jueves, 16 de noviembre de 2017

Querido amigo: Hoy hace frío,
y es el mejor detalle de la tarde.
Vino el viento con el pecho gris
y llevaba en la mano un anillo de plata
que cuando alzó la mano la ciudad se despertó
con el frío que parecía correr entre sus casas
como un conejo sucio de la tierra.
Se quejan los demás porque el invierno
y no ven que agoniza entre los árboles:
su sangre la han de beber los fresnos
para tener brotes nuevos.
Para tener brotes nuevo han despertado temprano,
este año es el invierno un pasajero apurado.
Pero hoy hace más frío
que en otros días del año;
y es tan bueno encontrar por la calle
una llovizna nueva.
En cada fresno se avecina
el relámpago verde de la primavera.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una vez un enano descubrió en una mina
el mejor y mas bello de todos los diamantes.
Lo levantó en el aire, que lo viese la Luna,
y ella vino a rozarlo con su blanca sonrisa.
(Pobre enano, tan solo, trabajando en la mina.)

Tomó el diamante, y lo besaba
como se besa siempre a los amantes.
Dentro del chaleco lo llevaba,
arrullado en la cuenta del pálido reloj
que se contaba eslabones de tiempos idos
y que no descubrió la inmemorial belleza
del diamante escondido.

Y nunca quiso unirlo a una cadena,
arrullarlo en el oro o acunarlo
entre los hilos pálidos de una diadema.
Lo conservó desnudo, como un grito,
refugiado en el espacio del olvido
de donde lo tomaba a escondidas
para mirarlo extasiado de su brillo.

Desnudo aquel diamante, solitario
en su frío. Ni un nombre y sin un signo.

Vino entonces la procesión al cabo de los siglos:
la Vejez con sus sienes pálidas,
la Enfermedad y el Dolor,
vino la Muerte a sujetar los hombros del viajero.
Lo recogió en su falda antes de que tocase el suelo.
Tenía una larga barba y un abrigo
la tarde cuando lo llevaron a la tumba
en la profundidad pulida de la tierra.

No supieron los otros, los profanos,
que el diamante se le quedó en el pecho.
Bajo la piedra pura el enano yacía muerto,
y en el bolsillo brillaba, escondido de siempre, su silencio.


martes, 14 de noviembre de 2017

Que tristes y aburridos los domingos,
que ha sido la ciudad la que se ha ido
y uno ha quedado solo en su escondrijo.

No hay bien ni oficio que redima
de esta innoble apatía que carcome
el habito de estar, como otros días.

Un caballo, una sombra, una llave;
todo es igual y nada vale
porque es el propio tiempo el fugitivo.

Apenas son un día, pero imprevistos
se asoman como un perro en la vereda
y nos piden sueño, agua, paciencia.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Yo recuerdo la luz.
Y la luz era una sustancia ajena
inabarcable y tersa detrás de los objetos
que rodeaba los intersticios y las fisuras
asomando la nariz como una serpiente al sol.

Y de la luz vinieron las cosas
con su esencia material
se constituyeron y quitaron espacios a la luz.
Ella entonces se convirtió en un mito,
detrás de mis palabras y mis ojos.
Seguía ahí, entre los espacios ocupados, y yo no la veía.
Solo la luz ha sido eterna, cuando los seres se extinguieron
ella mantuvo su perpetuidad fluyendo
y levantó las llamas del fuego miles de veces.
Reconstituyó cada día las sombras de los animales
y luego daba sus dedos a los árboles
para que alimentados en sus dientes verdes
vertiesen a la noche desde sus raíces
hacia el sueño de las aves.
Ellas duermen en la oscuridad, y alborotan el día.
Así como en el principio, todavía puedo caminar bajo los árboles
que soportan estoicamente esa alegría de despertar
cantándose de rama en rama. Llamándose en la luz.

Recuerdo la tierra cuando tomó sustancia
y emergió de la luz bruscamente.
Tuvo emanaciones de madera, de tierra viva,
de movimientos animales, de vegetales resplandecientes.
Toda la luz retrocedió ignorada vuelta una cotidianeidad
porque la tierra se expandía desde mis ojos.
Partió la tierra y no tuvo fronteras.
Fue rosa, rosas, rosedales, raíces, hoja y tronco;
y bajo su vegetal extensión una carne fatua
y una atroz permanencia respetada.

Para admirarse el Universo hizo los ojos de la hormiga,
el correteo de la telaraña que en cada generación renueva
como una eterna conspiración para enlazar al viento.
Todo el planeta sacudió su lomo oscuro y blanco,
partiéndose en cordones de alturas congeladas
y en abismos abiertos hasta el fuego.
Afuera las estrellas estallaban en masas de gases licuados
en ríos astrales caloríficos o helados
estaban en los confines de los vacíos
suspendidos en materias informes.
A nuestros ojos la boca abierta del cielo brilló
donde la sentimos en la frente sin verla todavía.
Así yo alzado sobre la magnitud del pasto
donde me recibió con temor, asombro, con reservas,
o ignorándome desde siempre, el pueblo de los seres
diminutos que habitan los recintos de la tierra
entre las raíces como una constelación de amaneceres
luego decaen desmigándose arena proteínica
a la inconmensurable región invisible y viva bajo los árboles.
Dignos árboles que envejecían hechos de morirse
en el crecer con los extremos verdes.
Así yo sobre la piedra y ocre mancha de la savia,
ahora que la luz se ocultaba detrás y dentro de los seres
una mancha vegetal verdosa abrió sus manos
y volcó sobre la tierra húmeda frutas arcaicas.
No me alcanzó la voz para nombrarlas.
Toda la tierra era el horizonte.

De la madera vino la cuchara, lanza, dioses.
En el mismo gesto fue una balsa para el rostro del agua
y luego una amplia bocanada divina mojada en sal y cal.
Allí donde el niño tocó la materia la tomó para sí
y construí con ella mis refugios cotidianos, y mis altares.
Ya la tierra estaba completa girando en los espacios del sol,
podíamos ver que el agua era una ilusión de la forma,
la tierra un páramo continuo donde abandonados,
la luz un pasado inexplicable.
Solos estábamos, estaba solo; ante el corazón del perro conquistado
que no podía decirme las mismas palabras.
Solitario y diminuto, enano en las montañas antes del afán minero,
quedé mirando la constelación de las bestias
y de las manos me chorreaba sangre de grillos manchando las piedras.
¿Eso era la maldad y el arte, juntos bajo mis cabellos?
Primero de los hombres, y repetido de la sangre, corrí
entre los árboles perseguido por miríadas de insectos
y al acecho de las bestias de cuerno, colmillos y venenos.
Ahora el cielo era de aves interminables,
entre los árboles se tumbaron a parir las hembras
el bostezo distraído de los cachorros.
En las profundidades de la tierra, allende los gusanos,
el fémur del lagarto se quebró y endureció bajo el martillo de la tierra.

He aquí que fui elevado sobre el caparazón de los escarabajos
miraba los espacios de la materia sin ver el corazón
en donde late una nebulosa de explosiones,
la sangría comunal de los recintos del viento,
allí en donde duerme y corre y vive sin entendimientos
el cosmos inigualable que de poder verlo nos aterroriza.

En la primera edad vino la luz,
en la segunda edad vino la tierra,
en la tercera edad abrieron sus ojos las criaturas,
sobre la cuarta edad me alcé del suelo. 

La quinta edad fue la del agua
y descubrí que era una ilusión.
Mi hermano que ha crecido entre fórmulas y árboles
me dijo alguna tarde que el agua eran moléculas
en una red efímera perfecta que no dura para siempre.
Pero el agua es una unión de luz y tierra,
temporal y redescubierta, más antigua que el mundo
muere cada tarde y se eleva hacia el sol
y cada noche duerme en masas dispersas sobre el viento.

El agua viene a nosotros desde cosmogonías incomprensibles;
sus fórmulas descansan en las manos del cielo
o en las profundidades del planeta donde hierve
o allí en donde puede permanecer estanca
ahogada de nieve submarina, ajena a todo;
más sola que su espíritu, más pura e inabarcable que los cangrejos.

Descubrí que el agua era tersa y brillante,
se quebraba en sonrisas de luz, huía bajo la tierra
con senderos de asfixia que las lombrices beben.
No ríos azules y legendarios, no mar de botellas,
nunca tormenta, jamás había sido todavía una nereida verde.
Era una luz atrapada y dormida bajo la renuencia de su forma.
No, todavía no había sido un tumor en los pulmones
en la boca el gusto de la vida que siempre engaña y dulce
pareciera cuando llueve sobre la ansiedad de la piel.

Era luz dentro de la tierra, y tierra abierta a la química ignorada
aquella que viaja a través del espacio y el tiempo
como la bocanada existencial de lo presente o no.
Una pregunta que podía cobrar color y forma, gusto y tono.

Pero no todavía, no había sido dicha
el agua que habitan los tiburones.
Era apenas una casualidad diaria,
una mojada de las manos y un juego infantil.
La sustancia suma de la existencia
y más allá de los seres que la cruzan y perviven
se mantuvo en edades inexorables hasta mis días,
estos días que han venido del agua,
y por la luz, por la tierra, por el agua vamos
luminosos y oscuros, crueles y honestos.
Inmensamente imperfectos en la perpetuidad temporal de este día nuestro.

Y recuerdo una puerta verde, una luz de la tarde,
mis dos manos en el suelo que recorrían la tierra.
He llenado el recuerdo de emociones intensas,
como constelaciones y traslaciones planetarias
que no habrán existido todavía
pero que luego se adhirieron a la memoria.
Y recuerdo la luz, emoción e intensa más allá;
la puerta verde y vieja de madera quebrada
como una piel de tierra o una escama extinta.
Aquella primera puerta que se abriría
hacia los pinos trasplantados al calor de esta tierra
me desprendería de ella y quedaría en el mundo.

Porque yo no sabía nada todavía.
Todas las cosas no habían sido nombradas
y debieron ser nuevas en cada instante.
¿Por qué recuerdo la puerta verde sobre la luz?
Y no recuerdo manchas en las paredes,
un grillo bajo un mueble, dos voces en el aire.

Pero vino la luz, un destello blancuzco
retrocedió a la puerta y huyó en el espacio.
Ha quedado escondida tras la madera
que otrora fuese verde y nueva.
Mis manos en el suelo, las piedrecitas sueltas
que ahora duermen en un suelo ignorado,
mi cuerpo que era entonces casi nada.

Caminé, no hacia la luz. La había olvidado,
ahora estaba perdido en el espacio cotidiano.
Caminé con los brazos adelante, con la mirada arriba.
Debí caminar con la sonrisa del que descubre sin dolor
pero triunfa y encuentra una extensión desconocida,
se acoge a la palma del camino que lleva por sí mismo
al primer caminante. Yo era apenas como un niño amanecido.

Si hablé no lo recuerdo, pero debí decir graznidos
y gañidos como un cachorro sin aire en los pulmones.

