martes, 27 de junio de 2017

El viejo Homero abrió la boca y de ella salieron
caballos en carrera, naves resquebrajadas,
toda una ciudad en llamas
se elevó tras la muralla blanca
en la colina de su lengua;
y huían los cordeleros, los labriegos, la madre
de cada muerto tragado por el río.
Habló durante eternidades inmedibles
encerrado en pergaminos y papeles
su piel se desmigó dentro del tiempo
y su mano se hundió en los trigales
para amanecer entre los vivos y los muertos.
Habló durante eternidades inmedibles
y fue escuchado en tierras extrañas y espíritus baldíos
donde se cultivó su hazaña legendaria
de ser ciego y haber visto Ilión ardiendo.
Más inmortal que un dios sobre la hierba
fue visto sobre el río de los hombres
coronado de hiedra se hizo viento
cuando su voz fue revivida en otras lenguas.
Por él Ilión aún sigue ardiendo,
por él cada mañana Hector se levanta,
por él se escucha el martillo de Hefestos bajo el Etna.
El humo de la guerra se levanta en las ciudades
como una lágrima negra en la mejilla de la tierra.
Y Homero habla de la sangre en río enfurecido
cuando hemos sucedido milenariamente,
cuando más a salvo nos creímos.


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