viernes, 16 de diciembre de 2016

Mira como suspiran los árboles de noche,
cuando se apaga el sol y las nubes se fugan.
Suspiran cuando duermen.

Y están solos, dormidos y angustiados.
Se revela en la noche que los árboles tiemblan,
nerviosos cuando duermen.

Ha de doler adentro de sus ramas
el cemento que crece sobre sus raíces
y les carcome el agua,
el aire y la paciencia.


martes, 13 de diciembre de 2016

¿Cuánto abarcó la pena de Príamo
cuándo vio a sus hijos en el polvo
y la sangre que amaba se le iba
como el humo en el aire de un suplicio?
¿Qué habitaciones atravesó sin verlas
cuando corría como un moribundo?
Los vestidos le envolvieron las piernas,
todos los muertos lo retuvieron.

¿Dónde sus huesos frágiles se olvidaron
para que no los alcancen nuestras manos?


lunes, 12 de diciembre de 2016

Se termina la tinta de mi birome negra
y queda vacía y sola sobre la mesa. 
Se ha vuelto blanca y fría, como la cal y el viento.
Ya no la habita nada, más que sus silencios.
Al fin, después del siglo, la ha tocado la muerte
como sucede a todos los que andamos. 
Pareciera que solo sobreviven los que apenas se mueven, 
los que rumian despacio la verdura del mundo. 
Y los que andan, suceden. Se gastan en la piedra. 
Afuera siempre llueve en el camino. 
¿A dónde iremos hoy, si se termina el día?
¿Qué palabras no resucitan esta noche?
Adiós, amiga mía. Hablaremos de nuevo.



jueves, 8 de diciembre de 2016

Te veré de nuevo,
mas allá del mar.
Una tierra verde
nos verá llegar.
Y estaremos solos,
augustos y solos,
mirando al sol
bañarse en el mar.

Te veré de nuevo,
una tarde alegre,
el sol sorprendido
nos verá llegar.
Tocaremos alto
las nubes azules.
Estrellas ardientes
en nuestro mirar.

Una tierra verde,
cubierta de silbos,
nos recibirá.
Y allá por lo bajo,
sobre el horizonte,
el sol agotado
se recostará.
Y tu risa antigua
lo adormecerá.

Te veré de nuevo,
cuando la llovizna
nos lleve en su hombro
más allá del mar,
a una tierra verde
donde el sol habita
y todos los árboles
se duermen en paz.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Yo recuerdo la luz.
Y la luz era una sustancia ajena
inabarcable y tersa detrás de los objetos
que rodeaba los intersticios y las fisuras
asomando la nariz como una serpiente al sol.

Y de la luz vinieron las cosas
con su esencia material
se constituyeron y quitaron espacios a la luz.
Ella entonces se convirtió en un mito,
detrás de mis palabras y mis ojos.
Seguía ahí, entre los espacios ocupados, y yo no la veía.
Solo la luz ha sido eterna, cuando los seres se extinguieron
ella mantuvo su perpetuidad fluyendo
y levantó las llamas del fuego miles de veces.
Reconstituyó cada día las sombras de los animales
y luego daba sus dedos a los árboles para que alimentados en sus dientes verdes
vertiesen a la noche desde sus raíces
hacia el sueño de las aves.
Ellas duermen en la oscuridad, y alborotan el día.
Así como en el principio, todavía puedo caminar bajo los árboles
que soportan estoicamente esa alegría de despertar
cantándose de rama en rama. Llamándose en la luz.

Recuerdo la tierra cuando tomó sustancia
y emergió de la luz bruscamente.
Tuvo emanaciones de madera, de tierra viva,
de movimientos animales, de vegetales resplandecientes.
Toda la luz retrocedió ignorada vuelta una cotidianidad
porque la tierra se expandía desde mis ojos.
Partió la tierra y no tuvo fronteras.
Fue rosa, rosas, rosedales, raíces, hoja y tronco;
y bajo su vegetal extensión una carne fatua
y una atroz permanencia respetada.

