jueves, 21 de septiembre de 2017

Este año ciento veinte millones de cangrejos irán a Navidad
y cavarán cuevas en la arena para multiplicarse como espumas.
Los ancianos en islas cultivarán los diques
que protejan los huesos del mar.
Y una marea roja liberará a las ostras
que en las costas del Índico cultivan dentro de jaulas.

Este año se extinguirán los rinocerontes,
morirán tres ballenas bajo el sol de una playa.
Una planta de menta extenderá retoños
sobre la piedra aguda del edificio roto.


Mi profesora de filosofía era una mujer de corazón partido
que en la apatía de la lección insulsa encontraba la paz de la derrota.

Y una mañana un grillo, o un escarabajo, o una mosca sin luz,
fue caminando hasta su pie derecho con el espíritu huidizo del perdido
que entre la masa humana del cemento no halló escondrijo.

Y ella, que relataba una lección de voces extintas,
sin un gesto ni un grito lo pisó en las espaldas.
Contra el suelo crujió el animalito.

Así ha de ser la vida cuando pierde sentido.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Fue el centauro a la roca para mirar el agua
como un arbusto más sobre la tierra;
el pálido reflejo no lo miró a los ojos.
Una pequeña aguja lo tomó entre la hierba
junto a la planta noble del corcel.
Es el veneno agudo del escorpión,
hijo de la oscuridad y del acecho
llevó su carga de dolor hacia el pecho
de tan magnifica criatura.

Aquí su cuerpo se arrastró en la arena,
bramaba poderoso entre las piedras
apenas con sus manos contra el resto
que el mar informe ha echado fuera.
La cabellera augusta se humedeció,
esquirlas de amarga sal sobre su pena.

Yace el centauro, magnifico en la muerte
no ha borrado el agua su monstruosa belleza.
Sus hombros son dos caracolas pálidas,
su corazón es una túnica incendiada
que ardió dentro del cuerpo consumiendo
la fútil carne y el olvidado espíritu
de esta criatura muerta.


domingo, 20 de agosto de 2017

Yo no te miento, Josi. La recuerdo
blanca y fría sobre la mesa, muerta 
cuando alzó la mañana de su mano 
no llegó a ver la noche entrando por la puerta. 

Mi madre se murió en un solo día 
que no se apaga todavía. 
Hoy ya no veo los rostros de mis hijas, 
pero su muerte blanca sobre la mesa 
se ha quedado grabada en la tristeza. 

Un solo día empezó con la mañana 
cuando ella salió oscura y fría 
hacia la luz del sol que la tomó imprevista 
para seguirla en los rituales diarios. 
Este mismo sol en esa tarde seca
recorrió ausente el trozo de cielo 
y antes de caerse estiró una mano 
que tocó el corazón de la mujer. 

Un solo día bastó para dejarla fría 
como una sombra más entre las sombras 
que vinieron a verla demoradas. 
Antes de hacerse noche se había ido 
y ni la propia noche lo esperaba. 
Vino a la puerta con la voz en alto 
y quedó muda por el blanco espanto. 
Sobre la mesa mi madre velaba 
su propia muerte inesperada. 

Sobre la mesa mi madre pálida 
es una sombra más de la añoranza. 
Yo la recuerdo ahora, puedo verla; 
y se parece a un sueño en la mañana.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Primero el viaje, el viaje, el viaje
vuelto llanura y sol y anochecer en movimiento
más allá el horizonte espera
su columna de hormigón y de acero.
El viaje es una espera inmóvil,
como una hormiga muerta bajo el viento,
como una flor que solo se abre de noche.
Es la llanura que se exhibe y esconde
con su huella de humanos olvidados,
aquí un puente oxidado de un tren extinto
y allá una extensión de arbustos apagados.
No sucede nada, nada se espera;
el colectivo es un gusano mudo y rígido
que come viento y sol y anochecido.
El sueño desciende desde la alta oscuridad del cielo,
toca la luz y la retuerce y quiebra
los espacios de sol ahora son sombra
que crece desde las esquinas de las cosas.
Es la noche que crece nuevamente
sobre la seca piel de los caminos.
Así el gusano prende sus grandes ojos luminosos
sobre su frente esparce luz y guía
nuestros cuerpos dormidos hacia el sur.
Atrás quedan ahora los patios inundados de Corrientes
y el verdor de la tierra junto al río entra en la noche.
El gusano avanza, como si fuese un tren o un tiro
que entre la noche ha quedado libre
busca el extremo del camino.
A su vera los pueblos se encienden y suceden,
se ven ventanas de colores, las voces de otros hombres
quedan atrás. Todo se acerca y luego abandonado
queda pasado en el esfuerzo ronco del gusano metálico
que come y come tiempo, viento y frío.
El cielo es gris y altivo, la tierra verde y fría,
las ciudades del hombre son pequeñas
y el gusano no detiene su paso para verlas.
Queda tanto paso todavía que apresura el suyo
bajo nosotros impulsa su brusco corazón y corre
sin cabellos y sin gritos es una bestia urgida
cuyo destino queda en un extremo de la tierra.
Noche sin luz de Luna. Sin estrellas
que se asomen desde sus cumbreras.
Entonces es el sueño, que no tiene principio
porque llega cuando nadie recuerda su presencia.
Nos consume el agobio de la espera
y bajo nuestro el gusano bebe aceite
para encenderse y darse impulso dentro de la noche.

Milagro, luz y piedra. Piedra inaccesible
que se cubre de luz y de cristales.
El camino se ensancha sobre la orilla
donde el Paraná termina su voz solitaria
para tocar la luz de la ciudad
que ella viene a su orilla para beber humedad con su piedra.
Trae en la frente luces y una corona
de metal retorcido que la sostiene sobre el espejo
quebradizo donde el Paraná cae en aguas ajenas.
Es un sinfín de luces, un ejército eléctrico
donde se adivina el laberinto dormido de la ciudad.
Su borde pétreo junto al agua.
¿Que miles de individuos duermen en su vientre?
¿Quien despierto ve llegar este animal de chapa?
Algún ojo nos sigue sobre el puente
y ve como cruzamos expectantes este borde.
Hasta el gusano toma un respiro vaporoso,
cruje su piel, su vientre oscuro nos lleva adormecidos.
Y entra en la ciudad.

¿Cómo es la ciudad? Se parece a una mole
que dormida es más fría. Tarde es noche.
Sus edificios se agigantan sin reposo
y sus abismos encierran gritos retorcidos.
Tiene un camino iluminado y duro
donde el gusano nos lleva presuroso.
Así, nosotros los más nuevos,
los que nunca hemos visto capitales
donde el hombre se creyera eterno
despertamos a mitad de la noche y abrimos las ventanas.
El asombro desciende de las torres
y trepado a los hombros de la autopista
se descubre su rostro de gloria reluciente.
Ningún muro se parece a esto.
Aquí la piedra creció hasta alcanzar el cielo
y la voz y la mano de los hombres construyó cuevas bajo el viento.
Los caminos más anchos traen el mundo hasta el corazón de la ciudad
y desde el mar otros hombres traen los dones de la tierra.
Pero ahora duerme, toda piedra está iluminada
pero dormida y sola. Abandonada.
Descubrimos los edificios de otras épocas,
aquellos de los que sabíamos sus nombres y sus rostros
pero aquí están durmiendo solitarios.
Esta inmensa avenida se ha quedado sin gente.
La ciudad se abre y se multiplica,
sus caminos ascienden y se acumulan
mientras la hiedra crece en muros resguardados.
Luz, luz, luz sobre la piedra dormida.

Y oscuridad, rincones de ella junto al camino
donde el hombre pobre, el miserable, construyó su nido.
Como un hormiguero desarmado por el pie del niño,
como un terrón de tierra arrancado de la la llanura es
la villa en el espacio de la ciudad dormida.
Sus ventanas iluminadas se asoman a la noche
y al borde del camino el gusano también ya las ignora.

Los grandes edificios de la gloria ocultan el cielo gris,
sus lámparas confunden a la noche.
Como destellos surgen entre el humo de la euforia
y luego a diestra y  siniestra quedan detrás nuestro.
El gran teatro clásico, sus muros grises;
un obelisco blanco como un hueso absurdo;
Don Quijote surgiendo de la piedra en bronce;
un estadio monumental y vacío a estas horas;
la belleza del vidrio sobre el mundo.

Salimos de la ciudad, atravesándola
y el camino se rodea de nuevos árboles.
Los muros retroceden y se disgregan;
pareciera que el gusano busca un camino oscuro
intoxicado ya de tanta luz y altura
ahora nos lleva hacia el corazón de la noche
fría y húmeda, lo recibe en su seno adormecida.
De nuevo el sueño camina en el pasillo
y toca nuestra asombro con sus dedos tibios
hasta rendirnos sobre el incómodo puño de los sillones.

Ahora dormidos, la oscuridad cede en algún punto
y el día se desenvuelve sobre la tierra.
El camino es invariable pero hay pequeños árboles
y casas junto él. El borde de la urbanidad.
Con el día entramos en la ciudad de plata,
como los primeros viajeros de la noche.
El camino se vuelve opaco y cotidiano,
apenas una calle más entre los edificios.
Pero engañoso, ya nos lleva hacia el mar.

El mar, criatura fabulosa extendida y de murmullos hecha,
tuerce el avance del camino y lo empuja dentro de la ciudad.
¿Pero quien mira el camino ahora?
¿Que espíritu mirará la obra del hombre?
El mar, atlántico, llega a la piedra
y es como una mano majestuosa
que quiebra el filo de la llanura
para dejar su esfuerzo junto a nosotros.
Es bruma y frío, espuma repentinamente pura
sobre la piel curtidamente hosca de la piedra.

