miércoles, 23 de noviembre de 2016

Alumna- Profe, ¿qué es esa línea verde? (Señalando el mapa)
Profesora- ¡Ese es el sueño de mi vida!... El Transiberiano. 
Yo ya dije que cuando me jubile me voy a ir en el Transiberiano.
(Fragmento)

El sueño de mi vida es una línea verde,
como una enredadera a través de soledades y fríos
extendida sobre la inmensa vastedad del mundo
pero llameando y quejándose sobre caminos señalados.
Y la blancura de Siberia, la helada mortandad abandonada
solo a los líquenes que en la roca afirman
como una pregunta al cielo su agrestura
que no ha de cambiar mientras el mundo dure.
Han de durar los fríos en la montaña,
y los lagos en el fondo de los valles prisioneros
con sus aguas de secretos naufragados
y nuestras vistas de asombros que nos duran la vida.

Pero ahí, desde los túneles en los Urales cavados por la búsqueda
surge una extensión humana. Una travesía entre los rasgos del mundo.
Más extensa que todas las murallas
solitaria y augusta pareciera como un dios en el bosque.
Así los hombres y las mujeres atravesaron las montañas
contra el desafío imponente del espacio se extendieron
en la búsqueda del mar que siempre queda
al otro lado del mundo, repitiéndose.

Duró generaciones incontables. Las luces y las sombras
se alzaron y decayeron en el cielo,
y las montañas escuchaban el repiqueteo de los martillos
alejándose hacia el este hasta perderlos en la memoria
sin saber en su sueño que ocurrió más allá, entre la nieve.
Pero se extendieron los hombres, el tren transcurrió
atravesando la llanura conquistador y llameante
arrojando al regazo del viento su aliento de hierro candente,
una larga fumata de humo y hollín es la huella
del tren cuando viaja al oriente.
Ahora los pastores lo miran pasar, lo ancianos pastores de cabras
con sus tiendas de pieles y su mundo de ritos dormidos
se alejan de espaldas al tren a través de la llanura.

El sueño de mi vida es verlo todo entonces:
los extensos campos verdes de Ucrania,
las torres del Cáucaso descendiendo al valle del mar,
y el color del Caspio oscurecido y aceitoso
trabajando adentro de la tierra
absorbiendo la sangre de la tierra y aprisionada ahora
en barriles vulgares y sordos arrocados a las bocas innumerables.

Aquella lucha duró generaciones. La larga marcha al este
sobre la tierra cada vez más helada
atravesando los hombros de la tierra.
Los Urales se extendieron asombrados y vieron partir hacia el sol
a los hombres que siempre buscan detrás de los árboles.
Como una travesía en el mar, a través de la tierra.

Levantó los cimientos de la nieve,
despertó el sueño de los caballos que yacían bajo los terrenos.
La tierra dormida sintió una línea de hierro y madera
que reverberó en los rincones del Imperio oculto de la distancia
como una voz de metales que llamó en la noche.
Era un pedido a todas las regiones,
a las tribus que levantaron la cabeza desde su fuego
sin saber de dónde venía el grito.
Y era desde el oeste, más allá de las montañas
desbarrancó en los duros pastos y entró en las llanuras.
El viento abrió la boca hacia la bestia para tragarla
y se volvió hilachas de si mismo contra la espada occidental
que partió la antigua edad del tiempo.
Quizá aquella noche asomó la Luna en la soledad expectante
que ya no estaba sola. Las voces de los hombres
eran débiles y frías sobre la palabra endurecida de la llanura.

Puestos en marcha los hombres atacaron.

Rusia de sangre levantó las manos y en Varsovia
marchó hacia el este cantando en altas voces apagadas
a través del páramo helado en búsqueda humana.
A quedado un camino de muertos a la vera del tren
bajo la mano del hombre, la maldad y el invierno.
Nevó esa tarde, con el sol, copos de nieve azul
enterraron los muertos y el hollín que les cubría.
El tren era un silbido lejano en el viento.