Yo descubrí el otoño, la palabra, los libros silenciosos,
el barro con sus restos de existencias,
la pluma de la gallina, los símbolos desbordantes.
Ahí, en ese intermedio de cegueras iluminadas,
la lluvia había creado para mí miles de renacuajos
en la triste infinitud del agua,
en la muerte repetida de la tierra.
Y de la lluvia vino el invierno,
una conspiración de adormecidos.

Digo entonces que recuerdo la luz
y una alta puerta verde
que una tarde se abrió de par en par
y todavía permanece abierta.
Yo recuerdo una puerta verde
como una veta desgarbada
de la madera agreste;
y la firmeza de la piel de la tierra
que descubrí bajo mis manos.
La tierra toda era una bola de metal y proteína
flotando en la distracción de los espacios
pero yo todavía no conocía sus abismos
del corazón de fuego que allí abajo palidece
en rabia, en corpulencia, en turbulencias
se arrastraba debajo de la piedra triturada
y huyó de mí cuando abrí los ojos.
Liberó a la luz para cegarme,
convirtió sus extensiones en obstáculos.
Rondó mis aires con el atisbo de la desconfianza
que mudó en alevosías de sangre en mis rodillas
y en barro y lluvia, risas de cristales.
Toda la tierra se acostumbró a mi espacio,
me dio su palma extensa bajo el sol
y ante la noche ignorada y remota
bostezó sus refugios de metal y ladrillo.
Y caminé entre ellos asombrado y mutable.

Tuve la voz, hablé en el aire. Tuve palabra.
La palabra nueva y sin sentido del cachorro
y del que no sabe nada. El nombre era una estatua vana
que las cosas proclamaron como suyas
y se definieron una a una. Dije primero
cada nombre y vivo se arrastró en la tierra
de mí hacia el objeto.

Sobre la apariencia tan pulida del papel aprendí
a escribir mi nombre como un arcaico garabato.
Yo había atravesado cinco milenios,
aunque no lo sabía. Desde la piedra curtida
me desvié en el hombre y caminé
sobre los trazos ancestrales que perduran.
El cachorro, ilustrado entre los ilustrados,
avanzó la insolencia y la desesperación,
y la bondad y la sabiduría de una letra que aún era una flor o un garabato
sobre el papel paciente, desechado
de los archivos que conservan otras letras.
(Aquellas que perduran oficiosas y dan sentido al mundo).
Pero mis hojas de papel, las primeras
entre todas las mías y entre las del hombre,
fueron devoradas por hormigas y polillas
cuando no fue el agua
quien tomó la tinta y la volvió un espectro
antes de que el papel fuese expulsado a la basura.
Y aquella fue mi primera obra,
temporal y ya determinada por el brazo humano
que en mi repetía la piedra, el pergamino, el hollín.
Así yo era el primero, y el último, y el medio
de los escribas del medio.
Allí yo dibujé una flor, un rostro sin colores,
la forma descriptiva del espacio conocido.
Allí habré dibujado el primer conejo, una casa,
o el intemporal semblante de las víboras;
y aunque ya no recuerde se que estaba
cumpliéndose el destino y tradición de especie.
Yo levanté la mano y lancé un trazo
en el espacio ausente de los años,
avanzando sin freno como un carro en la memoria
hacia mi nombre. Lo descubrí una tarde
cuando estaba en el piso oscuro de la casa
y sobre una hoja de un diario (ignorado)
llegué a mi nombre como para siempre.
Llegué a mi nombre sin fe y sin destinos,
porque pocos cachorros entienden de la vida
(la que se arrastra en nuestra sombra antigua).
Sobre el margen sin dios de la noticia
dibujé el garabato jeroglífico que no era yo y que de mí decía.
No estaba ahí mi fe o mi pensamiento,
ni en la letra dormía un individuo,
pero era yo el autor y la obra. El individuo
que tomó una rama y en la tierra la marca,
era yo llamando con la palabra.
Y que satisfacción, y que alegría infante;
como llegar a la sabiduría y encontrarla en la puerta
sonriendo beatífica al borde del camino.

Y entonces no recuerdo. Sé que estaba
cuando otras cosas sucedían en torno.
Hubo un perro oscuro, una palmera,
una nube de mosquitos vino a vernos
y el veneno les entró en el cuerpo.
Se podía tomar sus moribundas existencias en montones
para arrojarlos fuera sin desprecio y de costumbre.

El cuerpo de un ratón decapitado, que la sangre aún brilla
en mi recuerdo su nuca sin color dura la muerte
que lo tomó en su trampa y quebró el cuello.
Y así otros ratones vagabundos que fueron a la muerte.

Pero ya no la puerta, aquella verde puerta
en esta otra casa nuestra.
Nunca más esa puerta, de verde de tan vieja.
Era otra casa, en otro día y borde,
que he vuelto a ver un día sin remordimientos.
Pero yo recordaba solamente ratones y mosquitos
o recuerdos amargos que no pertenecieron.
Y aunque me han dado historias, o fotos,
solo recuerdo el suelo. Tan gris como otros suelos.

Quizá allí me alcé del suelo y fui al camino
y miré sobre el resto de los objetos,
y reí sabiéndolo y caminé primero.
Pero solamente recuerdo el gris del suelo
y los mosquitos y ratones muertos.

Y luego un gesto amargo, que pareciera un sueño,
donde mi hermana llora.
Todo el aire es angustia, todo el sol una hendija.
No pregunto, no digo, no camino y recuerdo
en la esquina del viento que una muchacha llora
encerrada para siempre en aquel recuerdo.
La pregunta es el viento.

Allí aparece él, donde no estaba.
Su alta cara larga, que parece una mancha,
y su figura extraña que a nada se compara.
Que no tendría nombre si no lo recordara
cada día que despierto y me nombro.
Porque no he sido él, estoy tan lejos.
Hoy no sé si aún está o ya se ha muerto.
Padre, de tierra; padre, de olvido.
Si no me hubieses dicho yo no sabría nombrarte,
y no puedo nombrarte. Estas tan lejos
que la melancolía no quiere rescatarte.
Este nombre, un esfuerzo tan triste por nombrarte
ha fracasado y frío es tu color del aire.
Y aunque me guste el frío, tu figura pertenece al olvido.

¿Qué cosas prometiste y no cumpliste?
¿Dónde estabas que no permaneciste?
El animal del hombre tuvo hijos y los dejó a la hembra;
así renuevan el tiempo inextinguible de los vivos.
Quizá no estabas hecho para padre, quizá te acobardó la valentía
del cachorro que abre la boca y llora
o de la madre que cumple travesía.
Te fuiste. Fue mejor, era otro tiempo
donde ya no cabían tus licencias.

Antes se dio aquello; se me oculta
tu cara una mancha, y mi hermana que llora
encerrada en el vasto recinto de la memoria.
Aunque ya no la veo y aunque ya no la escucho,
sé que alguien lloraba y todavía llora sin cesar.
(¿No es acaso el recuerdo una caja de hierro?)

Pero sé que ha venido la miseria, sin color y sin forma,
inundando rincones que se creían a salvo.

Allí habitan las cosas ignoradas,
las que no se preguntan y no saben
ni quien las vivió ni quien las guarda
en la profunda celosía del silencio.
¿Acaso no callamos lo que sabemos?
y otros no saben y no sabrán nunca
porque no fue necesario y ya es muy tarde.
Anocheció ese día, se ha perdido;
solo su huella queda sobre el brazo.
Habrá fundado el día, torcido el curso.
Habrá gritado y roto un cántaro hasta el fondo
de donde huyó la humilde lagartija.
¿Somos la lagartija, el cántaro o el fondo?
¿Fuimos de ello testigos o partícipes?

Quizá no fuimos nada. Estábamos
en aquel mismo aire. Se ha perdido
ese día que ya no recordamos.
No es recuerdo, sino un presentimiento
adivinado y recogido en rastro
de los gestos honestos de la gente.
Un vigía de la noche ajena.
Pero se ha transformado y modelado,
y aunque puedo dar fe no tengo pruebas
más que susurros agudos que clavados
en el augusto silencio doloridos quedan.

Doy fe de los susurros. Escuchaba
y ellos vinieron raudos y audaces
como dos viejos que recuerdan a ciegas.
Como un perro que busca entre la niebla.
Me dieron las razones del pasado y los presentes.
No todas, quizá; pero quizá las suficientes.

Aquí empieza el silencio.
Ya no el olvido, confundido o solo,
como un pájaro dormido junto al río
humilde de tan solo y tan ausente
y no todavía frío o yerto o ido.
Aquel olvido de quien estaba.

Ahora el silencio vino y creció,
se aposentó entre el gesto y el recuerdo
sin labios. Una llaga o una herida
que ya no sangra más  pero conserva
la frescura del aire dolorido.
No me pertenecía, ajeno y vivo,
estuvo, estaba, perdura todavía.
Los días se han construido encima.
O fue una rosa seca que ha quedado en un libro
sobre la estantería bajo el polvo.
Quien vino y levantó la tapa quizá no debiera
(o no debía, pero ya lo ha hecho).

Pero el silencio existe y permanece,
se regodea en su sueño de verdades sabidas.
Y en sus alrededores los demás se suceden.
Favorece el silencio algunas existencias.

Allí llegué al silencio, y no sabía.
Pero eran tantas cosas esos días
de las que no recuerdo o recordaba.
Sé que una noche fuimos a otra casa
rodeados de elementos cotidianos
como la ropa, sillas, una mesa,
y una bolsa repleta de muñecas
que mi hermana olvidaba.

Esa fue la primera noche alegre
de la penumbra amable y la promesa
como de peregrinos que regresan
al sitio donde nunca habían estado.
Las muñecas armaron una hilera,
sus cabellos resecos que vibraban al viento
y sus dedos deformes levantaron las fuentes de la noche.
Aquelarre infantil y aliviado.

Entre los juguetes de mi hermana,
los que venían de su infancia primera,
había muñecas regordetas y rígidas.
Pequeñas muñecas duras como piedras
y de melenas rígidas, oscuras, descoloridas.
Una pequeña máquina rosada de costura,
y otras figuras que ya se me pierden.

Pero estaba ella, que ha sobrevivido
al olvido de la infancia y el destierro
con su tétrica calva desgastada,
con sus uñas sin filo y sin colores.
En su vestido habita la pereza
de lo que existe todavía y apenas;
como se fue en el pasado ahora queda
esta dura expresión de la muñeca.

Ella ha oído la voz de la morena niña,
sus gritos y requiebros, sus alegres
momentos de niñez que hoy se recuerdan
sobre el seco vestido de la muñeca.
Mona contempla el tiempo eterno de la melancolía,
donde se mecen los sauces adormecidos
y una palmera florece sin escándalos
para cumplir el rito de los sucesos.
Dentro de ella, hueca como el aire,
viven los rastros de la voz de la niña.