Y un instante después el gusano nos lleva dentro de la ciudad,
las avenidas grises están abandonadas, los árboles sin hojas,
las altos edificios no tienen quien se asome.
Solo el viento transita los espacios urbanos
llevando entre sus dedos una garganta helada
que descarga en las calles una piel color plata.
La distancia es brumosa, el silencio hace espacio,
cada venida nueva es justo igual a otra.
Tantas torres vacías y tan pocos árboles,
esta ciudad es triste, con su bruma sin gente.
Hermosa cual una perla burda, la soledad la cubre.

Que ciudad mas bella y triste. Ella se camina
en los senderos al pie de sus torreones.
Cada torre tiene una puerta y cientos de ventanas sin flores.
Los árboles desnudos son filas secas junto a las avenidas vacías,
y tras el cristal los cocineros esperan el verano.
Una ciudad hecha para multitudes que hoy no han venido,
me mira ansiosa de que tome sus adornos,
que me siente a sus mesas y tome sus comidas,
que entre en sus caminos ávido y febril.
Pero es invierno, la multitud se ha ido
y yo no alcanzo a reemplazarla.
Puedo vagar entre sus monumentos y descubrir
las estatuas cuyas espadas de madera tiemblan,
la dura ausencia de los lobos de piedra.
O que en la costa vengan las gitanas de tobillos helados
a ofrecerme bendiciones y miserias.
No las escucho ya. Rápido uno aprende
el lamento universal del mendigo que pide una mentira.

He venido hasta el mar con mi impaciencia
de viajero obligado y tristón.
Cuanta belleza hay en la piedra húmeda.
Cuanto viento puede apoderarse de una plaza sola.
Mar del Plata en el viento es una ciudad vacía.
Pocos dioses conocen esta maravilla;
puede sentirse en la plaza la ausencia de aquellos que vinieron antes.
En verano ha de ser un refugio de luz,
una marea de humanos corriendo frente al mar,
como un multitudinario ritual.
Pero es invierno y huele a humedad.
Pero es invierno y la soledad la ha vuelta bella.

He venido hasta el mar. El viento frío
arde en la espuma del agua y dice cosas
mucho más viejas que la piedra bella
con la que el hombre ha erigido muros.
Sobre la costa corre un alto cerco
y al descender al borde, junto a la arena,
la ciudad es un rostro altivo y rígido
como una escalera de hormigón al cielo.
El mar viene de Oriente con su voz.
Es más frío y sonoro que los ríos,
sabe que él no pertenece y pide
ante la piedra una rendida arena.
Pero la arena ha sido resguardada en pequeñas bahías;
y a su mano quedaron solo rocas
con los nombres de otras manos grabados.
A la costa vinieron otras gentes
a dibujar en piedra su llamado
y el mar las borra diariamente
cuando alza su voz sobre la guardia.

Aquí el viento es tan frío y antiguo
que la plaza de piedra pareciera aún más abandonada.
En la espalda del Gran Almirante toca el viento
con su propia voz un mensaje sin pausa y sin traducción.
Brown de espaldas al mar y al viento
desenvaina una falsa espada
que el vendaval desprende del cabo con su aliento cargado de sal.

El resto de la ciudad es solo casas húmedas;
sus ventanas cerradas y mudas
se ocultan de la costa cercana
tras las torres vacías.
Sin su cerrada soledad sería como cualquier ciudad a oscuras.

Más allá de la costa han despertado
los caminantes, los que no se han ido.
Los que en invierno viven bajo el viento
salen a las calles y hablan y viven.
Las gruesas torres ocultan del viento
una ciudad que permanece, como una tortuga.
Su alta catedral vacía, en cada esquina un santo,
tiene los muros secos y escondidos.
Junto a sus gruesas columnas cuarteadas
un ángel de hormigón ofrece agua.
Y el techo ha sido cubierto
con una red de plástico para evitar que caiga el cielo.

Solo en sus shoppings la ciudad se anima,
pero las baratijas de metal y plástico
cobran un precio de alevosía para su pobre gracia.
Los hombres y las mujeres compran aquí su ropa
por que los precios caen cuando la ciudad queda vacía.



(...)


jueves, 3 de agosto de 2017

En un barrio en la ciudad una mujer
envenena los gatos de sus vecinos.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.

¿De dónde viene su maldad?
¿Cómo construye espacios cotidianos
y entre los dedos crece sus espinas?

Hay personas que odian la madera,
otras que detestan los colores fuertes.
He conocido a quien desprecie la penumbra.
(Mala señal es no amar la penumbra.)

Quizá los gatos le sean malos
o molestos. Sus gritos buscándose en la noche
recuerden el infierno de lo vivo.

¿Cómo llegó a la ausencia, a la apatía?
Quizá no puede ver en otras vidas
donde el dolor aprende a cobijarse.

Así son las criaturas, bajo el cielo.
Si alguna vez tuvimos el jardín, lo hemos perdido
porque costaba mucho mantenerlo.

Una mujer en la ciudad mata a los gatos.
Les envenena el agua, el aire, el paso.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.


¿Debe uno afrontar la ardua tarea
de refugiar a todos los exiliados de la Tierra?

Vagan al borde del Elíseo expulsados adanes y evas 
que no han nacido a tiempo ni en la Luna, 
aquellos cuyas tierras cebaron a la Guerra. 
Se han lanzado a los caminos del exilio 
hasta el borde del mar desde la tierra 
sus blancos huesos llegarán rodando 
bajo el abrazo del sol mediterráneo. 

En la distancia vimos explosiones 
de como la sequedad del aire se abrió en grietas 
que gritaban palabras sin destino.
La indignidad fue tomada y rehecha
en todos los rincones de la tierra
donde los hombres, (otros), lamentaron
que los niños murieran.

Es el destino humano, estar sujeto
a la desgracia vil de la condena.


viernes, 28 de julio de 2017

No hay más que decir. Estoy cansado
y me duele la nuca y los ojos y el agua
de la la lluvia que anoche cantaba ahí afuera.

Terminé el día, pero no era de día.
Volví a casa solo, sin ninguna moneda
que en el bolsillo fuese su ilusión de tesoro.

Volví a casa y me esperaba solo
un grillo oscuro con ambiciones dueñas
de las penumbras que cada día resurgen
en las esquinas de esta casa nuestra.

No había mas que decir, era muy tarde;
y me dormí pensando que afuera no vendría
como una lluvia la tristeza esta.


jueves, 27 de julio de 2017

"-Lo venimos a felicitar por ser diputado.
-Ah, bueno... Vamos a esperar un rato..."

Aurelio Díaz a sus vecinos.
Noche del 23/07/2017

Aurelio escucha el viento que se tiñe de azul, de verde, blanco, negro,
Pero que adentro el sabe que siempre ha sido rojo.

Este viejo tenaz y redimido que hoy llaman el diputado obrero,
como un titulo de inmerecida fama repentina,
se ha ofrecido a barrer las veredas del partido.

Su bicicleta oscura es una rodilla ciudadana,
un hueso de la calle que tomara propósito.
Lleva sus viejos ojos luminosos
a los espacios perdidos de la tierra
donde no llega el hambre de los votos
y vive siempre el hambre de la tierra.

Aurelio, socialista, obrero, hace esqueleto
para volcar cemento y la escalera
se erguirá de su andamio como un grito
que desde siempre se escuchara.

Nadie lo nombra en títulos,
"abogado", "doctor", "caballo de marfil",
voz de trueno y glosa de oro.
Este viejo empecinado lleva
carteles en las manos, cicatrices,
algún recuerdo amargo de horas oscuras propias.
Vienen todas las cámaras y luces
para cubrirlo con su iridiscencia
pero él las apaga cuando habla.
Es el viejo que llama compañeros
a todos los hombres de la tierra.
Pareciera una burla en el gobierno
de los hombres azules.
Ellos hablan de luz como una cifra:
"Ha aumentado el producto.",
"Somos, de ayer, más altos todavía."
"Solo nos falta un metro para el cielo."

Aurelio, oscuro como el fuego convencido,
roe la dura paciencia de los pueblos
y nombra a las ciudades, "barriadas",
a la necesidad, "desnutrición",
al pueblo, "trabajador y obrero".

¿Cuanto vale este alivio de verte viejo?
He visto los salones en silencio
donde se ufana el espíritu ordenado
que se almacena a si mismo interminablemente.
Se resguarda con interminables líneas y celdillas
y un lenguaje de círculos ocultos.
Son molestos y sucios, pegajosos
de humo, rumor, polvo sin luz.

Nadie te nombra en títulos,
nadie abandona tu nombre.
Es como si hubiese viento y fuese bueno,
no lleva en sí la gloria ajena.
Cada uno te llama Aurelio.



Los demás te exigirán que crezcas,
que te hinches e inflames.
Que te surja una llama de la boca
y se abra paso el mundo tras tu paso
para el orgullo noble de tu madre.

No habrá nadie que venga a consolarte
cundo quede en tu piel la espina
de la duda y la melancolía.
Ni siquiera la gloria cura heridas.

Yo se. Lo he visto
como el afán de amar desmesuradamente
quiebra la espina de cualquier belleza.
La vida, si no es lenta, agobia y quema
hasta a la más ardiente de las fieras.
El fuego sabe como y cuando es la madera.

Los demás te exigirán que busques
el oro, el marfil, el plástico que cuesta
tu oscuro corazón ajeno.
Te amarán cuando grites y te alces
por encima de una piedra tallada.
Dirán que solo vale lo que vale,
y que eso te será suficiente.

No es cierto. Son mentiras
y perversas. Crecen fuera del imperio de los árboles.
Cuestan quizá, pero belleza.
Y esta duerme en la semilla fea,
en la espalda del perro despeinado,
bajo el diente sin fin de una birome
que roe y roe la carne pálida
para poner su propia sangre en la trinchera.

