martes, 18 de julio de 2017

Cuando vino la Noche, con sus largas pestañas,
y el Invierno florece, (o aun la Luna brilla
como un farol sin dudas),
tomo de mis rincones ceremonias.
Pongo sobre mis hombres un viejo abrigo verde
que conserva de sí solo secretos,
que murmura todavía Catulo y Aristóteles,
la voz de Sherlok Holmes y un gato muerto
que esta noche ha venido a refugiarse
porque afuera hace frío y la ciudad aburre tanto.
Mi viejo abrigo verde reaparece
cuando todos los árboles dormidos
se quiebran desde adentro de la tierra,
y yo he quedado solo de testigo
para pasearme en la sonrisa del Invierno
vigilante de cada galería como un monje en la brisa.
(O quizá una tortuga con ínfulas de tiempo
que hoy asomó las uñas en la tierra
y se encontró que el frío murmuraba en el viento.)
Mi viejo abrigo verde me lleva entre los árboles
y la ciudad que duerme anónima y furtiva
(como cualquiera de las penas ajenas),
no sospecha de nos y nos ahuyenta.
Llevo el bolsillo lleno de impaciencias,
y de resto. Las horas del hambre y de la vida
han pasado desfiles y se han dejado
papeles de caramelos, papeles del banco,
mis retorcidos anteojos. O nada.
Solo aire. Ni siquiera un anillo.
Ningún tesoro sacro que haya encerrado tiempos.
Solo este abrigo verde que murmura en sí mismo
como un poema oscuro sin estridencia y filos
sacudido en el aire adormecido debajo de la mesa.
De su puño el helecho del bosquecillo antiguo
sale con la multiplicación de los escarabajos
que llevan sobre su espalda el sol amanecido.
De su bolsillo basto se descarga el viento
de una Luna sin luz adormecida
que se mostrara contemplativa y sabia de los campos.
Y de su capucha un rostro que no es mío,
que me murmura quedo en el oído
sobre el sabor a verde de la tierra
que se ha cargado entre estos hilos,
de como cada mancha es un entierro
y cada esquina un minotauro muerto.
Así ataviado entro en las galerías del pasado
y los poetas y los sabios y los guerreros y los comerciantes
vienen a mí con su palabrería
más humanos y tercos que el presente
me llevan entre ellos pronunciando
las lenguas muertas que nadie más puede
en los jardines extintos o en los caminos desaparecidos.
Así vestido intemporal me entrevisto con los asesinos
que regresan a las horas donde cumplían sus ritos,
donde sus rostros se alzaban con sangre y abalorios despojados.
Y luego los poetas, inmorales, inmortales,
más denostados que una serpiente oscura
o amados como estatuas rígidas.
Cada oficio y ley, cada espacio humano
llega mí cuando mi abrigo verde me eleva entre los años del pasado
para ver como se levantaban tumbas y se encendían hogueras
junto al río, bajo la arboleda, o en el profundo corazón de las piedras
que el género humano habitaba y habita todavía.
Solo mi abrigo verde puede llevarme más allá del día
a donde duerme la sed del cocodrilo,
el rumiar brusco de los dromedarios,
el nacimiento agudo de los gatos.
Debo a mi abrigo verde tantas aventuras.


sábado, 15 de julio de 2017

Es el viento, que afuera se construye a sí mismo
y se esgrime y renueva  como una Luna perla.
Ha venido y me dice que no tarda la lluvia.
Lloverá tardíamente, una fina cortina
sobre este gesto brusco del cemento dormido.

Dentro del viento vas. Te perdono la ausencia
porque mostraste el ala que te hiriera la pena.
Quejumbroso hoy he estado, y más triste me quedo
pero no he de llorar cuando me duerma.
Esta ingenua pureza de tu mano extendida
no merece que el agua venga con amargura.

Es el viento, que espera se termine el camino
que te lleva consigo más allá de mi hora.
Y luego dejará que el invierno recupere su nido.

No he querido mostrarte que tu herida pregunta 
a mis calmosas horas letanías sin respuestas. 
Desvelado estaré cuando llegue la lluvia. 


martes, 27 de junio de 2017

El viejo Homero abrió la boca y de ella salieron
caballos en carrera, naves resquebrajadas,
toda una ciudad en llamas
se elevó tras la muralla blanca
en la colina de su lengua;
y huían los cordeleros, los labriegos, la madre
de cada muerto tragado por el río.
Habló durante eternidades inmedibles
encerrado en pergaminos y papeles
su piel se desmigó dentro del tiempo
y su mano se hundió en los trigales
para amanecer entre los vivos y los muertos.
Habló durante eternidades inmedibles
y fue escuchado en tierras extrañas y espíritus baldíos
donde se cultivó su hazaña legendaria
de ser ciego y haber visto Ilión ardiendo.
Más inmortal que un dios sobre la hierba
fue visto sobre el río de los hombres
coronado de hiedra se hizo viento
cuando su voz fue revivida en otras lenguas.
Por él Ilión aún sigue ardiendo,
por él cada mañana Hector se levanta,
por él se escucha el martillo de Hefestos bajo el Etna.
El humo de la guerra se levanta en las ciudades
como una lágrima negra en la mejilla de la tierra.
Y Homero habla de la sangre en río enfurecido
cuando hemos sucedido milenariamente,
cuando más a salvo nos creímos.


lunes, 26 de junio de 2017

Tomen la mano con que el viento siembra
el pacifismo místico de los claveles,
y en el acto insomne del que deja huellas
siembren todas las tierras con futuras flores.
Ya no el ideal de la belleza muerta
como lucrecias de cabellos dorados;
una flor de clavel entre las flores
que amaneciera insospechada y nueva.
Aprenderán de nuevo los deslices
por los que avanza el vegetal que vive
junto al dormido murmullo de las piedras.
Sucede entonces que reinterpretan
el pacifismo místico de los claveles.


miércoles, 21 de junio de 2017

El rey de las ranas quería volar,
y con hojas de mora conseguía planear.

En los altos del cielo volaba la garza
y al mirar abajo descubrió la farsa.

-¡Eh, tu! ¡Renacuajo! -gritó el ave blanca.
-¡Vuélvete a la tierra!¡Vuélvete a las aguas!
¡No es ley que pretendas lo que no te alcanza!

No dijo el batracio, en sudor y afán.
Un viento gentil lo tomó del barro
con una cabriola de buenaventura.

En la Luna vive el rey de las ranas.
Cada vez que llueve su pueblo lo canta.


miércoles, 14 de junio de 2017

"Te proclamo
camino
(...)"