Su cabello se fue con las tijeras,
de sus uñas se fugó pintura.
Aún sus ojos permanecen estancos
viendo los rostros de otra primavera,
que yo no logro recordar. Mi hermana
era ya sucedida esa noche penumbrosa y alegre
cuando prendidos a la sombra materna
se levantó la casa en mi presencia.

Esa primera noche pusimos las muñecas en hilera
y ellas nos miraban beatíficas y frías,
no había murmullos ni rosales todavía.
No había más que la penumbra de una noche dormida.

Las noches son grandes, como un escarabajo
que abrió las alas cuando era pleno día
y adormeció el respiro de las flores
de milagro y de prisa entre el viento.
Eran las bellas noches de verano
que en el Chaco atardecen doloridas
mas luego se revelan con sus constelaciones antiquísimas
y un fugaz aliño de luciérnagas.
Brillaban en el campo. Eran las uñas
de un duende anochecido
que entre las matas de pasto perseguía mosquitos.

(Aunque se han vuelto extrañas y escasas
en la ciudad despiertan los veranos.
Sobre los edificios se confunden
con los ojos metálicos de los aviones.)

Se construye una casa con costumbres.
Puede plantarse un árbol y cuando crezca
definirá el espacio de la vida;
vendrán a sus raíces los gusanos adormecidos
para arrullarse en el zumbido de las avispas
y los despierta el tiempo nuevo convertidos en chicharras cantoras.
Pero los árboles pueden permanecer dormidos
firmes y profundos sosteniendo la tierra.

Los rosales son duros, se parecen a un hueso
que quedara escondido y floreciera inesperado y nuevo.
Así que hubo árboles que crecieron, augusta y esforzadamente
como el ceibo desarraigado y triste
donde una palomita hizo nido
y los gatos tocaron la corteza con sus uñas pálidas.
La casuarina se reservó las nubes
porque estiró sus ramas hacia el cielo
verde y oscura como un peregrino
podía hablar con el viento en idiomas extraños
y cuidaba del tiempo y las distancias.
La grevilea con su savia joven
que fue la más lenta y solitaria rama
más tarde floreció amarilla
nostálgica y tan bella como un pájaro prisionero.
Tenían sus flores un dulzor áspero
de agua que se ha bebido en la piel oscura de la tierra.
Luego la tuna, castellana y fría,
que se hizo vieja, gruesa, sucia de tierra,
se hinchó en frutos crujientes y dulces
que las hormigas venían en procesiones
y los gorriones volaban felices
con el pico repleto de delicias .

Puede plantarse un árbol y hará la tierra
que a su sombra quede un espacio vital.
Vendrán los seres a buscar su sombra,
y los hombres detendrán su paso,
los caminos torcerán sus rumbos,
los gatos treparán al viento,
el niño escalará sus ramas.

Se corta un árbol. Es fácil, cotidiano,
que el hacha quiebre las líneas de la madera
llevando el sol hasta los caminos de la savia
en los espacios insospechados y suaves
que pertenecían a la oscuridad.
Quedan sus ramas secándose en la tierra.
Es lenta la muerte de los árboles,
tardándose lo que se tardan el sol, el viento, la humedad,
en desecar nudos y cortezas, abrir crujidos (...)

(...)


lunes, 6 de noviembre de 2017

San Martín de Porres nació, vivió, murió en Lima, Perú,
cuando el Imperio era grande.
Fue negro, indiano y mísero
por vida y vocación de oficio.
Y elevado a la dignidad de los altares
no pareciera muerto todavía en América.

Trató de hacerse más pobre, más pequeño
ha de poder barrerse con la escoba
que a la calle lo echase por la puerta
para rodar entre los pasos de los hombres
convertido definitivamente en polvo, en miga,
que no pudiese nadie verlo
y aún con él se sostuviese el Universo entero.

Se condenó a sí mismo a la miseria
de ser el único despierto
cuando todos los demás están dormidos,
para esperar que Dios entrase en el convento
a conversar tres horas por la tarde
o en plena media noche en Lima.

Así fue como huyó de su destino
que habiéndolo nacido negro, indiano y mísero
lo devolvió negro, indiano y mísero
para mayor gloria de Dios que está en las nubes
desde dónde se asoma en ocasiones
a mirar los desatinos de los hombres.

Pero el otro Dios, el cualquiera
que viene en las horas pacíficas y en las tormentas
agitando su vara de manzano
y dando luces y arrullos de palomas
dicen que lo acompañaba a orar frente al altar
en media noche, y día bajo la escalera.

Los hombres lo elevaron en la muerte
con adornos de piedra bendecida
aligeraron el peso de sus manchas;
esclarecieron lo oscuro de su vida
y el sol vino a dormirse en sus altares
como una paloma dolorida.

De aquel difuso tiempo viene
una voz ancestral que nos repite
que hoy y mañana la bondad se cuece
en los actos nimios de la vida.
Hay quien puede domesticar el día
y llevarlo prendido en la cintura
como un bolso repleto de costumbres.

Si aquella fue su vida, esta es su muerte
que la piedra pulida y la madera
florecieron de adornos, ya reliquias.
Y aún con el peso del siglo pareciera
en la luz de la estatua que pregunta
todavía, hacia el cielo, la miseria.


sábado, 4 de noviembre de 2017

Tiembla, atemorízate, 
noche y día ten cuidado,
(...)

Advertencia del Emperador Yao 
(La fuente de viejos poemas)

Tiembla, atemorízate 
cuando descubras que las hormigas 
pueden quebrar el pie de las ciudades 
al morder sus huesos de cemento. 

No será eterna tu vida, se extinguirá tu muerte, 
el amor y los odios que empecinas 
decaerán carcomidos por los años 
como arboles secos junto al tiempo. 

Tiembla, atemorízate 
que el viento puede tomar tu voz y tu cabello 
para llevarlos consigo hacia los hombres 
en países lejanos y olvidados
que no conocerán tu nombre. 
Somos así de vanos, así de endebles. 

¿Cuanto tiempo le ha costado al gusano 
hilar su delicada cesta? 
¿Y cuanta agua se ha perdido el río 
para saciar la sed de la morera?
Nada será eterno en la belleza, 
pues el fuego consumirá la seda, 
y sin aliento ya, sin alimento 
se extinguirá cuando esto suceda. 

Tiembla, atemorízate 
como un camello que ha quedado 
atrás y sin agua en la joroba. 
Siente el desierto ahogarlo con su pena. 
Pero camina mudo y solitario 
arrastrando su fe sobre la arena;
él no sabe de intención o de finales; 
solo rumia el sabor de la belleza. 

Así somos los hombres, que buscamos 
el asombro en la fe de los camellos, 
la arquitectura y el jardín de las hormigas, 
el húmedo calor de los monitos. 
En el verdor de una lechuga nueva 
hay respuestas que aún no conocemos.

Tiembla, atemorízate,
hazte de espanto
ante la inmensidad de tu ignorancia
que una tarde te paras en la calle
y toda la ciudad te ha parecido extraña.
¿Vas a cerrar los ojos y refugiarte
en el pulido espejo de la costumbre?
¿Quien podrá desdeñarte si te tiembla
la mano al sostener el aire?


jueves, 2 de noviembre de 2017

Dios estaba solo, y lloraba
océanos de perlas,
plumas de gallos,
carozos de aceitunas.

Dios estaba solo y creó
a los hombres a su imagen y semejanza.
Tomó la extensión de su barriga
estirándola hasta crear el tiempo
y se cortó la carne inmaculada
desde arriba hacia abajo.

Dios tiene ombligo
porque de ahí fue de donde hemos salido,
y heredamos su cicatriz
para que no se olvide
que Dios se cortó a si mismo
por pura estupidez o por encanto.

Pero Dios huyó despavorido
del dolor y la sangre,
se refugió en las ventanas del cielo,
en el espacio de las estrellas.
Más allá de todo campo y día
en donde solo habita su silencio.
Y los hombres no han podido llamarlo.

Entonces prosperaron en la tierra,
trepados a las montañas escamosas,
en sus gruesos y rocosos intestinos,
acomodaron el paso de las vacas
sobre el surco robado a las hormigas
que desfilaron llevándose con ellas las semillas.
Atrás se mantuvieron los seres olvidados:
el milveces antiguo escarabajo,
el callado y jadeante cocodrilo,
la sincera tortuga enmohecida,
el áspero tiburón y la bacteria.
Los hombres se acumularon como nubes
hasta morder la barriga del cielo
con el diente pálido de la ciudad.

Y llamaron a Dios, desde las torres
dijeron sus incontables nombres
que olvidaban en una edad y en otra
recobraban más viejo y más brillante.
Pero Dios no atendía, el cielo era
solo la vastedad del universo
que de tan ancho no hemos podido retenerlo
bajo los círculos de nuestra esfera.

Entonces la Humanidad gritó
de oro una voz amarga y buena
que asomada al umbral del infinito
se hundió en la misma carne del cosmos.
La máquina cruzó el espacio, piel helada,
más allá de la luz y la certeza
se desprendió para siempre de nosotros.

Dios aún no ha respondido.


lunes, 30 de octubre de 2017

Dijiste: "Existe una manera de quererte,
pero aún no la he encontrado.
Dame un tiempo más para buscarla
durante mis atardeceres."
Yo estaba apurado. El sol
se escondió en mi sangre.
No tuve un día de más para esperarte
y no veré tus atardeceres.

Dije: "Hay árboles que crecen y florecen.
Hay flores que aún no han nacido.
Y quizá nunca en estas vidas nuestras."
Yo era tan sabio, como una espina nueva.
Así de joven y de temible era.


Nunca podré contarte
lo solo que yo he estado
cuando una noche oscura no vino la tormenta
para justificarme la tristeza.

Leía de madrugada alguna historia,
aquellas que hablan de tanto amor y desespero,
que me caló hasta donde
durmiera la miseria.

Si, yo he llorado, niño,
sin intención de ánima.
Fue como si, de pronto,
hallarme sin pulmones
y una mancha grisácea
que me crecía aquí dentro.

Que solos que quedamos
cuando estamos despiertos
al borde de los demás que sueñan.


viernes, 27 de octubre de 2017

Que poco te recuerdo.
Brevemente y apenas, simplifiqué tus muros.

Se que eras alta y dura
que una tarde alguien dijo
"se parece a una carcel,
con esas ventanitas asomando en lo alto."
Recuerdo que eras fría y oscura,
yo solía entrar a escondidas
para robar cuchillos tramontina
con los que molestar a las avispas.

Después te hiciste pálida y serena,
tus suelos se cubrieron de colores.
Te arrancaron tu piel de escamas negras
para alumbrarte los rincones.
Entró por las ventanas la claridad de fuera
y se durmió en tu planta.

Te erigiste en la tierra, diste al aire
los callados espacios de tu piedra.
Soportabas el silencioso peso de tu amparo;
como árboles muertos tus columnas.
Tuvo que venir el mundo verde
para alegrar tu clara pesadumbre.
Cuando el jazmín se recostó en tu hombro,
cuando creció salvajemente el conejito
y al pie de tus pilares se enderezó el burrito.