Ve y crece sobre el mundo.
Hazte de honor y nombre, date dones
que no eran tuyos y que no descubrieras.
Compra el asiento de los aventurados
para no ver ni el suelo ni las estrellas.
Honra el deseo fútil de la carne
sin piedad de ti mismo.
Que la muerte al buscarte te carcoma
la muralla de ambiciones ciegas
y te lleve apenas por rutina.

No vayas. Son mentiras
y malas. Simplemente malas
son las ambiciones que no te hagan noble
de sangre, sabio y viejo, protegido
y protector de todos los ratones.
Se que hay bondad ahí, donde te escondes.


martes, 25 de julio de 2017

No he de cubrirte hoy más de metáforas
porque no he estado viéndote alguna larga hora,
y es una espina pálida en la palma
que no he de retirar hasta que encuentre
otra vez tu rostro y corazón de lluvia.

Solo que estés a diestra de mi arrobo
me ha de sanear mi cuadro de costumbre,
y cuando gire yo como un planeta
sobre este vértice de tus encantos
no habrá dolor en mi encomiada tarde.

Ya no habrá espera, todo será eterno
en la promesa de lo que ha llegado.

Y luego te iras por tus caminos
que se enredan sin mi ambición en ellos.
Yo quedaré mordiendo un pan sin sangre
que me distraiga el hambre.


sábado, 22 de julio de 2017

No llores, Pancho, no llores. Van a volver
porque ya son las nueve
y ella vuelve cuando el sol se pone
y el viene detrás cuando es de noche.

Así no llores, Pancho, no llores.
Peores penas tienen otros perros
que quedan en cadenas atrapados
y se marchitan y se descomponen.

Tu voz de adolescente reclamando
no corresponde a tu falsa miseria.
Lagrimas de cocodrilo son aquellas
que lloran, por caprichos, falsas penas.

No llores, Pancho, no llores
media hora echado frente a la puerta.
No es esa una prisión ni una cadena,
ni ha sido menos dura tu condena.
Afuera de tu diente redimido otros esperan
su mala hora que venga.

Y cuando salgas a correr de nuevo
él te traerá tu ruidosa botella
y ella desde la puerta. Ambos te miran
como al hijo que quizá nunca tengan.

No llores, Pancho, no llores.
Te han puesto nombre, y posesiones.
Nadie toca tu collar de paseo
sin tus gruñidos. Nadie viene a mojarte
como este invierno que hay en la calle.

Es media hora de melancolía,
hasta que vuelvan él y ella.


Existe la tristeza como una sed de aguas extinguidas
desde fuentes cubiertas por escombros demacrados;
pero no ahoga nunca definitiva y fría.
Más pura que la muerte la tristeza construye
sus blancos muros pálidos, de plumas,
y vuela con el viento en las ciudades
como volara en brazos de los árboles
cuando no habíamos llegado a su presencia.

La tristeza nos toca cuando vemos dolor
en la piel de los seres que amábamos
y al no poder salvar sus espíritus puros
quedamos impotentes bajo el sol.
Cada uno de nosotros camina hacia el dolor,
y aquel que nos contempla se queda silencioso.
De alguna forma sabe lo que no puede hacerse.

Construye sus refugios en las piedras caídas,
y nosotros, los que nunca las vimos
en los días antiguos de la gloria perfecta,
vagamos en recuerdos levantando reliquias
con los dedos temblando y los ojos perplejos.
Solo el polvo recuerda lo que se ha olvidado.

Gobierna los espacios de la nostalgia bella,
nos exhibe las formas que dejamos atrás.
La tristeza es el tiempo en el que contemplamos
nuestra serenidad de no volvernos nunca
porque, sencillamente, no podremos.
La tristeza es el rostro del ángel del ángel del futuro.

Consuelo a la tristeza son los árboles nuevos,
los ojos de los gatos apagándose en sueños.
El rostro de las cosas que amábamos volviendo.

Algunas pocas hojas, tardías y cansadas,
pendiendo de los árboles
como flores muriendo sobre un rito;
y una voz, lejana, repitiendo
monótonos versículos de un canto irreversible.

La tristeza, rama de verde menta adormecida
crece en los húmedos rincones de la serenidad
llevando sus raicillas por nuestras decadencias
colonizando el aire de la paz.

No dura para siempre, la felicidad.
Una tarde se esfuma en el viento del norte
y abandona nuestros ojos al sol.
Más queda la tristeza, intermitente y fresca.
O seca, como el fruto del árbol en otoño.
En la tarde el sol se vuelve viento
con la tierra en el verano:
es esa la tristeza. Un perro sarnoso
una tarde que los hombres se duermen
y su obra se yergue solitaria
calentándose sola sus miserias ya propias.
Un instante de sol sobre la vieja chapa de los techos.
Puedo escuchar al viento royendo las paredes.

Ha de ser la tristeza una contemplación.


viernes, 21 de julio de 2017

Voy a perderte en la ciudad. Un día
no me devolverá tus ojos pálidos
para que pueda yo estar asombrado
de la belleza que aún nos queda en la tierra.

¿Cómo voy a encontrarte en la ciudad?
Ella toma tus ojos y vierte dentro
su aridez de metal y de cemento,
en el espasmo del dolor cotidiano
te dejó sus espinas sin encanto.
Y cuando duermas y cuando estés despierto
y cuando te hayas consumido y yerto
sobre la piedra estés junto a extraños
no podré rescatarte para mis días
que siempre han sido de los más fugaces.

Voy a perderte un día. Será el último
que no sabré cuando te despidas
y nada de mi fe pueda guardarte
como una rosa seca en un libro.
O un perfume en un frasco.

Extendida y hecha una sola la ciudad te tomará
para sí reservará tus hábitos y espacios.
Te llevará en sus dedos sin mirarte
utilizando tu voz junto a sus muros,
construirá sus futuros con tu cuerpo.
Te llenará los ojos de cansancios.
Te habrá muerto la sangre sin un verso.

Te apagará toda luminaria
porque es cruel y fría como un cuerno.
Avanzará en ti como una araña,
solo sabe de sed y de ceguera.

Ella no puede verte, cuando el árbol
te cobija en su sombra y una sombra mas
en mitad de la noche eres apenas.
Pero queda en el aire tu iluminada risa,
el aroma a cachorro y tierra húmeda,
la calabaza gris de tu tristeza.


martes, 18 de julio de 2017

Cuando vino la Noche, con sus largas pestañas,
y el Invierno florece, (o aun la Luna brilla
como un farol sin dudas),
tomo de mis rincones ceremonias.
Pongo sobre mis hombres un viejo abrigo verde
que conserva de sí solo secretos,
que murmura todavía Catulo y Aristóteles,
la voz de Sherlok Holmes y un gato muerto
que esta noche ha venido a refugiarse
porque afuera hace frío y la ciudad aburre tanto.
Mi viejo abrigo verde reaparece
cuando todos los árboles dormidos
se quiebran desde adentro de la tierra,
y yo he quedado solo de testigo
para pasearme en la sonrisa del Invierno
vigilante de cada galería como un monje en la brisa.
(O quizá una tortuga con ínfulas de tiempo
que hoy asomó las uñas en la tierra
y se encontró que el frío murmuraba en el viento.)
Mi viejo abrigo verde me lleva entre los árboles
y la ciudad que duerme anónima y furtiva
(como cualquiera de las penas ajenas),
no sospecha de nos y nos ahuyenta.
Llevo el bolsillo lleno de impaciencias,
y de resto. Las horas del hambre y de la vida
han pasado desfiles y se han dejado
papeles de caramelos, papeles del banco,
mis retorcidos anteojos. O nada.
Solo aire. Ni siquiera un anillo.
Ningún tesoro sacro que haya encerrado tiempos.
Solo este abrigo verde que murmura en sí mismo
como un poema oscuro sin estridencia y filos
sacudido en el aire adormecido debajo de la mesa.
De su puño el helecho del bosquecillo antiguo
sale con la multiplicación de los escarabajos
que llevan sobre su espalda el sol amanecido.
De su bolsillo basto se descarga el viento
de una Luna sin luz adormecida
que se mostrara contemplativa y sabia de los campos.
Y de su capucha un rostro que no es mío,
que me murmura quedo en el oído
sobre el sabor a verde de la tierra
que se ha cargado entre estos hilos,
de como cada mancha es un entierro
y cada esquina un minotauro muerto.
Así ataviado entro en las galerías del pasado
y los poetas y los sabios y los guerreros y los comerciantes
vienen a mí con su palabrería
más humanos y tercos que el presente
me llevan entre ellos pronunciando
las lenguas muertas que nadie más puede
en los jardines extintos o en los caminos desaparecidos.
Así vestido intemporal me entrevisto con los asesinos
que regresan a las horas donde cumplían sus ritos,
donde sus rostros se alzaban con sangre y abalorios despojados.
Y luego los poetas, inmorales, inmortales,
más denostados que una serpiente oscura
o amados como estatuas rígidas.
Cada oficio y ley, cada espacio humano
llega mí cuando mi abrigo verde me eleva entre los años del pasado
para ver como se levantaban tumbas y se encendían hogueras
junto al río, bajo la arboleda, o en el profundo corazón de las piedras
que el género humano habitaba y habita todavía.
Solo mi abrigo verde puede llevarme más allá del día
a donde duerme la sed del cocodrilo,
el rumiar brusco de los dromedarios,
el nacimiento agudo de los gatos.
Debo a mi abrigo verde tantas aventuras.


sábado, 15 de julio de 2017

Es el viento, que afuera se construye a sí mismo
y se esgrime y renueva  como una Luna perla.
Ha venido y me dice que no tarda la lluvia.
Lloverá tardíamente, una fina cortina
sobre este gesto brusco del cemento dormido.