Oda a la edad (Pablo Neruda)

Yo te nombro esperanza renacida, 
laurel y olivo y retoño de alce, 
cachorro de la Luna, 
sucesor del sediento en los caminos. 
Yo te anuncio en la puerta de las ciudades
sin lamento y sin grito 
y sin afán ni desespero, 
porque nombro tu rostro 
escalera, farol, penumbra, cueva.
Calavera y destino. 
Más total y más nimio que una flor encinta. 

Cifro la eternidad en tu destino 
y te encomiendo el gesto, la palabra, los signos. 
Toda generación que venga a de ser buena
para la tierra si de tu sangre viene
sobre la faz ausente del invierno
o en la desolación de los calores.

Entonces no te pierdas en la tierra
porque ella dependerá de ti
y gritará tu nombre en sus caminos,
y empujará tu paso hacia sus vientres
para que salves y restituyas
lo eterno y lo fugaz de una semilla.

Yo te nombro farol en la penumbra,
escalera en los valles, cueva
como un grito abierto en la montaña.
Más total y más nimio que una flor encinta.
Protector de la paz donde florece
aún la tierra que cubre al armadillo.

Y si te pesa mucho la ambición ajena,
o si la humanidad ya no te escucha,
guarda dentro de un frasco a las hormigas,
siembra el arbitrario número de brotes
que del último clavel todavía broten.
Ha de pesar al viento más esta pérdida
que aquellas decepciones.


viernes, 9 de junio de 2017

Se corta el hilo por lo más delgado,
o se puede quemar por lo más grueso
donde aguarda paciente la certeza
de haber llegado a tiempo y sin debiendo.
Se corta el hilo y queda el brillo
de la hebra de oro que podía
surtir de maravilla la criatura,
el universo, el techo de una choza.
Allí ha quedado, en la palma inexorable,
el hilo seco de la antigua vida.
No volverá a llamar en aire oscuro,
no volverá a presentir el corazón del río.
Ya solo gas y átomo histérico
sobre la muela de la piedra vieja.


viernes, 2 de junio de 2017

Toma tu corazón sin alimento
y ocúltalo en el borde de la tierra
donde no pueda nadie hallar tu huella
descubriendo tu sed y tu miseria.

Toma tu uña ufana de avaricia
para arrojarla en un volcán ardido
y no perdure nadie de tu especie,
y no se oculte el sol bajo tu eclipse.

Absuélvelos, justicia para otros,
de estar bordeando la dicha a convertirla
en penuria y esfuerzo magro en fruto
o en estadía sin ventura. Líbranos
de contemplar tu ingenio derramando
su ponzoña en la tierra.

No inventes la tortura ni la cumplas,
y llévate tu paso hasta el olvido.
Que ni la sombra soporte tu quebranto,
y hasta el olvido te ahuyente con espanto.

Que te olvide tu madre, tus hermanos,
te desconozcan los hijos de la tierra.
Aun los más bondadosos te desprecien,
sin temor y sin llanto, sin miseria.

Ni tan siquiera el Diablo pueda verte
al rostro sin caerse de vergüenza.


Más bendito que el pan y que los árboles
sea quien levanta su mano sobre el mar
para darle su tierra a las naciones
que a la deriva van.
Más bendito que el pan y que los árboles
pues si así cuida al hombre cuidará
la savia de la rama y la promesa
que ha dormido en el pan.
Y si rescata al hombre y a su hijo
y les rescata el libro y el cachorro
para reunirlos en un campo distinto
aun olvidado su nombre pertenece
a la raza de justos que han venido
con su voz y paciencia a levantar
entre todas las obras la más noble:
aquella que se erige con la paz.


Si, yo conozco a Dios.
Es aburrido.
O, ¡No! No es aburrido.
Él quiso cosas,
que luego no ha podido
o que ya nadie quiso.

Dios levantó las alas
de colibríes y murciélagos,
y en el jardín primero puso chanchos
a hozar en las raíces de la tierra
para que las bellotas despertasen.
Así en la eternidad hizo su obra
y luego se sentó entre las estrellas
más cándido e iluso que una vieja
que amable floreciera entre las piedras.

Se cumplió el tiempo del hongo y la libélula,
la araña elaboró sus hebras,
el hombre y la hormiga crearon el trabajo,
y cada tigre tuvo primaveras.

Dios miraba el sol entre sus dedos.
Velaba por la fe en la maraña
donde él caminó primero.

Entonces sucedió
aquella cosa
que ya no tiene nombre de tan vieja,
que nadie sabe cómo sucediera.
La esquina que torció la telaraña,
en dónde el hambre abandonó la huella.

Dios hace tiempo que se ha buscado extremos
para no oír la voz de su conciencia
que llama en la penumbra de la pena.
Reino del hombre que no ha podido huírse,
hasta el caballo se agobió las crines.

Y aunque pueda pasear entre las sombras
cuando se han ido todos a una siesta,
no es el mismo jardín que él esperaba
cuando inventó los barros y la quena.

Este espejo de sal le ha carcomido el ánimo,
se le antoja una rabia su destino.


martes, 30 de mayo de 2017

En defensa
debo decir:
sucede siempre que es necesaria
y todas las ciudades son más bellas
cuando ha caído la cortina aquella.

¿Que espacio no le pertenece?
Si en cada esquina puede hallar un sitio
o en un balcón saluda a la avenida
o sobre un árbol ha inventado el fruto.
Ella toma de sí la tristeza
y la convierte en gotas,
o recubre de húmedas reliquias
accidentes austeros de la tierra.
Toda la belleza se aposentó en su brillo.

Quien la niega hoy mañana espera
cuando deje de estar y se nos duerma
sobre el humor del barro encandilado.
Y en el farol la procesión de sapos
traga entusiasmo de saberla cerca.
Todos los seres han venido a verla,
de la rana a la cebra, con la lengua seca.

¿No es acaso su furia la más bella?
Al desarmar los ranchos de los pobres
de conmover el barro y la madera,
y el cartón y la chapa desconchada
que el hombre ha reservado para el hombre;
pero su furia observa y se conmueve
y se levanta del sol y de la tierra
para romperse en la cadena humana,
para darle su luz a la misera.
Viene a lavar la sangre en la penuria,
el amor en el polvo, la voz en el silencio.
Viene de tiempo y luz con sus saberes
arrastrando la sal de las hogueras.

Y sus sacerdotisas que la llaman,
monótonas y ciertas son las ranas
reclamando que venga hacia la tierra
Ella, la más antigua de todas las bendiciones.

