuerda lo que se ha olvidado.

Gobierna los espacios de la nostalgia bella,
nos exhibe las formas que dejamos atrás.
La tristeza es el tiempo en el que contemplamos
nuestra serenidad de no volvernos nunca
porque, sencillamente, no podremos.
La tristeza es el rostro del ángel del ángel del futuro.

Consuelo a la tristeza son los árboles nuevos,
los ojos de los gatos apagándose en sueños.
El rostro de las cosas que amábamos volviendo.

Algunas pocas hojas, tardías y cansadas,
pendiendo de los árboles
como flores muriendo sobre un rito;
y una voz, lejana, repitiendo
monótonos versículos de un canto irreversible.

La tristeza, rama de verde menta adormecida
crece en los húmedos rincones de la serenidad
llevando sus raicillas por nuestras decadencias
colonizando el aire de la paz.

No dura para siempre, la felicidad.
Una tarde se esfuma en el viento del norte
y abandona nuestros ojos al sol.
Más queda la tristeza, intermitente y fresca.
O seca, como el fruto del árbol en otoño.
En la tarde el sol se vuelve viento
con la tierra en el verano:
es esa la tristeza. Un perro sarnoso
una tarde que los hombres se duermen
y su obra se yergue solitaria
calentándose sola sus miserias ya propias.
Un instante de sol sobre la vieja chapa de los techos.
Puedo escuchar al viento royendo las paredes.

Ha de ser la tristeza una contemplación.


viernes, 21 de julio de 2017

Voy a perderte en la ciudad. Un día
no me devolverá tus ojos pálidos
para que pueda yo estar asombrado
de la belleza que aún nos queda en la tierra.

¿Cómo voy a encontrarte en la ciudad?
Ella toma tus ojos y vierte dentro
su aridez de metal y de cemento,
en el espasmo del dolor cotidiano
te dejó sus espinas sin encanto.
Y cuando duermas y cuando estés despierto
y cuando te hayas consumido y yerto
sobre la piedra estés junto a extraños
no podré rescatarte para mis días
que siempre han sido de los más fugaces.

Voy a perderte un día. Será el último
que no sabré cuando te despidas
y nada de mi fe pueda guardarte
como una rosa seca en un libro.
O un perfume en un frasco.

Extendida y hecha una sola la ciudad te tomará
para sí reservará tus hábitos y espacios.
Te llevará en sus dedos sin mirarte
utilizando tu voz junto a sus muros,
construirá sus futuros con tu cuerpo.
Te llenará los ojos de cansancios.
Te habrá muerto la sangre sin un verso.

Te apagará toda luminaria
porque es cruel y fría como un cuerno.
Avanzará en ti como una araña,
solo sabe de sed y de ceguera.

Ella no puede verte, cuando el árbol
te cobija en su sombra y una sombra mas
en mitad de la noche eres apenas.
Pero queda en el aire tu iluminada risa,
el aroma a cachorro y tierra húmeda,
la calabaza gris de tu tristeza.


martes, 18 de julio de 2017

Cuando vino la Noche, con sus largas pestañas,
y el Invierno florece, (o aun la Luna brilla
como un farol sin dudas),
tomo de mis rincones ceremonias.
Pongo sobre mis hombres un viejo abrigo verde
que conserva de sí solo secretos,
que murmura todavía Catulo y Aristóteles,
la voz de Sherlok Holmes y un gato muerto
que esta noche ha venido a refugiarse
porque afuera hace frío y la ciudad aburre tanto.
Mi viejo abrigo verde reaparece
cuando todos los árboles dormidos
se quiebran desde adentro de la tierra,
y yo he quedado solo de testigo
para pasearme en la sonrisa del Invierno
vigilante de cada galería como un monje en la brisa.
(O quizá una tortuga con ínfulas de tiempo
que hoy asomó las uñas en la tierra
y se encontró que el frío murmuraba en el viento.)
Mi viejo abrigo verde me lleva entre los árboles
y la ciudad que duerme anónima y furtiva
(como cualquiera de las penas ajenas),
no sospecha de nos y nos ahuyenta.
Llevo el bolsillo lleno de impaciencias,
y de resto. Las horas del hambre y de la vida
han pasado desfiles y se han dejado
papeles de caramelos, papeles del banco,
mis retorcidos anteojos. O nada.
Solo aire. Ni siquiera un anillo.
Ningún tesoro sacro que haya encerrado tiempos.
Solo este abrigo verde que murmura en sí mismo
como un poema oscuro sin estridencia y filos
sacudido en el aire adormecido debajo de la mesa.
De su puño el helecho del bosquecillo antiguo
sale con la multiplicación de los escarabajos
que llevan sobre su espalda el sol amanecido.
De su bolsillo basto se descarga el viento
de una Luna sin luz adormecida
que se mostrara contemplativa y sabia de los campos.
Y de su capucha un rostro que no es mío,
que me murmura quedo en el oído
sobre el sabor a verde de la tierra
que se ha cargado entre estos hilos,
de como cada mancha es un entierro
y cada esquina un minotauro muerto.
Así ataviado entro en las galerías del pasado
y los poetas y los sabios y los guerreros y los comerciantes
vienen a mí con su palabrería
más humanos y tercos que el presente
me llevan entre ellos pronunciando
las lenguas muertas que nadie más puede
en los jardines extintos o en los caminos desaparecidos.
Así vestido intemporal me entrevisto con los asesinos
que regresan a las horas donde cumplían sus ritos,
donde sus rostros se alzaban con sangre y abalorios despojados.
Y luego los poetas, inmorales, inmortales,
más denostados que una serpiente oscura
o amados como estatuas rígidas.
Cada oficio y ley, cada espacio humano
llega mí cuando mi abrigo verde me eleva entre los años del pasado
para ver como se levantaban tumbas y se encendían hogueras
junto al río, bajo la arboleda, o en el profundo corazón de las piedras
que el género humano habitaba y habita todavía.
Solo mi abrigo verde puede llevarme más allá del día
a donde duerme la sed del cocodrilo,
el rumiar brusco de los dromedarios,
el nacimiento agudo de los gatos.
Debo a mi abrigo verde tantas aventuras.


sábado, 15 de julio de 2017

Es el viento, que afuera se construye a sí mismo
y se esgrime y renueva  como una Luna perla.
Ha venido y me dice que no tarda la lluvia.
Lloverá tardíamente, una fina cortina
sobre este gesto brusco del cemento dormido.

Dentro del viento vas. Te perdono la ausencia
porque mostraste el ala que te hiriera la pena.
Quejumbroso hoy he estado, y más triste me quedo
pero no he de llorar cuando me duerma.
Esta ingenua pureza de tu mano extendida
no merece que el agua venga con amargura.

Es el viento, que espera se termine el camino
que te lleva consigo más allá de mi hora.
Y luego dejará que el invierno recupere su nido.

No he querido mostrarte que tu herida pregunta 
a mis calmosas horas letanías sin respuestas. 
Desvelado estaré cuando llegue la lluvia.