Sobre la amplia tierra florecida, a través de la esforzada Rusia Gigantesca
marchó una vena de metal y humo ardido a conquistar lo inconquistable
para tomar de los campos de Ucrania y Georgia el trigo adormecido en sol,
para llevar los hombres más allá del Cáucaso a la llanura,
y de allí dentro de las montañas abarcar Asia dormida.
Fue como una explosión de vida que duró milenios de paciencia
y los hombres murieron de a millares en la orilla del tren.
Fue como un grito desde la boca ancestral que miraba al sol;
los abetos sacudieron su cabellera y despertaron asombrados
a tiempo para ver una loca alucinación del hierro
como una bestia maravillosa y torpe liberada para siempre.

El tren partió desde las tubas:
la edad antigua rusa cerró los ojos de los zares
en tumbas de piedra y trajes de seda dorada
y luego en sótanos de sangre seca.
Y en San Petersburgo y en Moscú durmieron los días antiguos.

Así el tren partió alegremente, una esforzada tensión del hierro
candente y cotidiano entre los campos
y las ciudades lo miraban asombradas.
Se levantaron puentes sobre ríos,
hasta más allá del corazón asiático.
El Negro, el Caspio, el extenuado Aral escucharon sus voces
y el agua traía restos de metal en sus bocas.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Y pensaré en ti de tarde en tarde,
de rato en rato,
cuando a mi acontecer le falten hojas.
Pero ya no tan pasional y heroico,
sino mejor en el recuerdo bello,
porque ya lejos estas hoy que amanece.
Y cuando vaya verte estarás muerto.

Pero ahora me voy, es primavera y día.
Tal vez en la semana quiera verte,
por media hora de melancolía
detrás del fresno buscaré tu suerte.
De tarde en tarde, un momento a solas
dentro de la infinitud del universo
querré escuchar cuando hablábamos a solas.
Aunque se que no estas, y que no has vuelto.

En media hora de melancolía repetiré
las cosas que decíamos. Total la lluvia
no me dirá ya nada que no sepa.
Y con la lluvia del próximo invierno
voy a encontrarme solo y sin recuerdo.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Encerrados en redes, bajo la oscuridad del mar,
los atunes rojos danzan en círculos y al mar
lanzan miríadas de efímeros navegantes.
Y arriba, sobre el agua los hombres duermen
seguros y felices sin canciones.
Solo las grúas vigilan la ancha oscuridad del mar
expectantes y anónimos carceleras
rescatan del silencio y el olvido la sangre.
Atunes rojos, mercurios atestados de futuros
que vuelven por el mar como se fueran antaño.
Esta noche los atunes viajarán muertos helados
hacia los rincones del mundo iluminado.

Vienen del mar. Han surcado siglos de corrientes
volviendo hacia la costa del Tirreno
y llegan a través de las islas apresurádamente
con sus grandes ojos paranoicos y febriles.
Ningún hombre sabe que espíritus despiertan
y habitan la solidez de su carne.
Solo el mar conoce los temores que han afrontado
cuando asomaron al abismo del Atlántico
y la cascada hercúlea empujó sus ojos al asombro del mar.
Rojos atunes, jadeante brillos del océano
remontan islas, dedos del mar interno.

En el pasado remoto, en los días olvidados
que ahora yacen bajo el derrumbe silencioso de las cavernas,
los hombres construían balsas de troncos
internos en el mar aguardaban en silencio hambriento.
Entonces rompían el silencio, sacudían el agua
hasta alcanzar profundidades ausentes
donde la luz se quiebra.


viernes, 11 de noviembre de 2016

Fray Diego de Landa tomaba cada extensión de corteza
y con un gesto seco puso las serpientes dentro del fuego
que engulló para siempre las maldades y bondades
y hablaba con altas voces al tiempo:
Toda la maldad será conjurada,
toda su pestífera casa revuelta
y liberada la Luna de contemplar,
bajo el ala distraída de la noche, ponzoñas.
Bajo el ascua divina de su celo
una serpiente de madera y agua chisporroteó y se quebró.