Dentro del viento vas. Te perdono la ausencia
porque mostraste el ala que te hiriera la pena.
Quejumbroso hoy he estado, y más triste me quedo
pero no he de llorar cuando me duerma.
Esta ingenua pureza de tu mano extendida
no merece que el agua venga con amargura.

Es el viento, que espera se termine el camino
que te lleva consigo más allá de mi hora.
Y luego dejará que el invierno recupere su nido.

No he querido mostrarte que tu herida pregunta 
a mis calmosas horas letanías sin respuestas. 
Desvelado estaré cuando llegue la lluvia. 


martes, 27 de junio de 2017

El viejo Homero abrió la boca y de ella salieron
caballos en carrera, naves resquebrajadas,
toda una ciudad en llamas
se elevó tras la muralla blanca
en la colina de su lengua;
y huían los cordeleros, los labriegos, la madre
de cada muerto tragado por el río.
Habló durante eternidades inmedibles
encerrado en pergaminos y papeles
su piel se desmigó dentro del tiempo
y su mano se hundió en los trigales
para amanecer entre los vivos y los muertos.
Habló durante eternidades inmedibles
y fue escuchado en tierras extrañas y espíritus baldíos
donde se cultivó su hazaña legendaria
de ser ciego y haber visto Ilión ardiendo.
Más inmortal que un dios sobre la hierba
fue visto sobre el río de los hombres
coronado de hiedra se hizo viento
cuando su voz fue revivida en otras lenguas.
Por él Ilión aún sigue ardiendo,
por él cada mañana Hector se levanta,
por él se escucha el martillo de Hefestos bajo el Etna.
El humo de la guerra se levanta en las ciudades
como una lágrima negra en la mejilla de la tierra.
Y Homero habla de la sangre en río enfurecido
cuando hemos sucedido milenariamente,
cuando más a salvo nos creímos.


lunes, 26 de junio de 2017

Tomen la mano con que el viento siembra
el pacifismo místico de los claveles,
y en el acto insomne del que deja huellas
siembren todas las tierras con futuras flores.
Ya no el ideal de la belleza muerta
como lucrecias de cabellos dorados;
una flor de clavel entre las flores
que amaneciera insospechada y nueva.
Aprenderán de nuevo los deslices
por los que avanza el vegetal que vive
junto al dormido murmullo de las piedras.
Sucede entonces que reinterpretan
el pacifismo místico de los claveles.


miércoles, 21 de junio de 2017

El rey de las ranas quería volar,
y con hojas de mora conseguía planear.

En los altos del cielo volaba la garza
y al mirar abajo descubrió la farsa.

-¡Eh, tu! ¡Renacuajo! -gritó el ave blanca.
-¡Vuélvete a la tierra!¡Vuélvete a las aguas!
¡No es ley que pretendas lo que no te alcanza!

No dijo el batracio, en sudor y afán.
Un viento gentil lo tomó del barro
con una cabriola de buenaventura.

En la Luna vive el rey de las ranas.
Cada vez que llueve su pueblo lo canta.


miércoles, 14 de junio de 2017

"Te proclamo
camino
(...)"

Oda a la edad (Pablo Neruda)

Yo te nombro esperanza renacida, 
laurel y olivo y retoño de alce, 
cachorro de la Luna, 
sucesor del sediento en los caminos. 
Yo te anuncio en la puerta de las ciudades
sin lamento y sin grito 
y sin afán ni desespero, 
porque nombro tu rostro 
escalera, farol, penumbra, cueva.
Calavera y destino. 
Más total y más nimio que una flor encinta. 

Cifro la eternidad en tu destino 
y te encomiendo el gesto, la palabra, los signos. 
Toda generación que venga a de ser buena
para la tierra si de tu sangre viene
sobre la faz ausente del invierno
o en la desolación de los calores.

Entonces no te pierdas en la tierra
porque ella dependerá de ti
y gritará tu nombre en sus caminos,
y empujará tu paso hacia sus vientres
para que salves y restituyas
lo eterno y lo fugaz de una semilla.

Yo te nombro farol en la penumbra,
escalera en los valles, cueva
como un grito abierto en la montaña.
Más total y más nimio que una flor encinta.
Protector de la paz donde florece
aún la tierra que cubre al armadillo.

Y si te pesa mucho la ambición ajena,
o si la humanidad ya no te escucha,
guarda dentro de un frasco a las hormigas,
siembra el arbitrario número de brotes
que del último clavel todavía broten.
Ha de pesar al viento más esta pérdida
que aquellas decepciones.


viernes, 9 de junio de 2017

Se corta el hilo por lo más delgado,
o se puede quemar por lo más grueso
donde aguarda paciente la certeza
de haber llegado a tiempo y sin debiendo.
Se corta el hilo y queda el brillo
de la hebra de oro que podía
surtir de maravilla la criatura,
el universo, el techo de una choza.
Allí ha quedado, en la palma inexorable,
el hilo seco de la antigua vida.
No volverá a llamar en aire oscuro,
no volverá a presentir el corazón del río.
Ya solo gas y átomo histérico
sobre la muela de la piedra vieja.


viernes, 2 de junio de 2017

Toma tu corazón sin alimento
y ocúltalo en el borde de la tierra
donde no pueda nadie hallar tu huella
descubriendo tu sed y tu miseria.

Toma tu uña ufana de avaricia
para arrojarla en un volcán ardido
y no perdure nadie de tu especie,
y no se oculte el sol bajo tu eclipse.

Absuélvelos, justicia para otros,
de estar bordeando la dicha a convertirla
en penuria y esfuerzo magro en fruto
o en estadía sin ventura. Líbranos
de contemplar tu ingenio derramando
su ponzoña en la tierra.

No inventes la tortura ni la cumplas,
y llévate tu paso hasta el olvido.
Que ni la sombra soporte tu quebranto,
y hasta el olvido te ahuyente con espanto.

Que te olvide tu madre, tus hermanos,
te desconozcan los hijos de la tierra.
Aun los más bondadosos te desprecien,
sin temor y sin llanto, sin miseria.

Ni tan siquiera el Diablo pueda verte
al rostro sin caerse de vergüenza.


Más bendito que el pan y que los árboles
sea quien levanta su mano sobre el mar
para darle su tierra a las naciones
que a la deriva van.
Más bendito que el pan y que los árboles
pues si así cuida al hombre cuidará
la savia de la rama y la promesa
que ha dormido en el pan.
Y si rescata al hombre y a su hijo
y les rescata el libro y el cachorro
para reunirlos en un campo distinto
aun olvidado su nombre pertenece
a la raza de justos que han venido
con su voz y paciencia a levantar
entre todas las obras la más noble:
aquella que se erige con la paz.


Si, yo conozco a Dios.
Es aburrido.
O, ¡No! No es aburrido.
Él quiso cosas,
que luego no ha podido
o que ya nadie quiso.

Dios levantó las alas
de colibríes y murciélagos,
y en el jardín primero puso chanchos
a hozar en las raíces de la tierra
para que las bellotas despertasen.
Así en la eternidad hizo su obra
y luego se sentó entre las estrellas
más cándido e iluso que una vieja
que amable floreciera entre las piedras.

Se cumplió el tiempo del hongo y la libélula,
la araña elaboró sus hebras,
el hombre y la hormiga crearon el trabajo,
y cada tigre tuvo primaveras.

Dios miraba el sol entre sus dedos.
Velaba por la fe en la maraña
donde él caminó primero.

Entonces sucedió
aquella cosa
que ya no tiene nombre de tan vieja,
que nadie sabe cómo sucediera.
La esquina que torció la telaraña,
en dónde el hambre abandonó la huella.

Dios hace tiempo que se ha buscado extremos
para no oír la voz de su conciencia
que llama en la penumbra de la pena.
Reino del hombre que no ha podido huírse,
hasta el caballo se agobió las crines.

Y aunque pueda pasear entre las sombras
cuando se han ido todos a una siesta,
no es el mismo jardín que él esperaba
cuando inventó los barros y la quena.

Este espejo de sal le ha carcomido el ánimo,
se le antoja una rabia su destino.


martes, 30 de mayo de 2017

En defensa
debo decir:
sucede siempre que es necesaria
y todas las ciudades son más bellas
cuando ha caído la cortina aquella.

¿Que espacio no le pertenece?
Si en cada esquina puede hallar un sitio
o en un balcón saluda a la avenida
o sobre un árbol ha inventado el fruto.
Ella toma de sí la tristeza
y la convierte en gotas,
o recubre de húmedas reliquias
accidentes austeros de la tierra.
Toda la belleza se aposentó en su brillo.

Quien la niega hoy mañana espera
cuando deje de estar y se nos duerma
sobre el humor del barro encandilado.
Y en el farol la procesión de sapos
traga entusiasmo de saberla cerca.
Todos los seres han venido a verla,
de la rana a la cebra, con la lengua seca.

¿No es acaso su furia la más bella?
Al desarmar los ranchos de los pobres
de conmover el barro y la madera,
y el cartón y la chapa desconchada
que el hombre ha reservado para el hombre;
pero su furia observa y se conmueve
y se levanta del sol y de la tierra
para romperse en la cadena humana,
para darle su luz a la misera.
Viene a lavar la sangre en la penuria,
el amor en el polvo, la voz en el silencio.
Viene de tiempo y luz con sus saberes
arrastrando la sal de las hogueras.

Y sus sacerdotisas que la llaman,
monótonas y ciertas son las ranas
reclamando que venga hacia la tierra
Ella, la más antigua de todas las bendiciones.

