martes, 25 de abril de 2017

El olor de la pared y el techo derruidos
de donde sale, como una mano lánguida
o una respiración de esporas emanando
de la madera y el metal cuando la lluvia.
Y da miedo, quizá por denotar la muerte
sin un rayo del cielo a la cabeza
ni una cuchilla o una garra fiera
y se presenta un día pero estaba
desde tantos días anteriores
que nadie se dio cuenta.
¿Cuando creció la hiedra sobre el muro?
¿Alguién ha calculado el tiempo de los mohos?
Quien espera la muerte repentina
muere por la paciencia de los hongos.
Así en la madera y las hormigas,
así en la ancianidad del individuo.


Ser jóvenes y correr en lluvia,
murmurar quedo dentro de una iglesia,
comer y dar mitad de la naranja,
equivocar el paso en media calle,
o quejarse del viento y de la tarde
para estar tristes de noche con recuerdo
de la tarde perdida.
Que caiga un mango y ruede
a la boca común de la penumbra,
tocar el caracol cuando ya ha muerto,
hurgar en hígado donde generoso
el cuerpo guarda leña para el fuego.
No se termina el aire ni los huesos.
No todavía ni hoy ni cuando el alba
venga de oriente levantando el cielo
que se durmiera sobre nuestro sueño.

(Y todo esto me despertó la lluvia
que la encontré absoluta en la avenida.
A dónde iba el buey de la ciudad
no lo sé ni lo supe ni sabía,
porque cruzó quizá por frente mío
pero yo solo tenía lluvia y alegría
de ver llover, de ver llover. Llovía
encantadora, magistral, iluminada,
extraordinariamente sobre y bajo el agua.
Anocheció lloviendo o solamente
ha sido toda noche el día.)

Son cosas que suceden con la vida
y que solo terminan con la muerte.


(Ahí vuelve a llover. Ya puede oírse
que lloverá toda la noche.)

viernes, 21 de abril de 2017

Hablemos. Se puede hablar de cualquier cosa.
Yo escucho. Sentado en la penumbra
puedo escucharlo todo. Siempre escucho
el rasguido de los gatos en el vientre de la madre,
el universo carmesí dentro de la sandía cuando ensancha
y arrastra tras de sí la verde procesión del tallo.
El mundo es un sonido perpétuo. Yo escucho
de noche, ya en el borde del sueño, las esferas.
O un grillo que se durmió sobre sus hilos.


martes, 18 de abril de 2017

Pareciera que a veces ha quedado dormido, 
que la muerte ha venido y se apoyó en sus ojos 
porque inmóvil, más ido que un reloj en la noche, 
solo su sueño sabe lo que en él acontece. 

Desde afuera es un bosque en mitad de la lluvia, 
una semilla seca prisionera en un frasco de vidrio.
O quizá una medusa que aún late sobre arena. 
No se llega a su vientre, al caracol ausente, 
si al contemplar dormida esta criatura sola 
quedamos para siempre afuera de su ser. 

lunes, 17 de abril de 2017

Dios creó los ángeles con alas y luces,
y ellos se arrodillaron.
Gritaban "santo, santo, santo, santo."

Dios creó los árboles
y ellos se durmieron seis meses,
luego despertaron seis meses.
Florecían, ensancharon sus troncos,
lo ignoraron cuando tocó sus ramas.

Los árboles amaban a toda la creación.
Se extendieron sobre la tierra y sobre el agua.
Dieron oscuridad a las hormigas,
humedad al fuego, nueces a las ardillas.

Incluso sostuvieron su sombra en los caminos
por donde los ángeles iban en procesión
buscando los santuarios
para arrodillarse y gemir en éxtasis:
"Santo, santo, santo, santo."

Y Dios amó a los árboles
más que a los ángeles,
porque vió que los árboles amaban a toda la creación
pero los ángeles solo amaban a la luz.


sábado, 15 de abril de 2017

Imagina un fantasma que se cruce la calle
con los puños violetas un martes por la tarde
cuando el sol es un gordo bajá de las alturas.