Fray Diego tomó un códice de madera
desprendido de la corteza de los árboles
y pintado con blanco de la tierra,
negro de la madera, verde de los árboles
y la roja boca del jaguar
y el azul de la piel de los dioses vivos.
La Luna tenía un registro detallado de sus brazos
y sus manchas estaban guardadas de la lluvia.

Fray Diego tomó las palabras de la Luna
y afirmó su falsedad y su malicia.
Dijo que del jaguar salía ponzoña
como una lengua verde
tomó la figura ancestral sobre las llamas.
Estranguló la maldad de la tierra
sobre el ascua del infierno invocado;
la madera maldita se rompía
bajo el hachazo de la pureza casta.
Ardió el corazón del amate y las palabras
como impronunciables silencios chamuscados
ascendieron a hacerse parte de la noche.

Y Fray Diego reía, y luego estaba solemne
sobre el fuego de los ídolos para siempre malditos.
En la multitud asomaban los rostros
de los conquistados ya beatíficos
y aún malditos por la carga del demonio,
junto a los rostros de los perdonados de por vida
que pisarían la tierra extensa todavía ignota
bajando de las ciudades de piedra y de los barcos
que ya llegaban al puerto y a las islas
a través del mar. Llegaban como gorrioncillos
oscuros y amanecidos, débiles y crujientes
para renacer después del fuego de los ídolo y el oro.

Fray Diego reía ahora, inconmensurablemente
su risa abarcó las estaciones hasta la puerta
de la ciudad muerta junto al lago sagrado
atravesó el umbral y abrió una fisura
en la extensa palma de América neogénita.
Allí, e el cuenco, donde la selva despertó
y con los ojos huidizos en la sombra
vio a la hermandad fervorosa arrojar los nombres
sobre la brasa como una lluvia de antigüedad extinta.

Y de humo Fray Diego tomó la brasa americana,
para siempre cambiada, y satisfecho
la arrojó sobre las multitudes que no verían su rostro
pero aún vivirían bajo su brazo extenso.
Pero en su rostro Diego no lo sabía, esa noche
su rostro era una máscara triunfal
que habría de durar milenios
que habría de extenderse bajo el sol
y cada noche nuevamente conquistaría
en el olvido los nombres quemados.
Pero esa noche Diego, Fray Diego de Landa
no sabía que arrojaba al recuerdo su propio nombre
sobre un monumental silencio de dioses ardidos.

Me alejé del fuego con el humo detrás
entre la selva derrotada que se retiraba ante la ciudad
me siguieron las palabras impronunciables.
Hojas y dientes, una piel de perro,
las pezuñas de un venado clavadas en el barro
se me cayeron de los ojos al río
y este los llevó. Símbolos dentro del agua
entraron a la tierra, salieron al mar,
a mi espalda quedaron desapareciendo.
Los ancianos estaban muertos.

El barro de las primeras ciudades
sosteniendo las piedras murales grises
se extendía como una lepra laboriosa y dulce.
Una extensión de oscuridad y esfuerzo
los hombres construían bajo el sol.

Los libros habían sido quemados,
todos los ancianos yacían degollados bajo el agua
y la sal de las algas crecía de sus gargantas.
Ya los ídolos estaban callados
y nadie podía escuchar sus lenguas enredadas.
En la generación de la tierra estaban olvidados
con los nuevos dolores del azufre, la madera,
del mercurio plateado que ahora manaría
de la búsqueda histérica que comenzaba.

Con la primera voz del fraile cayeron las estrellas,
los valles se incendiaron,
se rasgo la mirada del cielo
y los planetas giraron en círculos ya desconocidos.
Cedieron los espacios del sol y de la Luna,
Venus huyó a esconderse más allá del mar,
de los conjuros y las bendiciones.
Con la segunda voz se quebraron las piedras
y cayeron las escaleras como columnatas de humo
cual elucubraciones de ceniza
una rajadura caminó entre el mundo.
Con la tercera voz se extinguió el pasado.
Se callaron los muertos y ya no respondieron,
sus rostros se quemaron y se diluyeron,
sus pieles se inflamaron y estallaron. Muertos ya estuvieron.