Por que ha sido ella
la que llevó la sangre de la cruz a los peces,
o en la puerta preguntó por nombres
de exiliados moribundos o mártires.
Después que ardiera el hombre, el tiempo, el templo,
ella vino del mar y se llevó la hoguera
de nuevo a la miseria del silencio.
Estuvo sobre la faz del indio
que había perdido todos los senderos.
Y está cuando la miro. Todavía
estará cuando todos se hayan ido
a otro océano o planeta, a otro cielo.

¿No es acaso su furia la más bella?
Aun puede conmovernos y tememos
el rugido de fuerzas imperiales
que en su voz perduran.
De ella sabemos todo y nos asusta
que no suceda a capricho nuestro,
y la frenamos y le imponemos
que rebalsa en su herida nuestro empeño.
No pertenece a mi, ni a ti, ni a ellos,
porque no cifra su ser en un puñado.
Lleva en la mano el trueno
y en la boca un grito silenciado.


miércoles, 24 de mayo de 2017

*Diccionario arbitrario.

"Mano: Alcáncenme esa escultura, por favor... 

En la gracia de ese cuello hay siglos de arte.

Alberto Franco: No es una escultura... Es una cafetera...

Mano: Ignoro lo que es eso... 

Posiblemente un implemento de uso doméstico... 

¿Se dan cuenta los hombres de todas las maravillas que los rodean? 

¿Tienen idea de cuántos mundos habitados hay en el Universo, 
y de cuán pocos han florecido en objetos como éste?"

El Eternauta
 (Francisco Solano López, Héctor Germán Oesterheld. 1957-1959)


Alguien inventó la soda un día que, riendo,
se cayó de espaldas en el agua
y esta se llenó de sonrisas.

*

¿Porqué han dado a la Victoria coronas de laureles?
Si el verde perejil, el de ramitos que nunca pareciera florecido,
él huele a la mañana renacida y el afán de la hormiga.

*

Imaginad desiertos cuyas dunas de azúcar
se alumbren una noche en el mes con la Luna
recortada lívida y calmosa al interior de los melones.

*

Es el aburrimiento una piedra sin brillo,
mas cubierta de polvo que el camino.
Pero florece y duerme, o amanece despierta.
Pero sucede y viven criaturas sobre ella.

*

La fealdad ha venido a posarse en la carne
o en la sangre y el aire. Florece sin misterio
Y sin melancolías. Nunca se sabe bella
y no ambiciona serlo.

*

Así la estupidez como el encanto,
así el asesinato como el parto,
suceden inclusive en el cuerpo de los santos.
Nadie está exento de vivir amado o de morir odiando.

*

Corazón de metal, rostro de agua,
voz de obrero olvidado, paso de lagartija
que cuando la mirada se detiene en tu cuerpo
has avanzado extremos insospechados.

*

Se ha dormido en el fondo del abismo,
más solemne o más calmo que un corazón ardido.
Se ha dormido y el río de la existencia tiñe
con su sangre las aguas dulcísimas del milagro escondido.
Partido como un reo fusilado, exánime y sensual;
entre todas las ninfas, la morena oriental de la tacita.

*


martes, 16 de mayo de 2017

Llegará el día que Dios vuelva de tarde
y reclame los árboles.

Se verá su señal al horizonte
como una muesca en la cara del cielo
o un cometa que vuelve cuando nadie esperaba
ni quería.

Volverá y dirá nombres que ya no se recuerdan,
o pedirá por sitios que hemos olvidado.
Será como quien vuelve al pasado que falta
y no es el mismo tiempo ni la sangre esperaba
la melancolía que llega con preguntas.

Por que afirmo que Dios vendrá de tarde,
cuando ya han sucedido
todas las cosas que uno esperaba,
por el camino izquierdo donde la luz se duerme
con una larga vara para hurgar las rendijas
y averiguar el número de víboras dormidas.

Por el camino izquierdo, aquel que sale de la tierra
y lleva entre los árboles a la caza del puma.
Aquel camino siempre se pierde entre la sombra,
se expande con el polvo sin vera ni una clara huella
y perdura cuando los edificios esfumados,
cuando el suelo recupera paz y altura.

Ese camino, izquierdo porque lleva a la tierra,
reconquista la luz después de la pereza
y la agrestura aguda que demuestra las vidas.
Ese camino hecho de guijarros y polvo
lleva hasta la ciudad o a la montaña,
se termina en el mar o en la pradera.

No lo ha inventado el tiempo, no pertenece al hombre.
Ocurre en la creación cuando el dios necesita
que la tierra le muestre el número de tortugas.
Y Dios vendrá contando con la lengua del viento
veinticinco quebrachos, una algarroba madura,
faltan siete tortugas y una playa de arena.
Junto al cerro he marcado la cruz de una paloma.

Porque Dios cuando vuelva revivirá su sueño
del olivo y el cardo en cada extremo.

Y si Dios no encontrara las suficientes hienas
o si faltase acaso una hormiga o un cuerno,
de toda la creación solo los hombres
se sentirán culpables
de oír llorar a un viejo.


lunes, 15 de mayo de 2017

Te quiero como quiero al agua cuando llueve:
por ambición y por melancolía.
Por afición a la búsqueda en un libro
de alguna frase que nos gusta mucho,
o entre las ramas encontrar un nido
que los pichones ya están abandonando.


Imaginad un día que en un planeta azul
una hormiga levanta las antenas del mundo
y al contemplar la luna, descubre los conejos.
Un conejo pálido con un tazón de plata
donde acuna las blancas semillas de los tiempos.
Entonces la hormiga rasguña una corteza:
un círculo, la línea del lomo de una araña
y tres vidas después las hormigas cantan
la historia del conejo que vive en la Luna.
Y seis vidas después las hormigas erigen
de barro el pedestal y de semilla el ídolo
como un conejo pálido que revuelve los días.
Nueve vidas, un templo; doce vidas, el miedo;
quince vidas, los viajes; dieciocho los tiempos;
veinte y una las estrellas guías;
veinte y cuatro los extremos del agua;
veinte y siete las edades sabidas;
treinta cielos en el cielo continuo.
Las hormigas en fila ya cantaban.


lunes, 1 de mayo de 2017

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor."

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. (Miguel de Cervantes Saavedra, 1605)

"Alonso Quijano murió, pero don Quijote continúa vivo; ahora mismo está en algún lugar, disfrazado de hombre de nuestro siglo, confundiendo tal vez el reflejo de un tubo de neón con el plateado resplandor de un prodigioso cometa... Si le encontráis, por favor, no os burléis de él..."


Cervantes en Yucatán. (Carlos Bojórquez Urzaiz, 1992)

Resistencia, 20 de abril de 2017, 21 hs.

Llueve en Plaza España. Digamos 
que son las nueve de la noche 
y Plaza España es campo abandonado. 
Se fueron los obreros, hoy la lluvia 
se ha quedado dormida sobre el roto 
espectro de este patio viejo. 

Allí he visto a Quijote, con lona negra
de capote junto a la antiquísima barbilla, 
de peregrino entre la llovizna 
llegar hasta el umbral. 
San Francisco Javier cantaba adentro 
y el campanario velaba por el rezo. 
*
Cuatro siglos que vengo, son los años 
que hoy se han puesto tan lóbregos 
y al raso llueve cual si quisiera Dios tocarnos 
para encontrar la fe de peregrino. 
Hasta tu puerta llego, apóstol 
yo también de las Indias y el quebranto. 
Vengo de un tiempo que se ha perdido 
detrás, entre la espalda esta y aquel orbe.

Yo vengo de la España anochecida, 
cuando no éramos ya ni todavía 
el gran imperio que nunca habíamos sido.
Mira si no sabré de los quebrantos 
y de la lluvia que me apenó el camino. 
*
Me fui. Era de tarde noche y hacía frío 
adonde el aire se transformaba en agua, 
como la risa de un pez o colibríes 
que al sacudir las alas se fundiesen 
en el rumor que escapa de la bruma

Si toda la ciudad se había dormido,
o toda la ciudad miraba lejos, 
por Plaza España iba el hidalgo, 
amén de la penumbra y la ternura 
con que al pasar lo viera la locura.

Embajador de alguna edad extinta 
pero reverdecida en la certeza
del peregrino gris que nunca llega 
y de continuo parte hacia la guerra. 
Embajador de luz y de tristezas. 


martes, 25 de abril de 2017

El olor de la pared y el techo derruidos
de donde sale, como una mano lánguida
o una respiración de esporas emanando
de la madera y el metal cuando la lluvia.
Y da miedo, quizá por denotar la muerte
sin un rayo del cielo a la cabeza
ni una cuchilla o una garra fiera
y se presenta un día pero estaba
desde tantos días anteriores
que nadie se dio cuenta.
¿Cuando creció la hiedra sobre el muro?
¿Alguién ha calculado el tiempo de los mohos?
Quien espera la muerte repentina
muere por la paciencia de los hongos.
Así en la madera y las hormigas,
así en la ancianidad del individuo.


Ser jóvenes y correr en lluvia,
murmurar quedo dentro de una iglesia,
comer y dar mitad de la naranja,
equivocar el paso en media calle,
o quejarse del viento y de la tarde
para estar tristes de noche con recuerdo
de la tarde perdida.
Que caiga un mango y ruede
a la boca común de la penumbra,
tocar el caracol cuando ya ha muerto,
hurgar en hígado donde generoso
el cuerpo guarda leña para el fuego.
No se termina el aire ni los huesos.
No todavía ni hoy ni cuando el alba
venga de oriente levantando el cielo
que se durmiera sobre nuestro sueño.