Salga desde el cemento de un almacén,
y dos autos se estrellen en la orilla,
una señora se espante al descubrirlo
y alguien haga un video tambaleante.

Salga del almacén, por que es más viejo
que los demás edificios de la calle,
con una gabardina puntillosa derruida,
guantes de cabritilla ceñidos en el puño,
y una mancha sin luz junto a la nuca.


lunes, 10 de abril de 2017

Estaba hablando con la monotonía del ventilador
que esta tarde se parece mucho a un bancario en alguna oficina,
y más allá alguien hablaba y más allá alguien más estaba.
Estaba yo dormido en la rutina que contagia el papel,
que alcé la vista para estos anteojos que no alcanzan
y vi como la amabilidad grisácea previa a la lluvia
había venido a posarse en la piel de tus brazos.


Yo he tenido el amor entre los brazos,
pero no era el amor;
y he roído sus mieles una a una,
pero las encontré vacías.
Y una noche, que había llovido y todo
estaba húmedo y frío,
me fui por la vereda opuesta
porque el amor se cayó por la escalera.
Y yo, que no sabía preparar funerales,
le dí una caja llena de recuentos,
me quedé con un libro casi de salvamento.
Ese invierno dormí feliz y solo;
en un rincón mi estufa canturreaba
sobre el dolor de la paciencia ardida.
Uno no ha sido víctima o victimario;
se piensa solamente que de heridas
sabemos recordar lo necesario.
Quizá no fabricamos el cuchillo,
pero al usarlo nos cortó la mano.


¿Era el amor aquello? No creo que fuera
más que la sensación del entusiasmo
de quien alcanza lo que no alcanzaba
o se tiene en la mano una tormenta,
aunque se escurra el agua de los dedos.

Decir amor, como se dice tiempo compartido:
igual de fácil que el sexo repentino.
Alguna calabaza sin semillas
que mezclara su flor con la desidia.
Ya en el sabor le queda la derrota.


domingo, 9 de abril de 2017

Nos sucede que estamos caminando el pasillo
y de pronto, esta tarde, se nos fueron los días.
Esta tarde ruidosa, la primera del año, solitaria
y nueva como el color del fresno
me sucedió una vez hace ya cinco años.
¿Y adonde han ido ahora aquellas luces?

Una vez, hace mucho, yo entré por esa puerta
y me fui en los pasillos hablándole a la gente
que salió a responderme desde atrás de las puertas.

Desde atrás de las puertas se agitaron las hojas,
la tinta se arrastró como un alambre vivo.
Un caracol pulió su filo sobre un lápiz dormido.

Desde atrás de la puerta tu cara viene a verme,
pálida y liviana en la luz. Una máscara
de alguna inocencia que ya casi se pierde.

Sucede que hoy he vuelto y ya no soy el mismo,
porque hace cinco años me reía de otras cosas
y me enojaban otras. Aunque aprendí
a caminar sin voz y con la ceja altiva,
(que a veces dicen soy de vista despectivo),
en los pasillos estos donde quiero
encontrarle al ladrillo un sustantivo.
Pero hace cinco años me asomé en la puerta
como el primer minero en una mina,
donde exploraran miles de mineros,
y junto a la escalera hallé la luz,
el rostro, la penumbra, la escalera.
Los árboles que en estos días se doran,
los gatos que aún duermen las palmeras.
Un banco de cemento, la llovizna,
este patio brutal, las puertas clausuradas,
en un pasillo una prensa de papeles que la han sacado fuera.

Yo me asomé al pasillo donde nada era nuevo
y lo vi tan dormido que caminé en silencio.
Me devoró su vientre de cuestionable templo.
Y aunque el pasillo sigue más dormido que el tiempo,
ya conozco su nombre y su lenguaje incierto.
De cada fresno he visto un otoño distinto.


lunes, 3 de abril de 2017

Años atrás, en el pasado. Hace ya muchos años,
(Ah, tantos años.. ), Albert Speer plantó nogales.
Verdes nogales con altas ramas esbeltas entre el viento.