En tres voces se extinguió el mundo,
se abrió como una granada roja
y con el agua, rojas carnes desmenuzadas, fueron.
Purificaciones del agua, de la carne,
del aire sobre la nuca de los árboles cansados.
Purificación de la ceniza vuelta sacra marca
en la frente reverencial de América neogénita,
en la extinción de Huehuetéotl y Quetzalcóatl.

Sin dioses, sin nombres, ausentes las tortugas
que he visto recoger a nidadas blanquecinas
y miles en las bocas castizas rompiéndose.
Cofres de oro líquido en los dientes,
inmensa fecundación de mar y tierra
durmiendo bajo la piel de las islas
y el arrullo eterno y renovado de la palmera,
del arbusto florecido en suavidad y fruto.
Cofres perdidos bajo la mesa en la conversación
y el fuego quejándose de maderas y comidas.

He visto arenas a donde no volvieron las tortugas;
a quedado el mar repitiéndose caricias inútiles
pero ya lame las piedras basamentos de la ciudad antigua.
Estuve ahí, sobre la arena de América cuando no existía
y todas las materias no habían sido hechas
pero existían, puras y sucias, he de decirlo:
ya estaban hechas las materias sin nombre hoy
ya estaban nombradas por su luz, su oscuridad.

Sobre la arena creció una piedra erecta,
muela surgida de la carne total
y en el pináculo chisporroteó la luz del sueño.
Viva la piedra de las ciudades.
Pero los humos habían cambiado y las voces.
Fray Diego dormía, consumido y eterno, lejos del dolor
y su sayo era una corriente sobre la tierra:
el muro de los templos, los caminos de las tierras.
Envolvía a los muertos en la tierra,
susurraba en la noche una canción bajo el espacio negro.

Me retiré a la sombra, y en una cueva
recostado en la piedra, me vi durmiendo.
Afuera ardía la tierra toda.
Europa era una tortuga con la coraza resquebrajándose
y el vientre cubriéndose de llagas.
América como un cuerpo monumental
recibía flechazos desde el mar
y su piel se abría en luces y en abismos;
pero los dioses se evaporaban.

¿Asia dormía? ¿O toda la tierra se abría ahora?
Estoy seguro que se abrían los ojos
en lugares apartados donde el sol huía.
Bajo aquella cueva transcurrí en el tiempo,
y no dormía, escondido en el corazón del Andes
podía aún escuchar los gritos.
Armas de hierro, maderas rotas, piedras en cascada.
Todo lo oí, hundiéndose en la tierra
y ella callaba cuando le pedían
en los altares con lamentos arrojando vino y flores.

América en la parrilla, ardiendo
y bajo el fuego oraciones y gritos.

Sobre las piedras talladas ahora crecieron santificados espacios
y los túneles fueron anegados en barro.

Salí a los valles ciego de voluntad,
y no miraba el suelo cadavérico.
El aire era una masa de cenizas.
Todas las ciudades estaban muertas.

Tenochtitlan, la gran serpiente sobre el agua,
se evaporó en su lago envuelta en fiebre
y sus ojos se volvieron costras sobre la tierra.
Aquella noche triste una ciudad entera se desplomó
y mis ojos ardían de humo y muerte.
Toda esa carne en fiebre no me mató entonces,
pero se desmenuzaba en los espacios de las puertas,
caía por las ventanas como un animal derrotado.

La ayuda de la misericordia completa no habría bastado
si era entonces tanta la sangre muerta
que hubimos de completar la pira con toda la ciudad.
Ardieron todos ellos, y entre el renacer del fuego llegaron con canciones.