(Y todo esto me despertó la lluvia
que la encontré absoluta en la avenida.
A dónde iba el buey de la ciudad
no lo sé ni lo supe ni sabía,
porque cruzó quizá por frente mío
pero yo solo tenía lluvia y alegría
de ver llover, de ver llover. Llovía
encantadora, magistral, iluminada,
extraordinariamente sobre y bajo el agua.
Anocheció lloviendo o solamente
ha sido toda noche el día.)

Son cosas que suceden con la vida
y que solo terminan con la muerte.


(Ahí vuelve a llover. Ya puede oírse
que lloverá toda la noche.)

viernes, 21 de abril de 2017

Hablemos. Se puede hablar de cualquier cosa.
Yo escucho. Sentado en la penumbra
puedo escucharlo todo. Siempre escucho
el rasguido de los gatos en el vientre de la madre,
el universo carmesí dentro de la sandía cuando ensancha
y arrastra tras de sí la verde procesión del tallo.
El mundo es un sonido perpétuo. Yo escucho
de noche, ya en el borde del sueño, las esferas.
O un grillo que se durmió sobre sus hilos.


martes, 18 de abril de 2017

Pareciera que a veces ha quedado dormido, 
que la muerte ha venido y se apoyó en sus ojos 
porque inmóvil, más ido que un reloj en la noche, 
solo su sueño sabe lo que en él acontece. 

Desde afuera es un bosque en mitad de la lluvia, 
una semilla seca prisionera en un frasco de vidrio.
O quizá una medusa que aún late sobre arena. 
No se llega a su vientre, al caracol ausente, 
si al contemplar dormida esta criatura sola 
quedamos para siempre afuera de su ser. 

lunes, 17 de abril de 2017

Dios creó los ángeles con alas y luces,
y ellos se arrodillaron.
Gritaban "santo, santo, santo, santo."

Dios creó los árboles
y ellos se durmieron seis meses,
luego despertaron seis meses.
Florecían, ensancharon sus troncos,
lo ignoraron cuando tocó sus ramas.

Los árboles amaban a toda la creación.
Se extendieron sobre la tierra y sobre el agua.
Dieron oscuridad a las hormigas,
humedad al fuego, nueces a las ardillas.

Incluso sostuvieron su sombra en los caminos
por donde los ángeles iban en procesión
buscando los santuarios
para arrodillarse y gemir en éxtasis:
"Santo, santo, santo, santo."

Y Dios amó a los árboles
más que a los ángeles,
porque vió que los árboles amaban a toda la creación
pero los ángeles solo amaban a la luz.


sábado, 15 de abril de 2017

Imagina un fantasma que se cruce la calle
con los puños violetas un martes por la tarde
cuando el sol es un gordo bajá de las alturas.

Salga desde el cemento de un almacén,
y dos autos se estrellen en la orilla,
una señora se espante al descubrirlo
y alguien haga un video tambaleante.

Salga del almacén, por que es más viejo
que los demás edificios de la calle,
con una gabardina puntillosa derruida,
guantes de cabritilla ceñidos en el puño,
y una mancha sin luz junto a la nuca.


lunes, 10 de abril de 2017

Estaba hablando con la monotonía del ventilador
que esta tarde se parece mucho a un bancario en alguna oficina,
y más allá alguien hablaba y más allá alguien más estaba.
Estaba yo dormido en la rutina que contagia el papel,
que alcé la vista para estos anteojos que no alcanzan
y vi como la amabilidad grisácea previa a la lluvia
había venido a posarse en la piel de tus brazos.


Yo he tenido el amor entre los brazos,
pero no era el amor;
y he roído sus mieles una a una,
pero las encontré vacías.
Y una noche, que había llovido y todo
estaba húmedo y frío,
me fui por la vereda opuesta
porque el amor se cayó por la escalera.
Y yo, que no sabía preparar funerales,
le dí una caja llena de recuentos,
me quedé con un libro casi de salvamento.
Ese invierno dormí feliz y solo;
en un rincón mi estufa canturreaba
sobre el dolor de la paciencia ardida.
Uno no ha sido víctima o victimario;
se piensa solamente que de heridas
sabemos recordar lo necesario.
Quizá no fabricamos el cuchillo,
pero al usarlo nos cortó la mano.


¿Era el amor aquello? No creo que fuera
más que la sensación del entusiasmo
de quien alcanza lo que no alcanzaba
o se tiene en la mano una tormenta,
aunque se escurra el agua de los dedos.

Decir amor, como se dice tiempo compartido:
igual de fácil que el sexo repentino.
Alguna calabaza sin semillas
que mezclara su flor con la desidia.
Ya en el sabor le queda la derrota.


domingo, 9 de abril de 2017

Nos sucede que estamos caminando el pasillo
y de pronto, esta tarde, se nos fueron los días.
Esta tarde ruidosa, la primera del año, solitaria
y nueva como el color del fresno
me sucedió una vez hace ya cinco años.
¿Y adonde han ido ahora aquellas luces?

Una vez, hace mucho, yo entré por esa puerta
y me fui en los pasillos hablándole a la gente
que salió a responderme desde atrás de las puertas.

Desde atrás de las puertas se agitaron las hojas,
la tinta se arrastró como un alambre vivo.
Un caracol pulió su filo sobre un lápiz dormido.

Desde atrás de la puerta tu cara viene a verme,
pálida y liviana en la luz. Una máscara
de alguna inocencia que ya casi se pierde.

Sucede que hoy he vuelto y ya no soy el mismo,
porque hace cinco años me reía de otras cosas
y me enojaban otras. Aunque aprendí
a caminar sin voz y con la ceja altiva,
(que a veces dicen soy de vista despectivo),
en los pasillos estos donde quiero
encontrarle al ladrillo un sustantivo.
Pero hace cinco años me asomé en la puerta
como el primer minero en una mina,
donde exploraran miles de mineros,
y junto a la escalera hallé la luz,
el rostro, la penumbra, la escalera.
Los árboles que en estos días se doran,
los gatos que aún duermen las palmeras.
Un banco de cemento, la llovizna,
este patio brutal, las puertas clausuradas,
en un pasillo una prensa de papeles que la han sacado fuera.

Yo me asomé al pasillo donde nada era nuevo
y lo vi tan dormido que caminé en silencio.
Me devoró su vientre de cuestionable templo.
Y aunque el pasillo sigue más dormido que el tiempo,
ya conozco su nombre y su lenguaje incierto.
De cada fresno he visto un otoño distinto.


lunes, 3 de abril de 2017

Años atrás, en el pasado. Hace ya muchos años,
(Ah, tantos años.. ), Albert Speer plantó nogales.
Verdes nogales con altas ramas esbeltas entre el viento.

Y caminó alrededor de ellos,
y levantaron sus ramas y rieron.
Caminó alrededor de ellos,
y les hablaba y saludó sus brotes.
Caminó alrededor de ellos
hasta marearlos con su interminable palabrería.

Les habló de sus culpas y ellos oían
el viento en la alambrada de Spandau,
la nieve sobre el patio y los caminos
que el hombre se inventó para sí mismo.
¿Fue esa una proeza del hombre?,
cuando Speer fue caminando al Este.

Ahora que todos aquellos días han desaparecido,
en una plaza de Berlín los nogales de Albert Speer
(aún) susurran letanías y nueces cincuenta años después.

Una noche, a la hora de las puertas abiertas,
Albert salió por una esquina de la prisión
y nunca más volvió a recorrer el jardín junto a la nieve.
(Quizá partió diez años antes hacia el este,
y ellos lo siguieron con sus raíces, con sus hojas.)
Pero esa noche, aquella última noche
Albert Speer fue devuelto al mundo
y ellos, los nogales, quedaron en silencio.

Pervivieron, solemnes y angustiados, dentro del tiempo.
Rudolf Hess envejeció en sus ramas,
habló en el viento, se encerró en la luz
de sus rituales despreciados.
Y un día él también estuvo muerto.
La prisión derruida, los guardias se marcharon;
solo los nogales quedaron perdidos en la ciudad.

Deben seguir ahí, en un lugar de Berlín, esperando a los muertos.


domingo, 2 de abril de 2017

Primera frase robada al antipoeta Nicanor Parra:

"Los poetas bajaron del Olimpo."
Manifiesto

Los poetas bajaron del Olimpo
y allí dijeron que no quedaba nada.
Que de las musas solo la ceniza,
de las estatuas ni tan siquiera la mirada.

Y subí el último a ver esas verdades
y descubrí blancos salones olvidados,
una coraza de hierro vuelta herrumbre,
una caña sangrada de su tinta,
una lombriz huida de nuevo al laberinto,
un viento en la boca de un mendigo.
Un busto de Homero sin los ojos
y con la boca abierta del ahogo.
Dos nubes incendiadas con despojos de luz.
Y un caracol solemne en la llovizna.
Ahora quedaban las migas broncíneas del laurel,
el otrora ovalo magnífico del escudo,
una letra quebrada en una tumba,
dos versos solitarios repetidos.

Los poetas bajaron del Olimpo.

Fueron a ver las calles sucias ciudadanas,
y se envolvieron en banderas guerreras
hasta que todo el horizonte era una lucha.

O abrazaron la causa de las letras,
con una estática luz de la justicia
que les guió el pulso en una estela:
dos mil años después sus voces estarían
como atlas de verdades eternas.

Y hubo quien renunció a todo, dio dos pasos,
cavó un agujero en la paciencia,
se mordió sin rabia las rodillas
con el silencio de las permanencias.

Los poetas bajaron del Olimpo
y dijeron que allí arriba ya no quedaba nada,
más que una colección de mariposas secas
y una montaña de billetes falsos.