Por que ha sido ella
la que llevó la sangre de la cruz a los peces,
o en la puerta preguntó por nombres
de exiliados moribundos o mártires.
Después que ardiera el hombre, el tiempo, el templo,
ella vino del mar y se llevó la hoguera
de nuevo a la miseria del silencio.
Estuvo sobre la faz del indio
que había perdido todos los senderos.
Y está cuando la miro. Todavía
estará cuando todos se hayan ido
a otro océano o planeta, a otro cielo.

¿No es acaso su furia la más bella?
Aun puede conmovernos y tememos
el rugido de fuerzas imperiales
que en su voz perduran.
De ella sabemos todo y nos asusta
que no suceda a capricho nuestro,
y la frenamos y le imponemos
que rebalsa en su herida nuestro empeño.
No pertenece a mi, ni a ti, ni a ellos,
porque no cifra su ser en un puñado.
Lleva en la mano el trueno
y en la boca un grito silenciado.


miércoles, 24 de mayo de 2017

*Diccionario arbitrario.

"Mano: Alcáncenme esa escultura, por favor... 

En la gracia de ese cuello hay siglos de arte.

Alberto Franco: No es una escultura... Es una cafetera...

Mano: Ignoro lo que es eso... 

Posiblemente un implemento de uso doméstico... 

¿Se dan cuenta los hombres de todas las maravillas que los rodean? 

¿Tienen idea de cuántos mundos habitados hay en el Universo, 
y de cuán pocos han florecido en objetos como éste?"

El Eternauta
 (Francisco Solano López, Héctor Germán Oesterheld. 1957-1959)


Alguien inventó la soda un día que, riendo,
se cayó de espaldas en el agua
y esta se llenó de sonrisas.

*

¿Porqué han dado a la Victoria coronas de laureles?
Si el verde perejil, el de ramitos que nunca pareciera florecido,
él huele a la mañana renacida y el afán de la hormiga.

*

Imaginad desiertos cuyas dunas de azúcar
se alumbren una noche en el mes con la Luna
recortada lívida y calmosa al interior de los melones.

*

Es el aburrimiento una piedra sin brillo,
mas cubierta de polvo que el camino.
Pero florece y duerme, o amanece despierta.
Pero sucede y viven criaturas sobre ella.

*

La fealdad ha venido a posarse en la carne
o en la sangre y el aire. Florece sin misterio
Y sin melancolías. Nunca se sabe bella
y no ambiciona serlo.

*

Así la estupidez como el encanto,
así el asesinato como el parto,
suceden inclusive en el cuerpo de los santos.
Nadie está exento de vivir amado o de morir odiando.

*

Corazón de metal, rostro de agua,
voz de obrero olvidado, paso de lagartija
que cuando la mirada se detiene en tu cuerpo
has avanzado extremos insospechados.

*

Se ha dormido en el fondo del abismo,
más solemne o más calmo que un corazón ardido.
Se ha dormido y el río de la existencia tiñe
con su sangre las aguas dulcísimas del milagro escondido.
Partido como un reo fusilado, exánime y sensual;
entre todas las ninfas, la morena oriental de la tacita.

*


martes, 16 de mayo de 2017

Llegará el día que Dios vuelva de tarde
y reclame los árboles.

Se verá su señal al horizonte
como una muesca en la cara del cielo
o un cometa que vuelve cuando nadie esperaba
ni quería.

Volverá y dirá nombres que ya no se recuerdan,
o pedirá por sitios que hemos olvidado.
Será como quien vuelve al pasado que falta
y no es el mismo tiempo ni la sangre esperaba
la melancolía que llega con preguntas.

Por que afirmo que Dios vendrá de tarde,
cuando ya han sucedido
todas las cosas que uno esperaba,
por el camino izquierdo donde la luz se duerme
con una larga vara para hurgar las rendijas
y averiguar el número de víboras dormidas.

Por el camino izquierdo, aquel que sale de la tierra
y lleva entre los árboles a la caza del puma.
Aquel camino siempre se pierde entre la sombra,
se expande con el polvo sin vera ni una clara huella
y perdura cuando los edificios esfumados,
cuando el suelo recupera paz y altura.

Ese camino, izquierdo porque lleva a la tierra,
reconquista la luz después de la pereza
y la agrestura aguda que demuestra las vidas.
Ese camino hecho de guijarros y polvo
lleva hasta la ciudad o a la montaña,
se termina en el mar o en la pradera.

No lo ha inventado el tiempo, no pertenece al hombre.
Ocurre en la creación cuando el dios necesita
que la tierra le muestre el número de tortugas.
Y Dios vendrá contando con la lengua del viento
veinticinco quebrachos, una algarroba madura,
faltan siete tortugas y una playa de arena.
Junto al cerro he marcado la cruz de una paloma.

Porque Dios cuando vuelva revivirá su sueño
del olivo y el cardo en cada extremo.

Y si Dios no encontrara las suficientes hienas
o si faltase acaso una hormiga o un cuerno,
de toda la creación solo los hombres
se sentirán culpables
de oír llorar a un viejo.


lunes, 15 de mayo de 2017

Te quiero como quiero al agua cuando llueve:
por ambición y por melancolía.
Por afición a la búsqueda en un libro
de alguna frase que nos gusta mucho,
o entre las ramas encontrar un nido
que los pichones ya están abandonando.


Imaginad un día que en un planeta azul
una hormiga levanta las antenas del mundo
y al contemplar la luna, descubre los conejos.
Un conejo pálido con un tazón de plata
donde acuna las blancas semillas de los tiempos.
Entonces la hormiga rasguña una corteza:
un círculo, la línea del lomo de una araña
y tres vidas después las hormigas cantan
la historia del conejo que vive en la Luna.
Y seis vidas después las hormigas erigen
de barro el pedestal y de semilla el ídolo
como un conejo pálido que revuelve los días.
Nueve vidas, un templo; doce vidas, el miedo;
quince vidas, los viajes; dieciocho los tiempos;
veinte y una las estrellas guías;
veinte y cuatro los extremos del agua;
veinte y siete las edades sabidas;
treinta cielos en el cielo continuo.
Las hormigas en fila ya cantaban.


lunes, 1 de mayo de 2017

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor."

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. (Miguel de Cervantes Saavedra, 1605)

"Alonso Quijano murió, pero don Quijote continúa vivo; ahora mismo está en algún lugar, disfrazado de hombre de nuestro siglo, confundiendo tal vez el reflejo de un tubo de neón con el plateado resplandor de un prodigioso cometa... Si le encontráis, por favor, no os burléis de él..."