Y caminó alrededor de ellos,
y levantaron sus ramas y rieron.
Caminó alrededor de ellos,
y les hablaba y saludó sus brotes.
Caminó alrededor de ellos
hasta marearlos con su interminable palabrería.

Les habló de sus culpas y ellos oían
el viento en la alambrada de Spandau,
la nieve sobre el patio y los caminos
que el hombre se inventó para sí mismo.
¿Fue esa una proeza del hombre?,
cuando Speer fue caminando al Este.

Ahora que todos aquellos días han desaparecido,
en una plaza de Berlín los nogales de Albert Speer
(aún) susurran letanías y nueces cincuenta años después.

Una noche, a la hora de las puertas abiertas,
Albert salió por una esquina de la prisión
y nunca más volvió a recorrer el jardín junto a la nieve.
(Quizá partió diez años antes hacia el este,
y ellos lo siguieron con sus raíces, con sus hojas.)
Pero esa noche, aquella última noche
Albert Speer fue devuelto al mundo
y ellos, los nogales, quedaron en silencio.

Pervivieron, solemnes y angustiados, dentro del tiempo.
Rudolf Hess envejeció en sus ramas,
habló en el viento, se encerró en la luz
de sus rituales despreciados.
Y un día él también estuvo muerto.
La prisión derruida, los guardias se marcharon;
solo los nogales quedaron perdidos en la ciudad.

Deben seguir ahí, en un lugar de Berlín, esperando a los muertos.


domingo, 2 de abril de 2017

Primera frase robada al antipoeta Nicanor Parra:

"Los poetas bajaron del Olimpo."
Manifiesto

Los poetas bajaron del Olimpo
y allí dijeron que no quedaba nada.
Que de las musas solo la ceniza,
de las estatuas ni tan siquiera la mirada.

Y subí el último a ver esas verdades
y descubrí blancos salones olvidados,
una coraza de hierro vuelta herrumbre,
una caña sangrada de su tinta,
una lombriz huida de nuevo al laberinto,
un viento en la boca de un mendigo.
Un busto de Homero sin los ojos
y con la boca abierta del ahogo.
Dos nubes incendiadas con despojos de luz.
Y un caracol solemne en la llovizna.
Ahora quedaban las migas broncíneas del laurel,
el otrora ovalo magnífico del escudo,
una letra quebrada en una tumba,
dos versos solitarios repetidos.

Los poetas bajaron del Olimpo.

Fueron a ver las calles sucias ciudadanas,
y se envolvieron en banderas guerreras
hasta que todo el horizonte era una lucha.

O abrazaron la causa de las letras,
con una estática luz de la justicia
que les guió el pulso en una estela:
dos mil años después sus voces estarían
como atlas de verdades eternas.

Y hubo quien renunció a todo, dio dos pasos,
cavó un agujero en la paciencia,
se mordió sin rabia las rodillas
con el silencio de las permanencias.

Los poetas bajaron del Olimpo
y dijeron que allí arriba ya no quedaba nada,
más que una colección de mariposas secas
y una montaña de billetes falsos.

Pero yo subí después que ellos,
y aunque era verdad lo de las mariposas
que estaban secas como los alfileres de sus muertes,
en los billetes alguien había escrito
"Estos días azules y este sol de la infancia",
o aquella otra que escuché hace tiempo:
"Dame limosna, mujer, / que no hay en la vida nada,
como la pena de ser / ciego en Granada."

Y detrás de montones de basura había también jardines
invadidos por ríos de zapallos florecidos.
Todos los amaneceres de la Tierra registrados,
todas las noches que no tuvieron lunas ni eclipses,
todos los escarabajos que murieron quebrados.