Y ahora que quedaste fuera.
Vino el invierno para habitar tus patios,
dejándote en el tiempo.
La mano humana te despojó de arreglos
para llevarse su vida. En una tarde
te vació la estancia de sus libros,
sus cortinas, sus mesas y sus sillas.
No pudo alzarte, no pudo reducirte
a medida de un dado
y llevarte escondida en el bolsillo.
Hasta los muebles diste los permisos,
donde diste la espalda a los huidos.

Te quedaste contigo, en tus jardines
para cuidar la dura rosaleda
que te creciera sobre los gatos muertos.
Para cuidar aquello que se queda
adherido a la tierra por la vida o la muerte,
y que los peregrinos pierden para siempre.

Y no ha pasado un siglo, pero lo pareciera
que no he vuelto a mirar desde tus puertas
la vida como era.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Amaban los dioses a Jacinto,
y de entre todos ellos Apolo
era quien más lo amaba.
Porque Jacinto era como el viento
que ha venido nuevo entre las piedras
para limpiar el mínimo camino
donde la hormiga crea su primavera.
Porque Jacinto podía levantar una gota de agua
y al ponerla en su frente brillaría:
así de fresca y nueva era su vida,
así de necesaria y bella.

Amaban los dioses a Jacinto.
Dijeron para ellos: "No habrá más primaveras.
No crecerán más flores en la tierra.
No se abrirán este año nuevas tierras
para que pueda el hombre hallar los frutos
que en ella duermen.
Solo esta belleza nos mantendrá felices."

Los hombres eran nuevos.
No había llegado el tiempo de su pena.
Y de entre ellos dieron a la tierra
la juventud y risa de Jacinto.
Lo sacaron desde sus vientres frescos,
le pusieron sandalias en los pies delicados,
abandonaron canciones en sus caminos,
y lo miraban como se mira a un hijo
que aún no se ha ido.

Así como los hombres, los dioses
trajeron la buena agua de la lluvia
y mostraron a Jacinto el encanto de la melancolía.
Su rostro noble les conmovió la vista.
Le dieron una piedra tomada de los abismos,
para mirar sus ojos alumbrados,
y lo amaban al verlo.
Vino Apolo a mirarlo sobre la tierra.
Que días tan benévolos de antaño.

Así como los dioses amaban a Jacinto
lo miraron dormir. "No será eterno.
Se morirá cuando lleguen los inviernos
y acosen su carne y su espíritu.
Cuando lo dejen cansado y despojado
de la sinuosa juventud alegre
lo habremos perdido para siempre."
Dentro de sus columnas creció un pena
que hizo llorar a las ninfas en los campos.

Ha sido. Se apagó como un fuego bajo el río,
su roja sangre se detuvo y yació
sobre la palma dolida de la tierra.
Sus cabellos se unieron a los árboles,
sus huesos se sumergieron en el tiempo.
Nada queda de él. Solo la pena.

"¿Esto ha sido o fue un sueño?,
que entre los árboles viniera a nuestros templos
para mostrarnos lo que hemos creado
sin saber lo que hacíamos."
No hubo quien consolara a los dioses,
se extinguió el humo en sus altares,
y Apolo abandonó la lira en los bosques.

Pero los hombres comieron y lloraron,
fueron a los campos con sus bueyes,
llevaron a la tierra nuevas semillas.
Caminaron por sobre el ancho mundo
multiplicándose entre las montañas.
Hallaron el espacio de la tierra
y dieron nombres nuevos a los seres.
En los bordes de sus caminos encontraron
pequeñas flores bajo los cipreses
y las llamaban jacintos.


lunes, 16 de octubre de 2017

Él es el hombre que me desagrada.
La bestia enorme sedienta de placeres
a la que el arte no le sirviese nada.
Busca en el suelo madrigueras y huesos
porque ignora el lenguaje de los hongos.
Ha sido construido en nuestra especie
pero ningun destelle se le quedó en los ojos,
donde duerme ese hambre de codicia.

No tiene corazón, no tiene estómago,
no tiene lengua, orejas, cabellera.
Es puro barro y uñas caminando
que cuando muera se abrirá en desidia
porque toda la luz no lo ha alcanzado
y la penumbra lo repugna.

Especie vana y rota. Abre la boca
y el viento no entrará en tu voz.
No hay palabra que pueda retratarte
cuando lo demás puede alzar flores,
y cachorros, y torres, y floresta
que en los espacios del mundo han crecido.

Es el hombre cotidiano e inútil de las ciudades
que se despierta y come sangre ajena,
el que bosteza frente a la belleza y a la muerte
porque mínimo y cruel no alcanza a conocerlas.
Refugiado en su sal endulza el aire
con el humo aceitoso del deseo.
En su mano el talle de una flor pierde destino,
una mujer es una hembra abierta,
un cachorro es dolor y aburrimiento.


René Godoy tiene seis dientes en la boca
y una expresión de tierra chamuscada.

Son los albañiles, que con el sol levantan
las vigas de los árboles, las paredes,
los pasajeros pilares de la tierra.
Sus obras verán otras vidas dentro de ellas,
las mirarán dormir e irse.
Moldearán las costumbres de los niños
o el sopor y la ciencia de los árboles.

René Godoy pertenece a esa estirpe de hombres
que toman barro y piedra
y en la noche se acuestan en la sombra de las ciudades
y en la mañana marchan dentro de ella
convirtiendo muros antaño firmes en escombros
y la sed del cemento en su cimiento húmedo
que escondido en la tierra murmura.
Se duerme y el musgo viene a devorarlo como un caracol.
Entonces cuando viejo, vienen los albañiles renovados;
pican y cavan hasta sus raíces,
arrancan las varillas de hierro oxidado
y quiebran el cemento ya vaporoso cuya piel se desmiga.
Remueven la tierra y urden un orden nuevo,
de barro, madera, piedra y vidrio.
Se trepan al viento adormecido sobre el pasto
para poner ventanas contra el cielo, y pilares
a semejanza de árboles o parecidos a un barco desplegado.

René Godoy parece un hombre anciano.
No el venerable dios de barba pálida
cuyas manos y anillos cuidan un tiempo ausente.
René Godoy es indio y negro, criollo
cocinado desde la tierra misma
emerge desde el polvo bajo el sol más caliente.
Enjuto y renegrido, parece un palo viejo
que emergió joven y grácil de la tierra
pero cayó en el río y este lo llevó lejos.
Lo cubrió con sus aguas enturbiadas,
lo enterró en la piel del barro,
lo devolvió al aire duro y sucio
de todos los rincones de la vida.

Agachado en la sombra de la casa
que levanta y conoce en sus rincones
puede hablar del mundo como un ladrillo
que ha sostenido a todas las columnas.
Cobra gracia cuando habla alto
y su rostro moreno se sonríe
sobre la tibia esquina del pasado.

En el cigarro humea su persona,
en el ceño balancea un recuerdo.
Cuando extiende su brazo pareciera
que atraviesa el viento hacia el silencio
donde eran jóvenes y los muros dormían en la tierra.

Es la más vieja de todas las criatura
que tomó el barro e hizo un nido,
y luego acumuló sabiduría
de la que sirve para construir más nidos.


Ella ha venido fría,
desde la oscuridad de las esquinas.
Abre un libro al azar y me lee en voz alta
las más viejas palabras que ha encontrado
entre el sueño pacífico de mis libros.
Ella puede ocupar los espacios
susurrándose las cosas que no digo;
puede buscar entre las miles de cositas,
todo lo que se me acumula sobre la vida,
para encontrarme anécdotas que he olvidado.
Que miles de papeles y molestias,
que miles de cositas he juntado.
Son como las tortugas de una playa
que al tocarlas el sol han despertado
y ahora fluyen al mar desesperadas.
Me aburro y quejo a solas,
soy el más olvidado de los hombres
que esta noche he salido a la calle
y el mundo no me miró la cara.
Pero ella es tan fría y tan liviana,
que donde yo creo ver aire va y se duerme,
mi pobre soledad, de mí aburrida.


jueves, 12 de octubre de 2017

¿En qué lugar del mundo está Julio,
que mi ventana hoy lo extrañó tanto?
Sola se puso gris y se ha llovido.

Julio sucede más rápido y sencillo
en sus propias flores de llovizna.
Después se va porque en el norte esperan
las inmensas ciudades de los hombres
su honesta exhalación de frío.

Justo la UNNE estaba tan vacía
que sus pasillos parecían dormidos
cuando en la hora de la melancolía,
(entre las cinco y seis de la llovizna),
me fui a mirar cual árbol florecía.

Julio, no estás. Pero es como si todavía
sobre el cemento acariciaras líquenes
de aquellos días tan míos.

Te quiero Julio, (porqué te he nacido
entre tus dedos grises y teñidos).


domingo, 8 de octubre de 2017

¿Es cierto que en Roma hay una colina
enteramente hecha de jarrones rotos?
Uno descubre y cree toda clase de cosas
que se encuentra en el vasto jardín de Internet.
Como que en Japón existe un templo
que cada año se quema y se levanta
para salvar al dios del la amargura
de ser eterno.


Cortales las manos pero no dejes
que lleguen a la raíz donde se guarda
la otra primavera que no nos pertenece
y que espera llegar sin que la estorben
más que la voracidad de los tatuces.

Allí marca la línea de la avaricia,
justo donde la sed de los árboles
se adentra entre las pieles de la tierra.
No ha de llegar el hombre a donde llega
si detiene su paso ante la vida ajena.

Haz que el viento sea una noticia,
un eclipse un asombro de la vida,
un caracol la guardia de la noche,
tu hijo el rebelde que se incline
ante el paso sin fin de las hormigas.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Este año ciento veinte millones de cangrejos irán a Navidad
y cavarán cuevas en la arena para multiplicarse como espumas.
Los ancianos en islas cultivarán los diques
que protejan los huesos del mar.
Y una marea roja liberará a las ostras
que en las costas del Índico cultivan dentro de jaulas.

Este año se extinguirán los rinocerontes,
morirán tres ballenas bajo el sol de una playa.
Una planta de menta extenderá retoños
sobre la piedra aguda del edificio roto.


Mi profesora de filosofía era una mujer de corazón partido
que en la apatía de la lección insulsa encontraba la paz de la derrota.

Y una mañana un grillo, o un escarabajo, o una mosca sin luz,
fue caminando hasta su pie derecho con el espíritu huidizo del perdido
que entre la masa humana del cemento no halló escondrijo.

Y ella, que relataba una lección de voces extintas,
sin un gesto ni un grito lo pisó en las espaldas.
Contra el suelo crujió el animalito.