Cervantes en Yucatán. (Carlos Bojórquez Urzaiz, 1992)

Resistencia, 20 de abril de 2017, 21 hs.

Llueve en Plaza España. Digamos 
que son las nueve de la noche 
y Plaza España es campo abandonado. 
Se fueron los obreros, hoy la lluvia 
se ha quedado dormida sobre el roto 
espectro de este patio viejo. 

Allí he visto a Quijote, con lona negra
de capote junto a la antiquísima barbilla, 
de peregrino entre la llovizna 
llegar hasta el umbral. 
San Francisco Javier cantaba adentro 
y el campanario velaba por el rezo. 
*
Cuatro siglos que vengo, son los años 
que hoy se han puesto tan lóbregos 
y al raso llueve cual si quisiera Dios tocarnos 
para encontrar la fe de peregrino. 
Hasta tu puerta llego, apóstol 
yo también de las Indias y el quebranto. 
Vengo de un tiempo que se ha perdido 
detrás, entre la espalda esta y aquel orbe.

Yo vengo de la España anochecida, 
cuando no éramos ya ni todavía 
el gran imperio que nunca habíamos sido.
Mira si no sabré de los quebrantos 
y de la lluvia que me apenó el camino. 
*
Me fui. Era de tarde noche y hacía frío 
adonde el aire se transformaba en agua, 
como la risa de un pez o colibríes 
que al sacudir las alas se fundiesen 
en el rumor que escapa de la bruma

Si toda la ciudad se había dormido,
o toda la ciudad miraba lejos, 
por Plaza España iba el hidalgo, 
amén de la penumbra y la ternura 
con que al pasar lo viera la locura.

Embajador de alguna edad extinta 
pero reverdecida en la certeza
del peregrino gris que nunca llega 
y de continuo parte hacia la guerra. 
Embajador de luz y de tristezas. 


martes, 25 de abril de 2017

El olor de la pared y el techo derruidos
de donde sale, como una mano lánguida
o una respiración de esporas emanando
de la madera y el metal cuando la lluvia.
Y da miedo, quizá por denotar la muerte
sin un rayo del cielo a la cabeza
ni una cuchilla o una garra fiera
y se presenta un día pero estaba
desde tantos días anteriores
que nadie se dio cuenta.
¿Cuando creció la hiedra sobre el muro?
¿Alguién ha calculado el tiempo de los mohos?
Quien espera la muerte repentina
muere por la paciencia de los hongos.
Así en la madera y las hormigas,
así en la ancianidad del individuo.


Ser jóvenes y correr en lluvia,
murmurar quedo dentro de una iglesia,
comer y dar mitad de la naranja,
equivocar el paso en media calle,
o quejarse del viento y de la tarde
para estar tristes de noche con recuerdo
de la tarde perdida.
Que caiga un mango y ruede
a la boca común de la penumbra,
tocar el caracol cuando ya ha muerto,
hurgar en hígado donde generoso
el cuerpo guarda leña para el fuego.
No se termina el aire ni los huesos.
No todavía ni hoy ni cuando el alba
venga de oriente levantando el cielo
que se durmiera sobre nuestro sueño.

(Y todo esto me despertó la lluvia
que la encontré absoluta en la avenida.
A dónde iba el buey de la ciudad
no lo sé ni lo supe ni sabía,
porque cruzó quizá por frente mío
pero yo solo tenía lluvia y alegría
de ver llover, de ver llover. Llovía
encantadora, magistral, iluminada,
extraordinariamente sobre y bajo el agua.
Anocheció lloviendo o solamente
ha sido toda noche el día.)

Son cosas que suceden con la vida
y que solo terminan con la muerte.


(Ahí vuelve a llover. Ya puede oírse
que lloverá toda la noche.)

viernes, 21 de abril de 2017

Hablemos. Se puede hablar de cualquier cosa.
Yo escucho. Sentado en la penumbra
puedo escucharlo todo. Siempre escucho
el rasguido de los gatos en el vientre de la madre,
el universo carmesí dentro de la sandía cuando ensancha
y arrastra tras de sí la verde procesión del tallo.
El mundo es un sonido perpétuo. Yo escucho
de noche, ya en el borde del sueño, las esferas.
O un grillo que se durmió sobre sus hilos.


martes, 18 de abril de 2017

Pareciera que a veces ha quedado dormido, 
que la muerte ha venido y se apoyó en sus ojos 
porque inmóvil, más ido que un reloj en la noche, 
solo su sueño sabe lo que en él acontece. 

Desde afuera es un bosque en mitad de la lluvia, 
una semilla seca prisionera en un frasco de vidrio.
O quizá una medusa que aún late sobre arena. 
No se llega a su vientre, al caracol ausente, 
si al contemplar dormida esta criatura sola 
quedamos para siempre afuera de su ser. 

lunes, 17 de abril de 2017

Dios creó los ángeles con alas y luces,
y ellos se arrodillaron.
Gritaban "santo, santo, santo, santo."

Dios creó los árboles
y ellos se durmieron seis meses,
luego despertaron seis meses.
Florecían, ensancharon sus troncos,
lo ignoraron cuando tocó sus ramas.

Los árboles amaban a toda la creación.
Se extendieron sobre la tierra y sobre el agua.
Dieron oscuridad a las hormigas,
humedad al fuego, nueces a las ardillas.

Incluso sostuvieron su sombra en los caminos
por donde los ángeles iban en procesión
buscando los santuarios
para arrodillarse y gemir en éxtasis:
"Santo, santo, santo, santo."

Y Dios amó a los árboles
más que a los ángeles,
porque vió que los árboles amaban a toda la creación
pero los ángeles solo amaban a la luz.


sábado, 15 de abril de 2017

Imagina un fantasma que se cruce la calle
con los puños violetas un martes por la tarde
cuando el sol es un gordo bajá de las alturas.

Salga desde el cemento de un almacén,
y dos autos se estrellen en la orilla,
una señora se espante al descubrirlo
y alguien haga un video tambaleante.

Salga del almacén, por que es más viejo
que los demás edificios de la calle,
con una gabardina puntillosa derruida,
guantes de cabritilla ceñidos en el puño,
y una mancha sin luz junto a la nuca.


lunes, 10 de abril de 2017

Estaba hablando con la monotonía del ventilador
que esta tarde se parece mucho a un bancario en alguna oficina,
y más allá alguien hablaba y más allá alguien más estaba.
Estaba yo dormido en la rutina que contagia el papel,
que alcé la vista para estos anteojos que no alcanzan
y vi como la amabilidad grisácea previa a la lluvia
había venido a posarse en la piel de tus brazos.