Pero yo subí después que ellos,
y aunque era verdad lo de las mariposas
que estaban secas como los alfileres de sus muertes,
en los billetes alguien había escrito
"Estos días azules y este sol de la infancia",
o aquella otra que escuché hace tiempo:
"Dame limosna, mujer, / que no hay en la vida nada,
como la pena de ser / ciego en Granada."

Y detrás de montones de basura había también jardines
invadidos por ríos de zapallos florecidos.
Todos los amaneceres de la Tierra registrados,
todas las noches que no tuvieron lunas ni eclipses,
todos los escarabajos que murieron quebrados.


lunes, 27 de marzo de 2017

Yo escapo. Paso mis días huyendo
del pasado, los presentes y algún futuro.
Soy un hereje, un bandido, un solitario
en varios sitios donde no quise estar y aún no quiero.

Digo que no al hombre que en mi habita
y como un hongo que en márgenes se extiende
buscando esos desprecios que suceden,
ya pareciera que inevitables son a veces.
Digo que no como se dice a un hijo al que se odia
y al que no se puede evitar sin dejar abandonado
lo que en uno mismo habita todavía.

Escapo a la ironía, al desatino, a la ambición
que se cumple en el sueño, el agua o la comida.
Escapo bruscamente alguna tarde al sur
o cuando extraño existencialmente el otoño,
voy a buscar una melancolía
como una flor o un caracol de lluvia:
dos minutos de sol en la llovizna.

Digo que no a mis miserias honestas,
las que revelan lo que uno habita.
Digo que no y luego cuando duerma
han de venir a acurrucarse encima.
En sueños levanto alguna mano,
solo la oscuridad me escucha y niega auxilio.



Atrapado uno en la miseria del deseo
se revuelca los costados contra el viento;
y vuelve a casa triste y derrotado
de no haber hallado la victoria
como una pila de papeles de colores,
una perla verde encerrada en el puño,
dos flores de una rosa, una birome
que encontrara perdida en el cemento. .
O apenas, sobre el río de la gente, una mueca
que no fuese penuria.


Es cierto. Yo podría
escribir sobre irrealidades necesarias,
pero es que hoy llueve
en Resistencia
y hacía tanto tiempo que extrañaba este otoño.

Me gusta el frío que viene, con sus maneras toscas,
el silencio dormido de mis vecinos solos,
el patio decadente con un tendal vacío.
Que afuera de mi puerta llueva sobre miserias;
solo la lluvia puede cubrir toda la tierra
y lavarla de ella misma.

Se que hay dolores y destierros,
en el lejano Oriente,
(a mi todo el oriente se me hace lejano),
que se cocinan bombas cuajadas de metralla
y existen condenados que en esta hora esperan
de buena suerte un pasillo,
en mala hora un calvario.
Que siempre hay dictadores sonando sus medallas,
y un resto entre los montes de pobres olvidados.
Que más allá de Europa, donde acaban las luces,
una estirpe de antiguos caminantes se despiertan
y salen de sus tiendas para empujar los renos a la incipiente primavera.
O que aquí, dentro de América la profunda,
alguien conspira, alguien respira vapores de mercurio
en una mina chilena o los bajos de Mexico D.F.,
alguien recita a Lorca en un video,
alguien recorre la ciudad armando pilas
con bolsas de basuras,
cadáveres de perros,
manzanas en un campo.

Todo lo se. Estoy despierto
y miro a la distancia una calle de China.
Todo puedo saber, todo he olvidado.
Descubro hoy que mi grillo vuelve a cantar al baño.


viernes, 17 de marzo de 2017

A mi no me preguntes. Yo nunca entiendo nada.
Me repito palabras, discursos de sapiencia.
Pero al final del día, que no puedo dormirme
al techo voy diciendo que nunca supe nada.
Nada de todo aquello que se hace necesario.

Entonces tus preguntas me despiertan.
Sacudo la capa de penumbra que me gusta tanto,
apago mis historias de alienígenas sabios,
olvido media hora los extensos rituales cotidianos,
y me quedo pensando si afuera llueve tanto
o de como se quiere a las personas,
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.


martes, 14 de marzo de 2017

La belleza,
pasajera
y liviana,
nos carcome
el deseo
de tocar lo imposible.

Añoramos un tiempo
que nunca sucedió.


"Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos..."

El Eternauta - F. Solano López; H. G. Oesterheld 

Cuando terminó la guerra y Príamo estaba muerto
yo volví por el mar de isla en isla
y nunca me había costado tanto recordarme tus ojos.

Traje en el cabello sal y plumas de una gaviota muerta,
y caracoles de una isla sin árboles donde encalló mi nave
cuando una tarde sin estrellas sin vientos no supe a donde ir
con la extensa pena del que busca en el aire el camino.

Yo volví por el mar de isla en isla
para encontrar la piedra roma donde yaciera Argos.
Fue como al llegar el viento previo de la tormenta,
cuando todo aspira su presencia y se contiene;
yo estaba bajo y mudo. Me dolían tanto las rodillas.

Veinte años atrás bajé al puerto, me até un cordel a la cintura
que se ciñó como un herraje a un mástil.
Cuando aquel barco se fue a pique, con el caí al océano.

Yo volví por el mar, de isla en isla;
y aquello fue lo único verdadero.
Si Poseidón me cubrió los brazos con sus dedos
y si Atenea se levantó a mi paso;
no los he visto. Me perdí y buscaba
este largo volver. He inaugurado
la ruta salobre y aventurada del peregrino cotidiano.

..


sábado, 11 de marzo de 2017

Nosotros fuimos niños muy tiernos, presentables,
a veces elegantes.
Pero el ya tenía un aire de leyenda.

Nosotros nacimos de padres y de madres
en blancos hospitales con luces de neón.
Pero el ya tenía una espantosa historia.

Nosotros somos niños de fotos apagadas,
con cabello enrulado y ojos color marrón.
Pero el tenía marrón el traje y el chaleco.

Nuestros nombres de santos y de abuelos
repiten una antigua tradición ancestral.
Pero Julián despierta un viento en carnaval.

Julian saltó los muros de la severidad
y pisoteo los charcos del hambre y de la Luna.
Anduvo donde nunca hubo huella mortal
y volvió de la hazaña con historia y refrán.

Nosotros enfermamos de fiebre en el invierno,
pero el gastó los dientes contra el hierro cruel
y en un descuido efímero cruzo las avenidas
para encontrar acaso a su novia perdida.

Probó las desventuras de la sangre
y el té melificado de la tarde
para en la ancianidad mirar la calle
con el rostro curtido y aun la cola erguida.


viernes, 10 de marzo de 2017

Tantas cosas no han sido.
Si la línea de los muertos es larga,
más larga y concurrida es la línea de los no-natos.
Ved este campo, este patio de casa
ahora que sus dueños están muertos,
ahora que sus ocupantes son como fantasmas.
Aquí quedan esqueletos de sillas oxidados,
carozos de aceitunas sin vinagres,
hierros torcidos con sus extremos roídos,
miles de fragmentos de botellas oscuras.
Solo la tuna exhibía en este erial su gallardía,
pero se ha vuelto impura y mezquina.
Ayer vino el agua, que subió de los hondos,
y ya no pudo ella depurar estas ruinas
del alma que habitaba cotidiana
y que ahora hace mucho se pudrió a si misma.


lunes, 6 de marzo de 2017

¿Por qué lloran los perros cuando quedan a solas?
Lo he visto sentados en la tierra,
con las ancas mojadas de rocío 
a mitad de la noche 
y una infinita expresión de tristeza sobre el labio.

Y prefieren las noches con Luna para llorar unidos
uno a uno encienden sus gargantas dolidas
y de pronto a la hora de los relojes dormidos
su coro clamoroso vuelve mas fría la tierra,
más pesadas las sombras, más antigua la Luna.

Uno a uno sus frentes se asemejan al agua
alisada y brillante de dolor mortecino,
la boca en un lamento se les sube a las nubes,
las patas cual raíces hacia el temblor del suelo.

Llorarán de tristeza, de miedo, de abandono.
Llorarán porque adentro no les muere el cachorro.
Llorarán porque el rito de llorar a la noche nos pertenece a todos.

Llorarán por que ellos, entre todos los seres,
descubrieron el miedo que perpetuo se esconde
y al sentirlo que ronda el cemento o el monte
lloran la absurda pena de saber a donde.

Llorarán la pesada cotidiana cadena que a nosotros los une,
y les habla en el cuello su presencia innoble.
Cada día callados, cada noche en silencio.
Cada noche de Luna despertaran de pronto
más alertas que el viento, más dolidos
que el rosal podado en el invierno.


miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Acaso he dicho yo que ella esperaba?
Lo esperó quizá durante años,
pero cuando volvió ya no esperaba.

O lo esperó cuando quedaba sola
mirándose en la sombra de los charcos
y a su costado le sobraba espacio,
pero cuando volvió ya no esperaba.

Aquella sombra que quedaba muda
vino del largo suspiro del pasado
y le traía como una llovizna
inevitables rostros demorados
en las esquinas del recuerdo magro.
Nada más que una bruma con palabras,
como una jarra que nunca llevó agua.
Nada más que una promesa vieja
y ningún rostro que la coronara.

Es cierto: el había vuelto.
Pero no creo que ella lo esperaba.


lunes, 16 de enero de 2017

Imagínate un día, cuando estemos muy viejos
y yo vaya a buscarte en los rincones esos
donde tanto te gusta confundirte en la sombra
y salgamos al patio, este, otro o cualquiera,
para mirar si afuera ha regresado otoño.

Imagínate un día que despierte temprano
afuera la llovizna que nos agrada tanto
salga junto a nosotros a recibir el día.
Esos días de otoño, sencillos y recónditos,
que dentro de tus manchas parecen dormitar
vendrán como de suerte a buscarnos un rato
con la luz que en las hojas de los árboles hay.