Así ha de ser la vida cuando pierde sentido.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Fue el centauro a la roca para mirar el agua
como un arbusto más sobre la tierra;
el pálido reflejo no lo miró a los ojos.
Una pequeña aguja lo tomó entre la hierba
junto a la planta noble del corcel.
Es el veneno agudo del escorpión,
hijo de la oscuridad y del acecho
llevó su carga de dolor hacia el pecho
de tan magnifica criatura.

Aquí su cuerpo se arrastró en la arena,
bramaba poderoso entre las piedras
apenas con sus manos contra el resto
que el mar informe ha echado fuera.
La cabellera augusta se humedeció,
esquirlas de amarga sal sobre su pena.

Yace el centauro, magnifico en la muerte
no ha borrado el agua su monstruosa belleza.
Sus hombros son dos caracolas pálidas,
su corazón es una túnica incendiada
que ardió dentro del cuerpo consumiendo
la fútil carne y el olvidado espíritu
de esta criatura muerta.


domingo, 20 de agosto de 2017

Yo no te miento, Josi. La recuerdo
blanca y fría sobre la mesa, muerta 
cuando alzó la mañana de su mano 
no llegó a ver la noche entrando por la puerta. 

Mi madre se murió en un solo día 
que no se apaga todavía. 
Hoy ya no veo los rostros de mis hijas, 
pero su muerte blanca sobre la mesa 
se ha quedado grabada en la tristeza. 

Un solo día empezó con la mañana 
cuando ella salió oscura y fría 
hacia la luz del sol que la tomó imprevista 
para seguirla en los rituales diarios. 
Este mismo sol en esa tarde seca
recorrió ausente el trozo de cielo 
y antes de caerse estiró una mano 
que tocó el corazón de la mujer. 

Un solo día bastó para dejarla fría 
como una sombra más entre las sombras 
que vinieron a verla demoradas. 
Antes de hacerse noche se había ido 
y ni la propia noche lo esperaba. 
Vino a la puerta con la voz en alto 
y quedó muda por el blanco espanto. 
Sobre la mesa mi madre velaba 
su propia muerte inesperada. 

Sobre la mesa mi madre pálida 
es una sombra más de la añoranza. 
Yo la recuerdo ahora, puedo verla; 
y se parece a un sueño en la mañana.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Primero el viaje, el viaje, el viaje
vuelto llanura y sol y anochecer en movimiento
más allá el horizonte espera
su columna de hormigón y de acero.
El viaje es una espera inmóvil,
como una hormiga muerta bajo el viento,
como una flor que solo se abre de noche.
Es la llanura que se exhibe y esconde
con su huella de humanos olvidados,
aquí un puente oxidado de un tren extinto
y allá una extensión de arbustos apagados.
No sucede nada, nada se espera;
el colectivo es un gusano mudo y rígido
que come viento y sol y anochecido.
El sueño desciende desde la alta oscuridad del cielo,
toca la luz y la retuerce y quiebra
los espacios de sol ahora son sombra
que crece desde las esquinas de las cosas.
Es la noche que crece nuevamente
sobre la seca piel de los caminos.
Así el gusano prende sus grandes ojos luminosos
sobre su frente esparce luz y guía
nuestros cuerpos dormidos hacia el sur.
Atrás quedan ahora los patios inundados de Corrientes
y el verdor de la tierra junto al río entra en la noche.
El gusano avanza, como si fuese un tren o un tiro
que entre la noche ha quedado libre
busca el extremo del camino.
A su vera los pueblos se encienden y suceden,
se ven ventanas de colores, las voces de otros hombres
quedan atrás. Todo se acerca y luego abandonado
queda pasado en el esfuerzo ronco del gusano metálico
que come y come tiempo, viento y frío.
El cielo es gris y altivo, la tierra verde y fría,
las ciudades del hombre son pequeñas
y el gusano no detiene su paso para verlas.
Queda tanto paso todavía que apresura el suyo
bajo nosotros impulsa su brusco corazón y corre
sin cabellos y sin gritos es una bestia urgida
cuyo destino queda en un extremo de la tierra.
Noche sin luz de Luna. Sin estrellas
que se asomen desde sus cumbreras.
Entonces es el sueño, que no tiene principio
porque llega cuando nadie recuerda su presencia.
Nos consume el agobio de la espera
y bajo nuestro el gusano bebe aceite
para encenderse y darse impulso dentro de la noche.

Milagro, luz y piedra. Piedra inaccesible
que se cubre de luz y de cristales.
El camino se ensancha sobre la orilla
donde el Paraná termina su voz solitaria
para tocar la luz de la ciudad
que ella viene a su orilla para beber humedad con su piedra.
Trae en la frente luces y una corona
de metal retorcido que la sostiene sobre el espejo
quebradizo donde el Paraná cae en aguas ajenas.
Es un sinfín de luces, un ejército eléctrico
donde se adivina el laberinto dormido de la ciudad.
Su borde pétreo junto al agua.
¿Que miles de individuos duermen en su vientre?
¿Quien despierto ve llegar este animal de chapa?
Algún ojo nos sigue sobre el puente
y ve como cruzamos expectantes este borde.
Hasta el gusano toma un respiro vaporoso,
cruje su piel, su vientre oscuro nos lleva adormecidos.
Y entra en la ciudad.

¿Cómo es la ciudad? Se parece a una mole
que dormida es más fría. Tarde es noche.
Sus edificios se agigantan sin reposo
y sus abismos encierran gritos retorcidos.
Tiene un camino iluminado y duro
donde el gusano nos lleva presuroso.
Así, nosotros los más nuevos,
los que nunca hemos visto capitales
donde el hombre se creyera eterno
despertamos a mitad de la noche y abrimos las ventanas.
El asombro desciende de las torres
y trepado a los hombros de la autopista
se descubre su rostro de gloria reluciente.
Ningún muro se parece a esto.
Aquí la piedra creció hasta alcanzar el cielo
y la voz y la mano de los hombres construyó cuevas bajo el viento.
Los caminos más anchos traen el mundo hasta el corazón de la ciudad
y desde el mar otros hombres traen los dones de la tierra.
Pero ahora duerme, toda piedra está iluminada
pero dormida y sola. Abandonada.
Descubrimos los edificios de otras épocas,
aquellos de los que sabíamos sus nombres y sus rostros
pero aquí están durmiendo solitarios.
Esta inmensa avenida se ha quedado sin gente.
La ciudad se abre y se multiplica,
sus caminos ascienden y se acumulan
mientras la hiedra crece en muros resguardados.
Luz, luz, luz sobre la piedra dormida.

Y oscuridad, rincones de ella junto al camino
donde el hombre pobre, el miserable, construyó su nido.
Como un hormiguero desarmado por el pie del niño,
como un terrón de tierra arrancado de la la llanura es
la villa en el espacio de la ciudad dormida.
Sus ventanas iluminadas se asoman a la noche
y al borde del camino el gusano también ya las ignora.

Los grandes edificios de la gloria ocultan el cielo gris,
sus lámparas confunden a la noche.
Como destellos surgen entre el humo de la euforia
y luego a diestra y  siniestra quedan detrás nuestro.
El gran teatro clásico, sus muros grises;
un obelisco blanco como un hueso absurdo;
Don Quijote surgiendo de la piedra en bronce;
un estadio monumental y vacío a estas horas;
la belleza del vidrio sobre el mundo.

Salimos de la ciudad, atravesándola
y el camino se rodea de nuevos árboles.
Los muros retroceden y se disgregan;
pareciera que el gusano busca un camino oscuro
intoxicado ya de tanta luz y altura
ahora nos lleva hacia el corazón de la noche
fría y húmeda, lo recibe en su seno adormecida.
De nuevo el sueño camina en el pasillo
y toca nuestra asombro con sus dedos tibios
hasta rendirnos sobre el incómodo puño de los sillones.

Ahora dormidos, la oscuridad cede en algún punto
y el día se desenvuelve sobre la tierra.
El camino es invariable pero hay pequeños árboles
y casas junto él. El borde de la urbanidad.
Con el día entramos en la ciudad de plata,
como los primeros viajeros de la noche.
El camino se vuelve opaco y cotidiano,
apenas una calle más entre los edificios.
Pero engañoso, ya nos lleva hacia el mar.

El mar, criatura fabulosa extendida y de murmullos hecha,
tuerce el avance del camino y lo empuja dentro de la ciudad.
¿Pero quien mira el camino ahora?
¿Que espíritu mirará la obra del hombre?
El mar, atlántico, llega a la piedra
y es como una mano majestuosa
que quiebra el filo de la llanura
para dejar su esfuerzo junto a nosotros.
Es bruma y frío, espuma repentinamente pura
sobre la piel curtidamente hosca de la piedra.

Y un instante después el gusano nos lleva dentro de la ciudad,
las avenidas grises están abandonadas, los árboles sin hojas,
las altos edificios no tienen quien se asome.
Solo el viento transita los espacios urbanos
llevando entre sus dedos una garganta helada
que descarga en las calles una piel color plata.
La distancia es brumosa, el silencio hace espacio,
cada venida nueva es justo igual a otra.
Tantas torres vacías y tan pocos árboles,
esta ciudad es triste, con su bruma sin gente.
Hermosa cual una perla burda, la soledad la cubre.

Que ciudad mas bella y triste. Ella se camina
en los senderos al pie de sus torreones.
Cada torre tiene una puerta y cientos de ventanas sin flores.
Los árboles desnudos son filas secas junto a las avenidas vacías,
y tras el cristal los cocineros esperan el verano.
Una ciudad hecha para multitudes que hoy no han venido,
me mira ansiosa de que tome sus adornos,
que me siente a sus mesas y tome sus comidas,
que entre en sus caminos ávido y febril.
Pero es invierno, la multitud se ha ido
y yo no alcanzo a reemplazarla.
Puedo vagar entre sus monumentos y descubrir
las estatuas cuyas espadas de madera tiemblan,
la dura ausencia de los lobos de piedra.
O que en la costa vengan las gitanas de tobillos helados
a ofrecerme bendiciones y miserias.
No las escucho ya. Rápido uno aprende
el lamento universal del mendigo que pide una mentira.

He venido hasta el mar con mi impaciencia
de viajero obligado y tristón.
Cuanta belleza hay en la piedra húmeda.
Cuanto viento puede apoderarse de una plaza sola.
Mar del Plata en el viento es una ciudad vacía.
Pocos dioses conocen esta maravilla;
puede sentirse en la plaza la ausencia de aquellos que vinieron antes.
En verano ha de ser un refugio de luz,
una marea de humanos corriendo frente al mar,
como un multitudinario ritual.
Pero es invierno y huele a humedad.
Pero es invierno y la soledad la ha vuelta bella.