Yo he tenido el amor entre los brazos,
pero no era el amor;
y he roído sus mieles una a una,
pero las encontré vacías.
Y una noche, que había llovido y todo
estaba húmedo y frío,
me fui por la vereda opuesta
porque el amor se cayó por la escalera.
Y yo, que no sabía preparar funerales,
le dí una caja llena de recuentos,
me quedé con un libro casi de salvamento.
Ese invierno dormí feliz y solo;
en un rincón mi estufa canturreaba
sobre el dolor de la paciencia ardida.
Uno no ha sido víctima o victimario;
se piensa solamente que de heridas
sabemos recordar lo necesario.
Quizá no fabricamos el cuchillo,
pero al usarlo nos cortó la mano.


¿Era el amor aquello? No creo que fuera
más que la sensación del entusiasmo
de quien alcanza lo que no alcanzaba
o se tiene en la mano una tormenta,
aunque se escurra el agua de los dedos.

Decir amor, como se dice tiempo compartido:
igual de fácil que el sexo repentino.
Alguna calabaza sin semillas
que mezclara su flor con la desidia.
Ya en el sabor le queda la derrota.


domingo, 9 de abril de 2017

Nos sucede que estamos caminando el pasillo
y de pronto, esta tarde, se nos fueron los días.
Esta tarde ruidosa, la primera del año, solitaria
y nueva como el color del fresno
me sucedió una vez hace ya cinco años.
¿Y adonde han ido ahora aquellas luces?

Una vez, hace mucho, yo entré por esa puerta
y me fui en los pasillos hablándole a la gente
que salió a responderme desde atrás de las puertas.

Desde atrás de las puertas se agitaron las hojas,
la tinta se arrastró como un alambre vivo.
Un caracol pulió su filo sobre un lápiz dormido.

Desde atrás de la puerta tu cara viene a verme,
pálida y liviana en la luz. Una máscara
de alguna inocencia que ya casi se pierde.

Sucede que hoy he vuelto y ya no soy el mismo,
porque hace cinco años me reía de otras cosas
y me enojaban otras. Aunque aprendí
a caminar sin voz y con la ceja altiva,
(que a veces dicen soy de vista despectivo),
en los pasillos estos donde quiero
encontrarle al ladrillo un sustantivo.
Pero hace cinco años me asomé en la puerta
como el primer minero en una mina,
donde exploraran miles de mineros,
y junto a la escalera hallé la luz,
el rostro, la penumbra, la escalera.
Los árboles que en estos días se doran,
los gatos que aún duermen las palmeras.
Un banco de cemento, la llovizna,
este patio brutal, las puertas clausuradas,
en un pasillo una prensa de papeles que la han sacado fuera.

Yo me asomé al pasillo donde nada era nuevo
y lo vi tan dormido que caminé en silencio.
Me devoró su vientre de cuestionable templo.
Y aunque el pasillo sigue más dormido que el tiempo,
ya conozco su nombre y su lenguaje incierto.
De cada fresno he visto un otoño distinto.


lunes, 3 de abril de 2017

Años atrás, en el pasado. Hace ya muchos años,
(Ah, tantos años.. ), Albert Speer plantó nogales.
Verdes nogales con altas ramas esbeltas entre el viento.

Y caminó alrededor de ellos,
y levantaron sus ramas y rieron.
Caminó alrededor de ellos,
y les hablaba y saludó sus brotes.
Caminó alrededor de ellos
hasta marearlos con su interminable palabrería.

Les habló de sus culpas y ellos oían
el viento en la alambrada de Spandau,
la nieve sobre el patio y los caminos
que el hombre se inventó para sí mismo.
¿Fue esa una proeza del hombre?,
cuando Speer fue caminando al Este.

Ahora que todos aquellos días han desaparecido,
en una plaza de Berlín los nogales de Albert Speer
(aún) susurran letanías y nueces cincuenta años después.

Una noche, a la hora de las puertas abiertas,
Albert salió por una esquina de la prisión
y nunca más volvió a recorrer el jardín junto a la nieve.
(Quizá partió diez años antes hacia el este,
y ellos lo siguieron con sus raíces, con sus hojas.)
Pero esa noche, aquella última noche
Albert Speer fue devuelto al mundo
y ellos, los nogales, quedaron en silencio.

Pervivieron, solemnes y angustiados, dentro del tiempo.
Rudolf Hess envejeció en sus ramas,
habló en el viento, se encerró en la luz
de sus rituales despreciados.
Y un día él también estuvo muerto.
La prisión derruida, los guardias se marcharon;
solo los nogales quedaron perdidos en la ciudad.

Deben seguir ahí, en un lugar de Berlín, esperando a los muertos.


domingo, 2 de abril de 2017

Primera frase robada al antipoeta Nicanor Parra:

"Los poetas bajaron del Olimpo."
Manifiesto

Los poetas bajaron del Olimpo
y allí dijeron que no quedaba nada.
Que de las musas solo la ceniza,
de las estatuas ni tan siquiera la mirada.

Y subí el último a ver esas verdades
y descubrí blancos salones olvidados,
una coraza de hierro vuelta herrumbre,
una caña sangrada de su tinta,
una lombriz huida de nuevo al laberinto,
un viento en la boca de un mendigo.
Un busto de Homero sin los ojos
y con la boca abierta del ahogo.
Dos nubes incendiadas con despojos de luz.
Y un caracol solemne en la llovizna.
Ahora quedaban las migas broncíneas del laurel,
el otrora ovalo magnífico del escudo,
una letra quebrada en una tumba,
dos versos solitarios repetidos.

Los poetas bajaron del Olimpo.

Fueron a ver las calles sucias ciudadanas,
y se envolvieron en banderas guerreras
hasta que todo el horizonte era una lucha.

O abrazaron la causa de las letras,
con una estática luz de la justicia
que les guió el pulso en una estela:
dos mil años después sus voces estarían
como atlas de verdades eternas.

Y hubo quien renunció a todo, dio dos pasos,
cavó un agujero en la paciencia,
se mordió sin rabia las rodillas
con el silencio de las permanencias.

Los poetas bajaron del Olimpo
y dijeron que allí arriba ya no quedaba nada,
más que una colección de mariposas secas
y una montaña de billetes falsos.