Imagínate un día que yo parezca menos alto,
que tu rostro parezca tanto menos joven,
salgamos al patio como si acaso afuera
buscáramos un sitio para estar en silencio.
Imagínate entonces que viejos que estaremos,
y esta amistad de a ratos que a veces recordamos
nos parezca un secreto de hongos enterrados.


domingo, 15 de enero de 2017

Alumna- Profe, ¿qué es esa línea verde? (Señalando el mapa)
Profesora- ¡Ese es el sueño de mi vida!... El transiberiano. Yo ya dije que cuando me jubile me voy a ir en el Transiberiano.

(Fragmento)

El sueño de mi vida es una línea verde,
como una enredadera a través de soledades y fríos
extendida sobre la inmensa vastedad del mundo
pero llameando y quejándose sobre caminos señalados.
Y la blancura de Siberia, la helada mortandad abandonada
solo a los líquenes que en la roca afirman
como una pregunta al cielo su agrestura
que no ha de cambiar mientras el mundo dure.
Han de durar los fríos en la montaña,
y los lagos en el fondo de los valles prisioneros
con sus aguas de secretos naufragados
y nuestras vistas de asombros que nos duran la vida.

Pero ahí, desde los túneles en los Urales cavados por la búsqueda
surge una extensión humana. Una travesía entre los rasgos del mundo.
Más extensa que todas las murallas
solitaria y augusta pareciera como un dios en el bosque.
Así los hombres y las mujeres atravesaron las montañas
contra el desafío imponente del espacio se extendieron
en la búsqueda del mar que siempre queda
al otro lado del mundo, repitiéndose.

Duró generaciones incontables. Las luces y las sombras
se alzaron y decayeron en el cielo,
y las montañas escuchaban el repiqueteo de los martillos
alejándose hacia el este hasta perderlos en la memoria
sin saber en su sueño que ocurrió más allá, entre la nieve.
Pero se extendieron los hombres, el tren transcurrió
atravesando la llanura conquistador y llameante
arrojando al regazo del viento su aliento de hierro candente,
una larga fumata de humo y hollín es la huella
del tren cuando viaja al oriente.
Ahora los pastores lo miran pasar, lo ancianos pastores de cabras
con sus tiendas de pieles y su mundo de ritos dormidos
se alejan de espaldas al tren a través de la llanura.

El sueño de mi vida es verlo todo entonces:
los extensos campos verdes de Ucrania,
las torres del Cáucaso descendiendo al valle del mar,
y el color del Caspio oscurecido y aceitoso
trabajando adentro de la tierra
absorbiendo la sangre de la tierra y aprisionada ahora
en barriles vulgares y sordos arrocados a las bocas innumerables.

Aquella lucha duró generaciones. La larga marcha al este
sobre la tierra cada vez más helada
atravesando los hombros de la tierra.
Los Urales se extendieron asombrados y vieron partir hacia el sol
a los hombres que siempre buscan detrás de los árboles.
Como una travesía en el mar, a través de la tierra.

Levantó los cimientos de la nieve,
despertó el sueño de los caballos que yacían bajo los terrenos.
La tierra dormida sintió una línea de hierro y madera
que reverberó en los rincones del Imperio oculto de la distancia
como una voz de metales que llamó en la noche.
Era un pedido a todas las regiones,
a las tribus que levantaron la cabeza desde su fuego
sin saber de dónde venía el grito.
Y era desde el oeste, más allá de las montañas
desbarrancó en los duros pastos y entró en las llanuras.
El viento abrió la boca hacia la bestia para tragarla
y se volvió hilachas de si mismo contra la espada occidental
que partió la antigua edad del tiempo.
Quizá aquella noche asomó la Luna en la soledad expectante
que ya no estaba sola. Las voces de los hombres
eran débiles y frías sobre la palabra endurecida de la llanura.

Puestos en marcha los hombres atacaron.

Rusia de sangre levantó las manos y en Varsovia
marchó hacia el este cantando en altas voces apagadas
a través del páramo helado en búsqueda humana.
A quedado un camino de muertos a la vera del tren
bajo la mano del hombre, la maldad y el invierno.
Nevó esa tarde, con el sol, copos de nieve azul
enterraron los muertos y el hollín que les cubría.
El tren era un silbido lejano en el viento.

Sobre la amplia tierra florecida, a través de la esforzada Rusia Gigantesca
marchó una vena de metal y humo ardido a conquistar lo inconquistable
para tomar de los campos de Ucrania y Georgia el trigo adormecido en sol,
para llevar los hombres más allá del Cáucaso a la llanura,
y de allí dentro de las montañas abarcar Asia dormida.
Fue como una explosión de vida que duró milenios de paciencia
y los hombres murieron de a millares en la orilla del tren.
Fue como un grito desde la boca ancestral que miraba al sol;
los abetos sacudieron su cabellera y despertaron asombrados
a tiempo para ver una loca alucinación del hierro
como una bestia maravillosa y torpe liberada para siempre.

El tren partió desde las tumbas.
La edad antigua rusa cerró los ojos de los zares
en tumbas de piedra y trajes de seda dorada
y luego en sótanos de sangre seca.
Y en San Petersburgo y en Moscú durmieron los días antiguos.

Así el tren partió alegremente, una esforzada tensión del hierro
candente y cotidiano entre los campos
y las ciudades lo miraban asombradas.
Se levantaron puentes sobre ríos,
hasta más allá del corazón asiático.
El Negro el Caspio, el extenuado Aral, escucharon las voces
y el agua traía restos de metal en sus bocas.

Moscú, desde la estación de Yaroslavsky,
corre entre desfiladeros de ciudades;
y antes desde San Petersburgo se despide del vozarrón de la ciudad
en una carrera veloz huye del tiempo
abandonando Europa se interna en las distancias aturdidas
y las barcazas de Nevá se despiden a lo lejos.
Pero el tren ya no los oye, no puede oírlos ahora
corre presuroso a Yaroslavsky entre la paciencia de los árboles
o entre la nieve; antigua nieve renovada y límpida
encuentra frente a la nariz de Moscú.
Vuelta de los incendios, recobrada de las usurpaciones
Moscú como una criatura antigua que aguarda
profundamente anclada sobre las raíces de la tierra.
Constituida de palacios recios, de fortalezas rojas,
de barriadas innumerables extendidas en su cintura.
Allí hubo de escucharse a los caballos del Gran Alejandro
cuando fueron a despertarlos y uncirlos sobre las calles de piedra
y corrieron bajo la noche hacia las catedrales de hielo.
Toda la ciudad ardiendo a sus espaldas.
Pero ahora entra en Moscú el tren, la gran ciudad del Este,
el corazón del Imperio late hacia los ríos que en verano reverdecen.
Entonces apresúrate, tren del oriente, y toma el camino
que corta la apatía ciudadana y entre los gestos de los nombres
huye de los sonidos como un exiliado con buenaventura.

El mundo se transformaba contra el tiempo dormido,
construían túneles dentro de las montañas
y detuvieron el curso de los ríos.
Cerca de Nizhny el poderoso Volga fue sacudido de su letargo,
enfurecido susurraba en sus orillas a la ciudad
la vanidad de las criaturas humanas en erigir un puente.
El río arrastró sus manos en los pontones
y mojaba las botas de los hombres durmiéndose en enojos.
Más cuando despertó era ya para siempre:
una vigilia de metal y piedra había sido erigida
y sobre sus fuentes el tren cobraba impulsos acercándose al cielo.
En Nizhny Nóvgorod sobre el río Volga
una prolongación de la piedra permaneció,
hasta llegar el tren cobraba vida fragorosa
que arrastraba vagones asfixiados de humo ,
cruzaron a quintales el asombro mareado de la corriente.
Lo asombraron los gritos de los hombres,
el olor del metal caliente, el humo atormentado.

Y el Volga, amado entre los ríos, cantó
una voz de agua profunda.
Una trepidación de los pilares ascendió desde el agua
respirando mohosa y verde contra la piedra,
no alcanzó las vías, las madres, el camino férreo
no fue hollado y consumido por los líquenes,
y el tren transcurre sobre su privado sendero
ajeno a la distancia en su orgullo de caminante.

De la ciudad y sobre el río,
vuelta la espalda al vozarrón de los Urales asombrados
este gusano monumental que horada
ahora los tiempos de Siberia
corre en el camino del sol, entre la hierba
sobre la frente del planeta hacia el Este inmortal.
Y cruza ahora un río, y luego un riacho,
y nuevamente un río de la tierra,
como una mariposa segmentada
en vagones ciegos
como una calabaza vuelta maquinaria de hierro.
Más vivo que la guerra y sus estruendos de pólvora,
que la materia concebida entre berridos,
cual una fuerza material del elemento
el tren despliega a la extensión su brazo atornillado.
Así entra en Siberia. Han de verlo
los habitantes de las ciudades mínimas
que entre el verde de la llanura buscan
o entre la sangre pálida que nieva,
o los huidos animales oscuros que no le han puesto nombre
pero levantan sus orejas tibias hacia el traqueteo;
y el tren los ignora. Avanza, siempre
avanza mudo y monumental de quejas,
más solitario que el mismo abandono
sobre la vastedad que pertenece al sol.

Así en su gloria magnífica, en su inmensidad ferrosa;
Luego en las cosas mínimas que lo llevan o lleva
Sumergidas al sueño del viaje mil veces milenario.
Dentro del tren aguardan ahora quietas y expectantes
Verduras, zapatos, una caja de cigarrillos claros,
El reloj de una anciana, la madera lustrada de los bancos.
Cualquier persona que vaya con el tren
lleva dentro de sus bolsillos o detrás de sus lenguas
la infinita presencia del mundo humano.