He venido hasta el mar. El viento frío
arde en la espuma del agua y dice cosas
mucho más viejas que la piedra bella
con la que el hombre ha erigido muros.
Sobre la costa corre un alto cerco
y al descender al borde, junto a la arena,
la ciudad es un rostro altivo y rígido
como una escalera de hormigón al cielo.
El mar viene de Oriente con su voz.
Es más frío y sonoro que los ríos,
sabe que él no pertenece y pide
ante la piedra una rendida arena.
Pero la arena ha sido resguardada en pequeñas bahías;
y a su mano quedaron solo rocas
con los nombres de otras manos grabados.
A la costa vinieron otras gentes
a dibujar en piedra su llamado
y el mar las borra diariamente
cuando alza su voz sobre la guardia.

Aquí el viento es tan frío y antiguo
que la plaza de piedra pareciera aún más abandonada.
En la espalda del Gran Almirante toca el viento
con su propia voz un mensaje sin pausa y sin traducción.
Brown de espaldas al mar y al viento
desenvaina una falsa espada
que el vendaval desprende del cabo con su aliento cargado de sal.

El resto de la ciudad es solo casas húmedas;
sus ventanas cerradas y mudas
se ocultan de la costa cercana
tras las torres vacías.
Sin su cerrada soledad sería como cualquier ciudad a oscuras.

Más allá de la costa han despertado
los caminantes, los que no se han ido.
Los que en invierno viven bajo el viento
salen a las calles y hablan y viven.
Las gruesas torres ocultan del viento
una ciudad que permanece, como una tortuga.
Su alta catedral vacía, en cada esquina un santo,
tiene los muros secos y escondidos.
Junto a sus gruesas columnas cuarteadas
un ángel de hormigón ofrece agua.
Y el techo ha sido cubierto
con una red de plástico para evitar que caiga el cielo.

Solo en sus shoppings la ciudad se anima,
pero las baratijas de metal y plástico
cobran un precio de alevosía para su pobre gracia.
Los hombres y las mujeres compran aquí su ropa
por que los precios caen cuando la ciudad queda vacía.

Así voy a sus mercados, y como y duermo en la ciudad.
A una oscura hora de la noche camino solo por sus calles
junto a las columnas pálidas del edificio.
Se que mañana iré, por los caminos, de nuevo a mi ciudad
y que quizá ya nunca volveré a caminar
por la ciudad de noche, solitarios los dos.
Ella se quedará, junto al mar,
esperando que vengan otra vez
los nuevos caminantes del verano
que llenarán su faz de voces y colores.
Ella se sonreirá. Me habrá olvidado.
Pero esta noche, audaz, la veo pasar
y le pregunto: ¿como estás?. Me contesta "Muy bien.
Estoy bien. Hace frío y, tal vez, puedas dormirte tarde."

Se que me voy. Se cumplen cada uno de los rituales necesarios.
Apenas fui un intruso que una horas
vagó por los pasillos de este invierno.
El mar se alza hoy, voraz y gris,
cuando el gusano reanuda su camino;
y adentro me voy yo con la conciencia ajena
de quien ha visto algo azul y frío.

Es como un sueño más, volver por el camino.
La luz del día se apaga. Estoy dormido.

(...)


jueves, 3 de agosto de 2017

En un barrio en la ciudad una mujer
envenena los gatos de sus vecinos.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.

¿De dónde viene su maldad?
¿Cómo construye espacios cotidianos
y entre los dedos crece sus espinas?

Hay personas que odian la madera,
otras que detestan los colores fuertes.
He conocido a quien desprecie la penumbra.
(Mala señal es no amar la penumbra.)

Quizá los gatos le sean malos
o molestos. Sus gritos buscándose en la noche
recuerden el infierno de lo vivo.

¿Cómo llegó a la ausencia, a la apatía?
Quizá no puede ver en otras vidas
donde el dolor aprende a cobijarse.

Así son las criaturas, bajo el cielo.
Si alguna vez tuvimos el jardín, lo hemos perdido
porque costaba mucho mantenerlo.

Una mujer en la ciudad mata a los gatos.
Les envenena el agua, el aire, el paso.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.


¿Debe uno afrontar la ardua tarea
de refugiar a todos los exiliados de la Tierra?

Vagan al borde del Elíseo expulsados adanes y evas 
que no han nacido a tiempo ni en la Luna, 
aquellos cuyas tierras cebaron a la Guerra. 
Se han lanzado a los caminos del exilio 
hasta el borde del mar desde la tierra 
sus blancos huesos llegarán rodando 
bajo el abrazo del sol mediterráneo. 

En la distancia vimos explosiones 
de como la sequedad del aire se abrió en grietas 
que gritaban palabras sin destino.
La indignidad fue tomada y rehecha
en todos los rincones de la tierra
donde los hombres, (otros), lamentaron
que los niños murieran.

Es el destino humano, estar sujeto
a la desgracia vil de la condena.


viernes, 28 de julio de 2017

No hay más que decir. Estoy cansado
y me duele la nuca y los ojos y el agua
de la la lluvia que anoche cantaba ahí afuera.

Terminé el día, pero no era de día.
Volví a casa solo, sin ninguna moneda
que en el bolsillo fuese su ilusión de tesoro.

Volví a casa y me esperaba solo
un grillo oscuro con ambiciones dueñas
de las penumbras que cada día resurgen
en las esquinas de esta casa nuestra.

No había mas que decir, era muy tarde;
y me dormí pensando que afuera no vendría
como una lluvia la tristeza esta.


jueves, 27 de julio de 2017

"-Lo venimos a felicitar por ser diputado.
-Ah, bueno... Vamos a esperar un rato..."

Aurelio Díaz a sus vecinos.
Noche del 23/07/2017

Aurelio escucha el viento que se tiñe de azul, de verde, blanco, negro,
Pero que adentro el sabe que siempre ha sido rojo.

Este viejo tenaz y redimido que hoy llaman el diputado obrero,
como un titulo de inmerecida fama repentina,
se ha ofrecido a barrer las veredas del partido.

Su bicicleta oscura es una rodilla ciudadana,
un hueso de la calle que tomara propósito.
Lleva sus viejos ojos luminosos
a los espacios perdidos de la tierra
donde no llega el hambre de los votos
y vive siempre el hambre de la tierra.

Aurelio, socialista, obrero, hace esqueleto
para volcar cemento y la escalera
se erguirá de su andamio como un grito
que desde siempre se escuchara.

Nadie lo nombra en títulos,
"abogado", "doctor", "caballo de marfil",
voz de trueno y glosa de oro.
Este viejo empecinado lleva
carteles en las manos, cicatrices,
algún recuerdo amargo de horas oscuras propias.
Vienen todas las cámaras y luces
para cubrirlo con su iridiscencia
pero él las apaga cuando habla.
Es el viejo que llama compañeros
a todos los hombres de la tierra.
Pareciera una burla en el gobierno
de los hombres azules.
Ellos hablan de luz como una cifra:
"Ha aumentado el producto.",
"Somos, de ayer, más altos todavía."
"Solo nos falta un metro para el cielo."

Aurelio, oscuro como el fuego convencido,
roe la dura paciencia de los pueblos
y nombra a las ciudades, "barriadas",
a la necesidad, "desnutrición",
al pueblo, "trabajador y obrero".

¿Cuanto vale este alivio de verte viejo?
He visto los salones en silencio
donde se ufana el espíritu ordenado
que se almacena a si mismo interminablemente.
Se resguarda con interminables líneas y celdillas
y un lenguaje de círculos ocultos.
Son molestos y sucios, pegajosos
de humo, rumor, polvo sin luz.

Nadie te nombra en títulos,
nadie abandona tu nombre.
Es como si hubiese viento y fuese bueno,
no lleva en sí la gloria ajena.
Cada uno te llama Aurelio.



Los demás te exigirán que crezcas,
que te hinches e inflames.
Que te surja una llama de la boca
y se abra paso el mundo tras tu paso
para el orgullo noble de tu madre.

No habrá nadie que venga a consolarte
cundo quede en tu piel la espina
de la duda y la melancolía.
Ni siquiera la gloria cura heridas.

Yo se. Lo he visto
como el afán de amar desmesuradamente
quiebra la espina de cualquier belleza.
La vida, si no es lenta, agobia y quema
hasta a la más ardiente de las fieras.
El fuego sabe como y cuando es la madera.

Los demás te exigirán que busques
el oro, el marfil, el plástico que cuesta
tu oscuro corazón ajeno.
Te amarán cuando grites y te alces
por encima de una piedra tallada.
Dirán que solo vale lo que vale,
y que eso te será suficiente.

No es cierto. Son mentiras
y perversas. Crecen fuera del imperio de los árboles.
Cuestan quizá, pero belleza.
Y esta duerme en la semilla fea,
en la espalda del perro despeinado,
bajo el diente sin fin de una birome
que roe y roe la carne pálida
para poner su propia sangre en la trinchera.

Ve y crece sobre el mundo.
Hazte de honor y nombre, date dones
que no eran tuyos y que no descubrieras.
Compra el asiento de los aventurados
para no ver ni el suelo ni las estrellas.
Honra el deseo fútil de la carne
sin piedad de ti mismo.
Que la muerte al buscarte te carcoma
la muralla de ambiciones ciegas
y te lleve apenas por rutina.

No vayas. Son mentiras
y malas. Simplemente malas
son las ambiciones que no te hagan noble
de sangre, sabio y viejo, protegido
y protector de todos los ratones.
Se que hay bondad ahí, donde te escondes.


martes, 25 de julio de 2017

No he de cubrirte hoy más de metáforas
porque no he estado viéndote alguna larga hora,
y es una espina pálida en la palma
que no he de retirar hasta que encuentre
otra vez tu rostro y corazón de lluvia.

Solo que estés a diestra de mi arrobo
me ha de sanear mi cuadro de costumbre,
y cuando gire yo como un planeta
sobre este vértice de tus encantos
no habrá dolor en mi encomiada tarde.

Ya no habrá espera, todo será eterno
en la promesa de lo que ha llegado.

Y luego te iras por tus caminos
que se enredan sin mi ambición en ellos.
Yo quedaré mordiendo un pan sin sangre
que me distraiga el hambre.


sábado, 22 de julio de 2017

No llores, Pancho, no llores. Van a volver
porque ya son las nueve
y ella vuelve cuando el sol se pone
y el viene detrás cuando es de noche.

Así no llores, Pancho, no llores.
Peores penas tienen otros perros
que quedan en cadenas atrapados
y se marchitan y se descomponen.

Tu voz de adolescente reclamando
no corresponde a tu falsa miseria.
Lagrimas de cocodrilo son aquellas
que lloran, por caprichos, falsas penas.

No llores, Pancho, no llores
media hora echado frente a la puerta.
No es esa una prisión ni una cadena,
ni ha sido menos dura tu condena.
Afuera de tu diente redimido otros esperan
su mala hora que venga.

Y cuando salgas a correr de nuevo
él te traerá tu ruidosa botella
y ella desde la puerta. Ambos te miran
como al hijo que quizá nunca tengan.

No llores, Pancho, no llores.
Te han puesto nombre, y posesiones.
Nadie toca tu collar de paseo
sin tus gruñidos. Nadie viene a mojarte
como este invierno que hay en la calle.