Para admirarse el Universo hizo los ojos de la hormiga,
el correteo de la telaraña que en cada generación renueva
como una eterna conspiración para enlazar al viento.
Todo el planeta sacudió su lomo oscuro y blanco,
partiéndose en cordones de alturas congeladas
y en abismos abiertos hasta el fuego.
Afuera las estrellas estallaban en masas de gases licuados
en ríos astrales caloríficos o helados
estaban en los confines de los vacíos
suspendidos en materias informes.
A nuestros ojos la boca abierta del cielo brilló
donde la sentimos en la frente sin verla todavía.
Así yo alzado sobre la magnitud del pasto
donde me recibió con temor, asombro, con reservas,
o ignorándome desde siempre, el pueblo de los seres
diminutos que habitan los recintos de la tierra
entre las raíces como una constelación de amaneceres
luego decaen desmigándose arena proteínica
a la inconmensurable región invisible y viva bajo los árboles.
Dignos árboles que envejecían hechos de morirse
en el crecer con los extremos verdes.
Así yo sobre la piedra y ocre mancha de la savia,
ahora que la luz se ocultaba detrás y dentro de los seres
una mancha vegetal verdosa abrió sus manos
y volcó sobre la tierra húmeda frutas arcaicas.
No me alcanzó la voz para nombrarlas.
Toda la tierra era el horizonte.

De la madera vino la cuchara, lanza, dioses.
En el mismo gesto fue una balsa para el rostro del agua
y luego una amplia bocanada divina mojada en sal y cal.
Allí donde el niño tocó la materia la tomó para sí
y construí con ella mis refugios cotidianos, y mis altares.
Ya la tierra estaba completa girando en los espacios del sol,
podíamos ver que el agua era una ilusión de la forma,
la tierra un páramo continuo donde abandonados,
la luz un pasado inexplicable.
Solos estábamos, estaba solo; ante el corazón del perro conquistado
que no podía decirme las mismas palabras.
Solitario y diminuto, enano en las montañas antes del afán minero,
quedé mirando la constelación de las bestias
y de las manos me chorreaba sangre de grillos manchando las piedras.
¿Eso era la maldad y el arte, juntos bajo mis cabellos?
Primero de los hombres, y repetido de la sangre, corrí
entre los árboles perseguido por miríadas de insectos
y al acecho de las bestias de cuerno, colmillos y venenos.
Ahora el cielo era de aves interminables,
entre los árboles se tumbaron a parir las hembras
el bostezo distraído de los cachorros.
En las profundidades de la tierra, allende los gusanos,
el fémur del lagarto se quebró y endureció bajo el martillo de la tierra.


He aquí que fui elevado sobre el caparazón de los escarabajos
miraba los espacios de la materia sin ver el corazón
en donde late una nebulosa de explosiones,
la sangría comunal de los recintos del viento,
allí en donde duerme y corre y vive sin entendimientos
el cosmos inigualable que de poder verlo nos aterroriza.

En la primera edad vino la luz,
en la segunda edad vino la tierra,
en la tercera edad abrieron sus ojos las criaturas,
sobre la cuarta edad me alcé del suelo.
  
La quinta edad fue la del agua
y descubrí que era una ilusión.
Mi hermano que ha crecido entre fórmulas y árboles
me dijo alguna tarde que el agua eran moléculas
en una red efímera perfecta que no dura para siempre.
Pero el agua es una unión de luz y tierra,
temporal y redescubierta, más antigua que el mundo
muere cada tarde y se eleva hacia el sol
y cada noche duerme en masas dispersas sobre el viento.

El agua viene a nosotros desde cosmogonías incomprensibles;
sus fórmulas descansan en las manos del cielo
o en las profundidades del planeta donde hierve
o allí en donde puede permanecer estanca
ahogada de nieve submarina, ajena a todo;
más sola que su espíritu, más pura e inabarcable que los cangrejos.

Descubrí que el agua era tersa y brillante,
se quebraba en sonrisas de luz, huía bajo la tierra
con senderos de asfixia que las lombrices beben.
No ríos azules y legendarios, no mar de botellas,
nunca tormenta, jamás había sido todavía una nereida verde.
Era una luz atrapada y dormida bajo la renuencia de su forma.
No, todavía no había sido un temor en los pulmones
en la boca el gusto de la vida que siempre engaña y dulce
pareciera cuando llueve sobre la ansiedad de la piel.

Era luz dentro de la tierra, y tierra abierta a la química ignorada
aquella que viaja a través del espacio y el tiempo
como la bocanada existencial de lo presente o no.
Una pregunta que podía cobrar color y forma, gusto y tono.

Pero no todavía, no había sido dicha
el agua que habitan los tiburones.
Era apenas una casualidad diaria,
una mojada de las manos y un juego infantil.
La sustancia suma de la existencia
y más allá de los seres que la cruzan y perviven
se mantuvo en edades inexorables hasta mis días,
estos días que han venido del agua,
y por la luz, por la tierra, por el agua vamos
luminosos y oscuros, crueles y honestos.
Inmensamente imperfectos en la perpetuidad temporal de este día nuestro.