Pero yo subí después que ellos,
y aunque era verdad lo de las mariposas
que estaban secas como los alfileres de sus muertes,
en los billetes alguien había escrito
"Estos días azules y este sol de la infancia",
o aquella otra que escuché hace tiempo:
"Dame limosna, mujer, / que no hay en la vida nada,
como la pena de ser / ciego en Granada."

Y detrás de montones de basura había también jardines
invadidos por ríos de zapallos florecidos.
Todos los amaneceres de la Tierra registrados,
todas las noches que no tuvieron lunas ni eclipses,
todos los escarabajos que murieron quebrados.


lunes, 27 de marzo de 2017

Yo escapo. Paso mis días huyendo
del pasado, los presentes y algún futuro.
Soy un hereje, un bandido, un solitario
en varios sitios donde no quise estar y aún no quiero.

Digo que no al hombre que en mi habita
y como un hongo que en márgenes se extiende
buscando esos desprecios que suceden,
ya pareciera que inevitables son a veces.
Digo que no como se dice a un hijo al que se odia
y al que no se puede evitar sin dejar abandonado
lo que en uno mismo habita todavía.

Escapo a la ironía, al desatino, a la ambición
que se cumple en el sueño, el agua o la comida.
Escapo bruscamente alguna tarde al sur
o cuando extraño existencialmente el otoño,
voy a buscar una melancolía
como una flor o un caracol de lluvia:
dos minutos de sol en la llovizna.

Digo que no a mis miserias honestas,
las que revelan lo que uno habita.
Digo que no y luego cuando duerma
han de venir a acurrucarse encima.
En sueños levanto alguna mano,
solo la oscuridad me escucha y niega auxilio.



Atrapado uno en la miseria del deseo
se revuelca los costados contra el viento;
y vuelve a casa triste y derrotado
de no haber hallado la victoria
como una pila de papeles de colores,
una perla verde encerrada en el puño,
dos flores de una rosa, una birome
que encontrara perdida en el cemento. .
O apenas, sobre el río de la gente, una mueca
que no fuese penuria.


Es cierto. Yo podría
escribir sobre irrealidades necesarias,
pero es que hoy llueve
en Resistencia
y hacía tanto tiempo que extrañaba este otoño.

Me gusta el frío que viene, con sus maneras toscas,
el silencio dormido de mis vecinos solos,
el patio decadente con un tendal vacío.
Que afuera de mi puerta llueva sobre miserias;
solo la lluvia puede cubrir toda la tierra
y lavarla de ella misma.

Se que hay dolores y destierros,
en el lejano Oriente,
(a mi todo el oriente se me hace lejano),
que se cocinan bombas cuajadas de metralla
y existen condenados que en esta hora esperan
de buena suerte un pasillo,
en mala hora un calvario.
Que siempre hay dictadores sonando sus medallas,
y un resto entre los montes de pobres olvidados.
Que más allá de Europa, donde acaban las luces,
una estirpe de antiguos caminantes se despiertan
y salen de sus tiendas para empujar los renos a la incipiente primavera.
O que aquí, dentro de América la profunda,
alguien conspira, alguien respira vapores de mercurio
en una mina chilena o los bajos de Mexico D.F.,
alguien recita a Lorca en un video,
alguien recorre la ciudad armando pilas
con bolsas de basuras,
cadáveres de perros,
manzanas en un campo.

Todo lo se. Estoy despierto
y miro a la distancia una calle de China.
Todo puedo saber, todo he olvidado.
Descubro hoy que mi grillo vuelve a cantar al baño.


viernes, 17 de marzo de 2017

A mi no me preguntes. Yo nunca entiendo nada.
Me repito palabras, discursos de sapiencia.
Pero al final del día, que no puedo dormirme
al techo voy diciendo que nunca supe nada.
Nada de todo aquello que se hace necesario.

Entonces tus preguntas me despiertan.
Sacudo la capa de penumbra que me gusta tanto,
apago mis historias de alienígenas sabios,
olvido media hora los extensos rituales cotidianos,
y me quedo pensando si afuera llueve tanto
o de como se quiere a las personas,
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.


martes, 14 de marzo de 2017

La belleza,
pasajera
y liviana,
nos carcome
el deseo
de tocar lo imposible.

Añoramos un tiempo
que nunca sucedió.


"Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos..."

El Eternauta - F. Solano López; H. G. Oesterheld 

Cuando terminó la guerra y Príamo estaba muerto
yo volví por el mar de isla en isla
y nunca me había costado tanto recordarme tus ojos.

Traje en el cabello sal y plumas de una gaviota muerta,
y caracoles de una isla sin árboles donde encalló mi nave
cuando una tarde sin estrellas sin vientos no supe a donde ir
con la extensa pena del que busca en el aire el camino.

Yo volví por el mar de isla en isla
para encontrar la piedra roma donde yaciera Argos.
Fue como al llegar el viento previo de la tormenta,
cuando todo aspira su presencia y se contiene;
yo estaba bajo y mudo. Me dolían tanto las rodillas.

Veinte años atrás bajé al puerto, me até un cordel a la cintura
que se ciñó como un herraje a un mástil.
Cuando aquel barco se fue a pique, con el caí al océano.

Yo volví por el mar, de isla en isla;
y aquello fue lo único verdadero.
Si Poseidón me cubrió los brazos con sus dedos
y si Atenea se levantó a mi paso;
no los he visto. Me perdí y buscaba
este largo volver. He inaugurado
la ruta salobre y aventurada del peregrino cotidiano.

..


sábado, 11 de marzo de 2017

Nosotros fuimos niños muy tiernos, presentables,
a veces elegantes.
Pero el ya tenía un aire de leyenda.

Nosotros nacimos de padres y de madres
en blancos hospitales con luces de neón.
Pero el ya tenía una espantosa historia.

Nosotros somos niños de fotos apagadas,
con cabello enrulado y ojos color marrón.
Pero el tenía marrón el traje y el chaleco.

Nuestros nombres de santos y de abuelos
repiten una antigua tradición ancestral.
Pero Julián despierta un viento en carnaval.

Julian saltó los muros de la severidad
y pisoteo los charcos del hambre y de la Luna.
Anduvo donde nunca hubo huella mortal
y volvió de la hazaña con historia y refrán.

Nosotros enfermamos de fiebre en el invierno,
pero el gastó los dientes contra el hierro cruel
y en un descuido efímero cruzo las avenidas
para encontrar acaso a su novia perdida.