Es media hora de melancolía,
hasta que vuelvan él y ella.


Existe la tristeza como una sed de aguas extinguidas
desde fuentes cubiertas por escombros demacrados;
pero no ahoga nunca definitiva y fría.
Más pura que la muerte la tristeza construye
sus blancos muros pálidos, de plumas,
y vuela con el viento en las ciudades
como volara en brazos de los árboles
cuando no habíamos llegado a su presencia.

La tristeza nos toca cuando vemos dolor
en la piel de los seres que amábamos
y al no poder salvar sus espíritus puros
quedamos impotentes bajo el sol.
Cada uno de nosotros camina hacia el dolor,
y aquel que nos contempla se queda silencioso.
De alguna forma sabe lo que no puede hacerse.

Construye sus refugios en las piedras caídas,
y nosotros, los que nunca las vimos
en los días antiguos de la gloria perfecta,
vagamos en recuerdos levantando reliquias
con los dedos temblando y los ojos perplejos.
Solo el polvo recuerda lo que se ha olvidado.

Gobierna los espacios de la nostalgia bella,
nos exhibe las formas que dejamos atrás.
La tristeza es el tiempo en el que contemplamos
nuestra serenidad de no volvernos nunca
porque, sencillamente, no podremos.
La tristeza es el rostro del ángel del ángel del futuro.

Consuelo a la tristeza son los árboles nuevos,
los ojos de los gatos apagándose en sueños.
El rostro de las cosas que amábamos volviendo.

Algunas pocas hojas, tardías y cansadas,
pendiendo de los árboles
como flores muriendo sobre un rito;
y una voz, lejana, repitiendo
monótonos versículos de un canto irreversible.

La tristeza, rama de verde menta adormecida
crece en los húmedos rincones de la serenidad
llevando sus raicillas por nuestras decadencias
colonizando el aire de la paz.

No dura para siempre, la felicidad.
Una tarde se esfuma en el viento del norte
y abandona nuestros ojos al sol.
Más queda la tristeza, intermitente y fresca.
O seca, como el fruto del árbol en otoño.
En la tarde el sol se vuelve viento
con la tierra en el verano:
es esa la tristeza. Un perro sarnoso
una tarde que los hombres se duermen
y su obra se yergue solitaria
calentándose sola sus miserias ya propias.
Un instante de sol sobre la vieja chapa de los techos.
Puedo escuchar al viento royendo las paredes.

Ha de ser la tristeza una contemplación.


viernes, 21 de julio de 2017

Voy a perderte en la ciudad. Un día
no me devolverá tus ojos pálidos
para que pueda yo estar asombrado
de la belleza que aún nos queda en la tierra.

¿Cómo voy a encontrarte en la ciudad?
Ella toma tus ojos y vierte dentro
su aridez de metal y de cemento,
en el espasmo del dolor cotidiano
te dejó sus espinas sin encanto.
Y cuando duermas y cuando estés despierto
y cuando te hayas consumido y yerto
sobre la piedra estés junto a extraños
no podré rescatarte para mis días
que siempre han sido de los más fugaces.

Voy a perderte un día. Será el último
que no sabré cuando te despidas
y nada de mi fe pueda guardarte
como una rosa seca en un libro.
O un perfume en un frasco.

Extendida y hecha una sola la ciudad te tomará
para sí reservará tus hábitos y espacios.
Te llevará en sus dedos sin mirarte
utilizando tu voz junto a sus muros,
construirá sus futuros con tu cuerpo.
Te llenará los ojos de cansancios.
Te habrá muerto la sangre sin un verso.

Te apagará toda luminaria
porque es cruel y fría como un cuerno.
Avanzará en ti como una araña,
solo sabe de sed y de ceguera.

Ella no puede verte, cuando el árbol
te cobija en su sombra y una sombra mas
en mitad de la noche eres apenas.
Pero queda en el aire tu iluminada risa,
el aroma a cachorro y tierra húmeda,
la calabaza gris de tu tristeza.


martes, 18 de julio de 2017

Cuando vino la Noche, con sus largas pestañas,
y el Invierno florece, (o aun la Luna brilla
como un farol sin dudas),
tomo de mis rincones ceremonias.
Pongo sobre mis hombres un viejo abrigo verde
que conserva de sí solo secretos,
que murmura todavía Catulo y Aristóteles,
la voz de Sherlok Holmes y un gato muerto
que esta noche ha venido a refugiarse
porque afuera hace frío y la ciudad aburre tanto.
Mi viejo abrigo verde reaparece
cuando todos los árboles dormidos
se quiebran desde adentro de la tierra,
y yo he quedado solo de testigo
para pasearme en la sonrisa del Invierno
vigilante de cada galería como un monje en la brisa.
(O quizá una tortuga con ínfulas de tiempo
que hoy asomó las uñas en la tierra
y se encontró que el frío murmuraba en el viento.)
Mi viejo abrigo verde me lleva entre los árboles
y la ciudad que duerme anónima y furtiva
(como cualquiera de las penas ajenas),
no sospecha de nos y nos ahuyenta.
Llevo el bolsillo lleno de impaciencias,
y de resto. Las horas del hambre y de la vida
han pasado desfiles y se han dejado
papeles de caramelos, papeles del banco,
mis retorcidos anteojos. O nada.
Solo aire. Ni siquiera un anillo.
Ningún tesoro sacro que haya encerrado tiempos.
Solo este abrigo verde que murmura en sí mismo
como un poema oscuro sin estridencia y filos
sacudido en el aire adormecido debajo de la mesa.
De su puño el helecho del bosquecillo antiguo
sale con la multiplicación de los escarabajos
que llevan sobre su espalda el sol amanecido.
De su bolsillo basto se descarga el viento
de una Luna sin luz adormecida
que se mostrara contemplativa y sabia de los campos.
Y de su capucha un rostro que no es mío,
que me murmura quedo en el oído
sobre el sabor a verde de la tierra
que se ha cargado entre estos hilos,
de como cada mancha es un entierro
y cada esquina un minotauro muerto.
Así ataviado entro en las galerías del pasado
y los poetas y los sabios y los guerreros y los comerciantes
vienen a mí con su palabrería
más humanos y tercos que el presente
me llevan entre ellos pronunciando
las lenguas muertas que nadie más puede
en los jardines extintos o en los caminos desaparecidos.
Así vestido intemporal me entrevisto con los asesinos
que regresan a las horas donde cumplían sus ritos,
donde sus rostros se alzaban con sangre y abalorios despojados.
Y luego los poetas, inmorales, inmortales,
más denostados que una serpiente oscura
o amados como estatuas rígidas.
Cada oficio y ley, cada espacio humano
llega mí cuando mi abrigo verde me eleva entre los años del pasado
para ver como se levantaban tumbas y se encendían hogueras
junto al río, bajo la arboleda, o en el profundo corazón de las piedras
que el género humano habitaba y habita todavía.
Solo mi abrigo verde puede llevarme más allá del día
a donde duerme la sed del cocodrilo,
el rumiar brusco de los dromedarios,
el nacimiento agudo de los gatos.
Debo a mi abrigo verde tantas aventuras.


sábado, 15 de julio de 2017

Es el viento, que afuera se construye a sí mismo
y se esgrime y renueva  como una Luna perla.
Ha venido y me dice que no tarda la lluvia.
Lloverá tardíamente, una fina cortina
sobre este gesto brusco del cemento dormido.

Dentro del viento vas. Te perdono la ausencia
porque mostraste el ala que te hiriera la pena.
Quejumbroso hoy he estado, y más triste me quedo
pero no he de llorar cuando me duerma.
Esta ingenua pureza de tu mano extendida
no merece que el agua venga con amargura.

Es el viento, que espera se termine el camino
que te lleva consigo más allá de mi hora.
Y luego dejará que el invierno recupere su nido.

No he querido mostrarte que tu herida pregunta 
a mis calmosas horas letanías sin respuestas. 
Desvelado estaré cuando llegue la lluvia. 


martes, 27 de junio de 2017

El viejo Homero abrió la boca y de ella salieron
caballos en carrera, naves resquebrajadas,
toda una ciudad en llamas
se elevó tras la muralla blanca
en la colina de su lengua;
y huían los cordeleros, los labriegos, la madre
de cada muerto tragado por el río.
Habló durante eternidades inmedibles
encerrado en pergaminos y papeles
su piel se desmigó dentro del tiempo
y su mano se hundió en los trigales
para amanecer entre los vivos y los muertos.
Habló durante eternidades inmedibles
y fue escuchado en tierras extrañas y espíritus baldíos
donde se cultivó su hazaña legendaria
de ser ciego y haber visto Ilión ardiendo.
Más inmortal que un dios sobre la hierba
fue visto sobre el río de los hombres
coronado de hiedra se hizo viento
cuando su voz fue revivida en otras lenguas.
Por él Ilión aún sigue ardiendo,
por él cada mañana Hector se levanta,
por él se escucha el martillo de Hefestos bajo el Etna.
El humo de la guerra se levanta en las ciudades
como una lágrima negra en la mejilla de la tierra.
Y Homero habla de la sangre en río enfurecido
cuando hemos sucedido milenariamente,
cuando más a salvo nos creímos.


lunes, 26 de junio de 2017

Tomen la mano con que el viento siembra
el pacifismo místico de los claveles,
y en el acto insomne del que deja huellas
siembren todas las tierras con futuras flores.
Ya no el ideal de la belleza muerta
como lucrecias de cabellos dorados;
una flor de clavel entre las flores
que amaneciera insospechada y nueva.
Aprenderán de nuevo los deslices
por los que avanza el vegetal que vive
junto al dormido murmullo de las piedras.
Sucede entonces que reinterpretan
el pacifismo místico de los claveles.


miércoles, 21 de junio de 2017

El rey de las ranas quería volar,
y con hojas de mora conseguía planear.

En los altos del cielo volaba la garza
y al mirar abajo descubrió la farsa.

-¡Eh, tu! ¡Renacuajo! -gritó el ave blanca.
-¡Vuélvete a la tierra!¡Vuélvete a las aguas!
¡No es ley que pretendas lo que no te alcanza!

No dijo el batracio, en sudor y afán.
Un viento gentil lo tomó del barro
con una cabriola de buenaventura.

En la Luna vive el rey de las ranas.
Cada vez que llueve su pueblo lo canta.


miércoles, 14 de junio de 2017

"Te proclamo
camino."

Oda a la edad, (Pablo Neruda)

Yo te nombro esperanza renacida, 
laurel y olivo y retoño de alce, 
cachorro de la Luna, 
sucesor del sediento en los caminos. 
Yo te anuncio en la puerta de las ciudades
sin lamento y sin grito 
y sin afán ni desespero, 
porque nombro tu rostro 
escalera, farol, penumbra, cueva.
Calavera y destino. 
Más total y más nimio que una flor encinta. 