Probó las desventuras de la sangre
y el té melificado de la tarde
para en la ancianidad mirar la calle
con el rostro curtido y aun la cola erguida.


viernes, 10 de marzo de 2017

Tantas cosas no han sido.
Si la línea de los muertos es larga,
más larga y concurrida es la línea de los no-natos.
Ved este campo, este patio de casa
ahora que sus dueños están muertos,
ahora que sus ocupantes son como fantasmas.
Aquí quedan esqueletos de sillas oxidados,
carozos de aceitunas sin vinagres,
hierros torcidos con sus extremos roídos,
miles de fragmentos de botellas oscuras.
Solo la tuna exhibía en este erial su gallardía,
pero se ha vuelto impura y mezquina.
Ayer vino el agua, que subió de los hondos,
y ya no pudo ella depurar estas ruinas
del alma que habitaba cotidiana
y que ahora hace mucho se pudrió a si misma.


lunes, 6 de marzo de 2017

¿Por qué lloran los perros cuando quedan a solas?
Lo he visto sentados en la tierra,
con las ancas mojadas de rocío 
a mitad de la noche 
y una infinita expresión de tristeza sobre el labio.

Y prefieren las noches con Luna para llorar unidos
uno a uno encienden sus gargantas dolidas
y de pronto a la hora de los relojes dormidos
su coro clamoroso vuelve mas fría la tierra,
más pesadas las sombras, más antigua la Luna.

Uno a uno sus frentes se asemejan al agua
alisada y brillante de dolor mortecino,
la boca en un lamento se les sube a las nubes,
las patas cual raíces hacia el temblor del suelo.

Llorarán de tristeza, de miedo, de abandono.
Llorarán porque adentro no les muere el cachorro.
Llorarán porque el rito de llorar a la noche nos pertenece a todos.

Llorarán por que ellos, entre todos los seres,
descubrieron el miedo que perpetuo se esconde
y al sentirlo que ronda el cemento o el monte
lloran la absurda pena de saber a donde.

Llorarán la pesada cotidiana cadena que a nosotros los une,
y les habla en el cuello su presencia innoble.
Cada día callados, cada noche en silencio.
Cada noche de Luna despertaran de pronto
más alertas que el viento, más dolidos
que el rosal podado en el invierno.


miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Acaso he dicho yo que ella esperaba?
Lo esperó quizá durante años,
pero cuando volvió ya no esperaba.

O lo esperó cuando quedaba sola
mirándose en la sombra de los charcos
y a su costado le sobraba espacio,
pero cuando volvió ya no esperaba.

Aquella sombra que quedaba muda
vino del largo suspiro del pasado
y le traía como una llovizna
inevitables rostros demorados
en las esquinas del recuerdo magro.
Nada más que una bruma con palabras,
como una jarra que nunca llevó agua.
Nada más que una promesa vieja
y ningún rostro que la coronara.

Es cierto: el había vuelto.
Pero no creo que ella lo esperaba.


lunes, 16 de enero de 2017

Imagínate un día, cuando estemos muy viejos
y yo vaya a buscarte en los rincones esos
donde tanto te gusta confundirte en la sombra
y salgamos al patio, este, otro o cualquiera,
para mirar si afuera ha regresado otoño.

Imagínate un día que despierte temprano
afuera la llovizna que nos agrada tanto
salga junto a nosotros a recibir el día.
Esos días de otoño, sencillos y recónditos,
que dentro de tus manchas parecen dormitar
vendrán como de suerte a buscarnos un rato
con la luz que en las hojas de los árboles hay.

Imagínate un día que yo parezca menos alto,
que tu rostro parezca tanto menos joven,
salgamos al patio como si acaso afuera
buscáramos un sitio para estar en silencio.
Imagínate entonces que viejos que estaremos,
y esta amistad de a ratos que a veces recordamos
nos parezca un secreto de hongos enterrados.


domingo, 15 de enero de 2017

Alumna- Profe, ¿qué es esa línea verde? (Señalando el mapa)
Profesora- ¡Ese es el sueño de mi vida!... El transiberiano. Yo ya dije que cuando me jubile me voy a ir en el Transiberiano.

(Fragmento)

El sueño de mi vida es una línea verde,
como una enredadera a través de soledades y fríos
extendida sobre la inmensa vastedad del mundo
pero llameando y quejándose sobre caminos señalados.
Y la blancura de Siberia, la helada mortandad abandonada
solo a los líquenes que en la roca afirman
como una pregunta al cielo su agrestura
que no ha de cambiar mientras el mundo dure.
Han de durar los fríos en la montaña,
y los lagos en el fondo de los valles prisioneros
con sus aguas de secretos naufragados
y nuestras vistas de asombros que nos duran la vida.

Pero ahí, desde los túneles en los Urales cavados por la búsqueda
surge una extensión humana. Una travesía entre los rasgos del mundo.
Más extensa que todas las murallas
solitaria y augusta pareciera como un dios en el bosque.
Así los hombres y las mujeres atravesaron las montañas
contra el desafío imponente del espacio se extendieron
en la búsqueda del mar que siempre queda
al otro lado del mundo, repitiéndose.

Duró generaciones incontables. Las luces y las sombras
se alzaron y decayeron en el cielo,
y las montañas escuchaban el repiqueteo de los martillos
alejándose hacia el este hasta perderlos en la memoria
sin saber en su sueño que ocurrió más allá, entre la nieve.
Pero se extendieron los hombres, el tren transcurrió
atravesando la llanura conquistador y llameante
arrojando al regazo del viento su aliento de hierro candente,
una larga fumata de humo y hollín es la huella
del tren cuando viaja al oriente.
Ahora los pastores lo miran pasar, lo ancianos pastores de cabras
con sus tiendas de pieles y su mundo de ritos dormidos
se alejan de espaldas al tren a través de la llanura.

El sueño de mi vida es verlo todo entonces:
los extensos campos verdes de Ucrania,
las torres del Cáucaso descendiendo al valle del mar,
y el color del Caspio oscurecido y aceitoso
trabajando adentro de la tierra
absorbiendo la sangre de la tierra y aprisionada ahora
en barriles vulgares y sordos arrocados a las bocas innumerables.

Aquella lucha duró generaciones. La larga marcha al este
sobre la tierra cada vez más helada
atravesando los hombros de la tierra.
Los Urales se extendieron asombrados y vieron partir hacia el sol
a los hombres que siempre buscan detrás de los árboles.
Como una travesía en el mar, a través de la tierra.

Levantó los cimientos de la nieve,
despertó el sueño de los caballos que yacían bajo los terrenos.
La tierra dormida sintió una línea de hierro y madera
que reverberó en los rincones del Imperio oculto de la distancia
como una voz de metales que llamó en la noche.
Era un pedido a todas las regiones,
a las tribus que levantaron la cabeza desde su fuego
sin saber de dónde venía el grito.
Y era desde el oeste, más allá de las montañas
desbarrancó en los duros pastos y entró en las llanuras.
El viento abrió la boca hacia la bestia para tragarla
y se volvió hilachas de si mismo contra la espada occidental
que partió la antigua edad del tiempo.
Quizá aquella noche asomó la Luna en la soledad expectante
que ya no estaba sola. Las voces de los hombres
eran débiles y frías sobre la palabra endurecida de la llanura.

Puestos en marcha los hombres atacaron.

Rusia de sangre levantó las manos y en Varsovia
marchó hacia el este cantando en altas voces apagadas
a través del páramo helado en búsqueda humana.
A quedado un camino de muertos a la vera del tren
bajo la mano del hombre, la maldad y el invierno.
Nevó esa tarde, con el sol, copos de nieve azul
enterraron los muertos y el hollín que les cubría.
El tren era un silbido lejano en el viento.

Sobre la amplia tierra florecida, a través de la esforzada Rusia Gigantesca
marchó una vena de metal y humo ardido a conquistar lo inconquistable
para tomar de los campos de Ucrania y Georgia el trigo adormecido en sol,
para llevar los hombres más allá del Cáucaso a la llanura,
y de allí dentro de las montañas abarcar Asia dormida.
Fue como una explosión de vida que duró milenios de paciencia
y los hombres murieron de a millares en la orilla del tren.
Fue como un grito desde la boca ancestral que miraba al sol;
los abetos sacudieron su cabellera y despertaron asombrados
a tiempo para ver una loca alucinación del hierro
como una bestia maravillosa y torpe liberada para siempre.

El tren partió desde las tumbas.
La edad antigua rusa cerró los ojos de los zares
en tumbas de piedra y trajes de seda dorada
y luego en sótanos de sangre seca.
Y en San Petersburgo y en Moscú durmieron los días antiguos.

Así el tren partió alegremente, una esforzada tensión del hierro
candente y cotidiano entre los campos
y las ciudades lo miraban asombradas.
Se levantaron puentes sobre ríos,
hasta más allá del corazón asiático.
El Negro el Caspio, el extenuado Aral, escucharon las voces
y el agua traía restos de metal en sus bocas.

Moscú, desde la estación de Yaroslavsky,
corre entre desfiladeros de ciudades;
y antes desde San Petersburgo se despide del vozarrón de la ciudad
en una carrera veloz huye del tiempo
abandonando Europa se interna en las distancias aturdidas
y las barcazas de Nevá se despiden a lo lejos.
Pero el tren ya no los oye, no puede oírlos ahora
corre presuroso a Yaroslavsky entre la paciencia de los árboles
o entre la nieve; antigua nieve renovada y límpida
encuentra frente a la nariz de Moscú.
Vuelta de los incendios, recobrada de las usurpaciones
Moscú como una criatura antigua que aguarda
profundamente anclada sobre las raíces de la tierra.
Constituida de palacios recios, de fortalezas rojas,
de barriadas innumerables extendidas en su cintura.
Allí hubo de escucharse a los caballos del Gran Alejandro
cuando fueron a despertarlos y uncirlos sobre las calles de piedra
y corrieron bajo la noche hacia las catedrales de hielo.
Toda la ciudad ardiendo a sus espaldas.
Pero ahora entra en Moscú el tren, la gran ciudad del Este,
el corazón del Imperio late hacia los ríos que en verano reverdecen.
Entonces apresúrate, tren del oriente, y toma el camino
que corta la apatía ciudadana y entre los gestos de los nombres
huye de los sonidos como un exiliado con buenaventura.

El mundo se transformaba contra el tiempo dormido,
construían túneles dentro de las montañas
y detuvieron el curso de los ríos.
Cerca de Nizhny el poderoso Volga fue sacudido de su letargo,
enfurecido susurraba en sus orillas a la ciudad
la vanidad de las criaturas humanas en erigir un puente.
El río arrastró sus manos en los pontones
y mojaba las botas de los hombres durmiéndose en enojos.
Más cuando despertó era ya para siempre:
una vigilia de metal y piedra había sido erigida
y sobre sus fuentes el tren cobraba impulsos acercándose al cielo.
En Nizhny Nóvgorod sobre el río Volga
una prolongación de la piedra permaneció,
hasta llegar el tren cobraba vida fragorosa
que arrastraba vagones asfixiados de humo ,
cruzaron a quintales el asombro mareado de la corriente.
Lo asombraron los gritos de los hombres,
el olor del metal caliente, el humo atormentado.

Y el Volga, amado entre los ríos, cantó
una voz de agua profunda.
Una trepidación de los pilares ascendió desde el agua
respirando mohosa y verde contra la piedra,
no alcanzó las vías, las madres, el camino férreo
no fue hollado y consumido por los líquenes,
y el tren transcurre sobre su privado sendero
ajeno a la distancia en su orgullo de caminante.

De la ciudad y sobre el río,
vuelta la espalda al vozarrón de los Urales asombrados
este gusano monumental que horada
ahora los tiempos de Siberia
corre en el camino del sol, entre la hierba
sobre la frente del planeta hacia el Este inmortal.
Y cruza ahora un río, y luego un riacho,
y nuevamente un río de la tierra,
como una mariposa segmentada
en vagones ciegos
como una calabaza vuelta maquinaria de hierro.
Más vivo que la guerra y sus estruendos de pólvora,
que la materia concebida entre berridos,
cual una fuerza material del elemento
el tren despliega a la extensión su brazo atornillado.
Así entra en Siberia. Han de verlo
los habitantes de las ciudades mínimas
que entre el verde de la llanura buscan
o entre la sangre pálida que nieva,
o los huidos animales oscuros que no le han puesto nombre
pero levantan sus orejas tibias hacia el traqueteo;
y el tren los ignora. Avanza, siempre
avanza mudo y monumental de quejas,
más solitario que el mismo abandono
sobre la vastedad que pertenece al sol.

Así en su gloria magnífica, en su inmensidad ferrosa;
Luego en las cosas mínimas que lo llevan o lleva
Sumergidas al sueño del viaje mil veces milenario.
Dentro del tren aguardan ahora quietas y expectantes
Verduras, zapatos, una caja de cigarrillos claros,
El reloj de una anciana, la madera lustrada de los bancos.
Cualquier persona que vaya con el tren
lleva dentro de sus bolsillos o detrás de sus lenguas
la infinita presencia del mundo humano.