Cifro la eternidad en tu destino 
y te encomiendo el gesto, la palabra, los signos. 
Toda generación que venga a de ser buena
para la tierra si de tu sangre viene
sobre la faz ausente del invierno
o en la desolación de los calores.

Entonces no te pierdas en la tierra
porque ella dependerá de ti
y gritará tu nombre en sus caminos,
y empujará tu paso hacia sus vientres
para que salves y restituyas
lo eterno y lo fugaz de una semilla.

Yo te nombro farol en la penumbra,
escalera en los valles, cueva
como un grito abierto en la montaña.
Más total y más nimio que una flor encinta.
Protector de la paz donde florece
aún la tierra que cubre al armadillo.

Y si te pesa mucho la ambición ajena,
o si la humanidad ya no te escucha,
guarda dentro de un frasco a las hormigas,
siembra el arbitrario número de brotes
que del último clavel todavía broten.
Ha de pesar al viento más esta pérdida
que aquellas decepciones.


viernes, 9 de junio de 2017

Se corta el hilo por lo más delgado,
o se puede quemar por lo más grueso
donde aguarda paciente la certeza
de haber llegado a tiempo y sin debiendo.
Se corta el hilo y queda el brillo
de la hebra de oro que podía
surtir de maravilla la criatura,
el universo, el techo de una choza.
Allí ha quedado, en la palma inexorable,
el hilo seco de la antigua vida.
No volverá a llamar en aire oscuro,
no volverá a presentir el corazón del río.
Ya solo gas y átomo histérico
sobre la muela de la piedra vieja.


viernes, 2 de junio de 2017

Toma tu corazón sin alimento
y ocúltalo en el borde de la tierra
donde no pueda nadie hallar tu huella
descubriendo tu sed y tu miseria.

Toma tu uña ufana de avaricia
para arrojarla en un volcán ardido
y no perdure nadie de tu especie,
y no se oculte el sol bajo tu eclipse.

Absuélvelos, justicia para otros,
de estar bordeando la dicha a convertirla
en penuria y esfuerzo magro en fruto
o en estadía sin ventura. Líbranos
de contemplar tu ingenio derramando
su ponzoña en la tierra.

No inventes la tortura ni la cumplas,
y llévate tu paso hasta el olvido.
Que ni la sombra soporte tu quebranto,
y hasta el olvido te ahuyente con espanto.

Que te olvide tu madre, tus hermanos,
te desconozcan los hijos de la tierra.
Aun los más bondadosos te desprecien,
sin temor y sin llanto, sin miseria.

Ni tan siquiera el Diablo pueda verte
al rostro sin caerse de vergüenza.


Más bendito que el pan y que los árboles
sea quien levanta su mano sobre el mar
para darle su tierra a las naciones
que a la deriva van.
Más bendito que el pan y que los árboles
pues si así cuida al hombre cuidará
la savia de la rama y la promesa
que ha dormido en el pan.
Y si rescata al hombre y a su hijo
y les rescata el libro y el cachorro
para reunirlos en un campo distinto
aun olvidado su nombre pertenece
a la raza de justos que han venido
con su voz y paciencia a levantar
entre todas las obras la más noble:
aquella que se erige con la paz.


Si, yo conozco a Dios.
Es aburrido.
O, ¡No! No es aburrido.
Él quiso cosas,
que luego no ha podido
o que ya nadie quiso.

Dios levantó las alas
de colibríes y murciélagos,
y en el jardín primero puso chanchos
a hozar en las raíces de la tierra
para que las bellotas despertasen.
Así en la eternidad hizo su obra
y luego se sentó entre las estrellas
más cándido e iluso que una vieja
que amable floreciera entre las piedras.

Se cumplió el tiempo del hongo y la libélula,
la araña elaboró sus hebras,
el hombre y la hormiga crearon el trabajo,
y cada tigre tuvo primaveras.

Dios miraba el sol entre sus dedos.
Velaba por la fe en la maraña
donde él caminó primero.

Entonces sucedió
aquella cosa
que ya no tiene nombre de tan vieja,
que nadie sabe cómo sucediera.
La esquina que torció la telaraña,
en dónde el hambre abandonó la huella.

Dios hace tiempo que se ha buscado extremos
para no oír la voz de su conciencia
que llama en la penumbra de la pena.
Reino del hombre que no ha podido huírse,
hasta el caballo se agobió las crines.

Y aunque pueda pasear entre las sombras
cuando se han ido todos a una siesta,
no es el mismo jardín que él esperaba
cuando inventó los barros y la quena.

Este espejo de sal le ha carcomido el ánimo,
se le antoja una rabia su destino.


martes, 30 de mayo de 2017

En defensa
debo decir:
sucede siempre que es necesaria
y todas las ciudades son más bellas
cuando ha caído la cortina aquella.

¿Que espacio no le pertenece?
Si en cada esquina puede hallar un sitio
o en un balcón saluda a la avenida
o sobre un árbol ha inventado el fruto.
Ella toma de sí la tristeza
y la convierte en gotas,
o recubre de húmedas reliquias
accidentes austeros de la tierra.
Toda la belleza se aposentó en su brillo.

Quien la niega hoy mañana espera
cuando deje de estar y se nos duerma
sobre el humor del barro encandilado.
Y en el farol la procesión de sapos
traga entusiasmo de saberla cerca.
Todos los seres han venido a verla,
de la rana a la cebra, con la lengua seca.

¿No es acaso su furia la más bella?
Al desarmar los ranchos de los pobres
de conmover el barro y la madera,
y el cartón y la chapa desconchada
que el hombre ha reservado para el hombre;
pero su furia observa y se conmueve
y se levanta del sol y de la tierra
para romperse en la cadena humana,
para darle su luz a la misera.
Viene a lavar la sangre en la penuria,
el amor en el polvo, la voz en el silencio.
Viene de tiempo y luz con sus saberes
arrastrando la sal de las hogueras.

Y sus sacerdotisas que la llaman,
monótonas y ciertas son las ranas
reclamando que venga hacia la tierra
Ella, la más antigua de todas las bendiciones.

Por que ha sido ella
la que llevó la sangre de la cruz a los peces,
o en la puerta preguntó por nombres
de exiliados moribundos o mártires.
Después que ardiera el hombre, el tiempo, el templo,
ella vino del mar y se llevó la hoguera
de nuevo a la miseria del silencio.
Estuvo sobre la faz del indio
que había perdido todos los senderos.
Y está cuando la miro. Todavía
estará cuando todos se hayan ido
a otro océano o planeta, a otro cielo.

¿No es acaso su furia la más bella?
Aun puede conmovernos y tememos
el rugido de fuerzas imperiales
que en su voz perduran.
De ella sabemos todo y nos asusta
que no suceda a capricho nuestro,
y la frenamos y le imponemos
que rebalsa en su herida nuestro empeño.
No pertenece a mi, ni a ti, ni a ellos,
porque no cifra su ser en un puñado.
Lleva en la mano el trueno
y en la boca un grito silenciado.


miércoles, 24 de mayo de 2017

*Diccionario arbitrario.

"Mano: Alcáncenme esa escultura, por favor... 

En la gracia de ese cuello hay siglos de arte.

Alberto Franco: No es una escultura... Es una cafetera...

Mano: Ignoro lo que es eso... 

Posiblemente un implemento de uso doméstico... 

¿Se dan cuenta los hombres de todas las maravillas que los rodean? 

¿Tienen idea de cuántos mundos habitados hay en el Universo, 

y de cuán pocos han florecido en objetos como éste?"

El Eternauta
 (Francisco Solano López, Héctor Germán Oesterheld. 1957-1959)


Alguien inventó la soda un día que, riendo,
se cayó de espaldas en el agua
y esta se llenó de sonrisas.

*

¿Porqué han dado a la Victoria coronas de laureles?
Si el verde perejil, el de ramitos que nunca pareciera florecido,
él huele a la mañana renacida y el afán de la hormiga.

*

Imaginad desiertos cuyas dunas de azúcar
se alumbren una noche en el mes con la Luna
recortada lívida y calmosa al interior de los melones.

*

Es el aburrimiento una piedra sin brillo,
mas cubierta de polvo que el camino.
Pero florece y duerme, o amanece despierta.
Pero sucede y viven criaturas sobre ella.

*

La fealdad ha venido a posarse en la carne
o en la sangre y el aire. Florece sin misterio
Y sin melancolías. Nunca se sabe bella
y no ambiciona serlo.

*

Así la estupidez como el encanto,
así el asesinato como el parto,
suceden inclusive en el cuerpo de los santos.
Nadie está exento de vivir amado o de morir odiando.

*

Corazón de metal, rostro de agua,
voz de obrero olvidado, paso de lagartija
que cuando la mirada se detiene en tu cuerpo
has avanzado extremos insospechados.

*

Se ha dormido en el fondo del abismo,
más solemne o más calmo que un corazón ardido.
Se ha dormido y el río de la existencia tiñe
con su sangre las aguas dulcísimas del milagro escondido.
Partido como un reo fusilado, exánime y sensual;
entre todas las ninfas, la morena oriental de la tacita.

*


martes, 16 de mayo de 2017

Llegará el día que Dios vuelva de tarde
y reclame los árboles.

Se verá su señal al horizonte
como una muesca en la cara del cielo
o un cometa que vuelve cuando nadie esperaba
ni quería.

Volverá y dirá nombres que ya no se recuerdan,
o pedirá por sitios que hemos olvidado.
Será como quien vuelve al pasado que falta
y no es el mismo tiempo ni la sangre esperaba
la melancolía que llega con preguntas.

Por que afirmo que Dios vendrá de tarde,
cuando ya han sucedido
todas las cosas que uno esperaba,
por el camino izquierdo donde la luz se duerme
con una larga vara para hurgar las rendijas
y averiguar el número de víboras dormidas.

Por el camino izquierdo, aquel que sale de la tierra
y lleva entre los árboles a la caza del puma.
Aquel camino siempre se pierde entre la sombra,
se expande con el polvo sin vera ni una clara huella
y perdura cuando los edificios esfumados,
cuando el suelo recupera paz y altura.

Ese camino, izquierdo porque lleva a la tierra,
reconquista la luz después de la pereza
y la agrestura aguda que demuestra las vidas.
Ese camino hecho de guijarros y polvo
lleva hasta la ciudad o a la montaña,
se termina en el mar o en la pradera.

No lo ha inventado el tiempo, no pertenece al hombre.
Ocurre en la creación cuando el dios necesita
que la tierra le muestre el número de tortugas.
Y Dios vendrá contando con la lengua del viento
veinticinco quebrachos, una algarroba madura,
faltan siete tortugas y una playa de arena.
Junto al cerro he marcado la cruz de una paloma.

Porque Dios cuando vuelva revivirá su sueño
del olivo y el cardo en cada extremo.

Y si Dios no encontrara las suficientes hienas
o si faltase acaso una hormiga o un cuerno,
de toda la creación solo los hombres
se sentirán culpables
de oír llorar a un viejo.