No pude ver aquello. Aquella impunidad de las victorias.
Acaso en otro tiempo hubiese estado impertérrito,
y ante la ejecución dado la espalda.
Pero fue tan monumental aquella muerte. Recuerdo
las calles vueltas cenizas, los lagos inundados de finales.
Envejecimos la ciudad y yo en una noche siglos de abandono;
y ella murió antes de ver el sol.
Ella murió, y me dejó en silencio junto al agua.
Los soldados desfilaban cerrados con el hierro y alegres
ante esa maravilla de abundancias,
como un gran cofre de piedras talladas que desbordaba ahora.
Aquí y allá se podía extender las manos y levantar las piedras,
para tomar bajo los nidos de las serpientes muertas sus huevecillos
y al abrirlos caían collares de cuentas y trozos de oro labrado.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

A veces uno queda en mitad de la guerra
y dando manotazos sin encontrar las alas
para volar tan lejos como se pueda.

Entonces caminamos por nuestras propias calles
para recuperar la capa de penumbra
que justifica el gesto donde nos encontramos.
Para volver a ver al árbol que no crece,
a la vereda que nunca termina de romperse.

Volvamos a la cueva, con el portón que siempre
nos defiende la Luna.
*

Ya vez que la alegría a vuelto.
Después de todo no existen las respuestas de la Filosofía,
sino que el mismo día en sí se desenvuelve
y ora nos muestra el rostro, ora nos da la espalda.
¿Acaso eso no enseñan los gorriones?

Nosotros, la tristeza, el agua, la tormenta
somos más pasajeros de lo que parecemos.
Bosteza al horizonte, deja que el agua moje.
Afuera los gorriones hablan su antigua lengua.

Ya vez que la tristeza se quita cuando escuchas
la vieja melodía del ocaso silvestre.
Basta esa algarabía para curar la pena.
*

Cuanto quisiera ser la respuesta al silencio
tan suave y dolorido que elaboras
desde tu gesto firme y convencido
de la necesidad de la paciencia.

El dolor nos aguarda en todas las edades
y siempre nos conquista alguna parte íntima.
No es fácil ser entero en esta vida nuestra
y damos las razones a mínimas cuestiones;
pero ojalá la duda no te inquiete los sueños.
Es hermosa la tarde si llegas sonriendo.
*

Te quiero a mi manera, envuelto de silencio.
Soy tosco y cotidiano, digo palabras crueles,
pro siempre regreso con bolsillos vacíos
donde nunca tus manos alcanzan mi esperanza.
Habitamos extremos de líneas muy extensas
y nunca los desiertos han separado tanto;
pero desde mi celda y en el sol siempre espero
que llegues con la misma broma que ambos conocemos.
*

Demasiado conozco la pena que empecinas.
He visto ya los ojos de la melancolía.
¡No vayas! Esa senda a todos nos lastima.
Te costará la tarde y la sonrisa.


martes, 8 de noviembre de 2016

No me acuerdo tu nombre. Lo perdí
quizá la tarde aquella que escuché mi nombre
y ya consciente de orgullos y dolores
no me di vuelta a responder.
Si me acuerdo tu enroscada figura
que a vos misma parecía estar sujeta;
y las mañanas frías en la plaza
cuando ibas vestida con neblina
de la edad y el desencanto hecha.
Pero tu nombre se me perdió hace tiempo
y no recuerdo más cuando extravié
dentro de mi niñez tus ignorados ojos.

Lo único que recuerdo es tu rostro difuso
y tu paso de anciana en el parque en invierno;
porque ya no me acuerdo la forma de tu habla.
Como otras tantas cosas me olvidé tu nombre,
y te recuerdo apenas caminando en invierno.
Y un día, cuando viejo definitivamente,
al borde de la edad volveré a verte caminando
como esa mañana que hacía frío y eras otra
caminando entre árboles sin mirar alrededor.
¿A dónde ibas, abuela, ese día de invierno?


Los gatos tienen el misterio infinito
de no haber sido corruptos por el contacto
de la mano que los tomó del nido
y en la ciudad depositó la suave carga
de su carne magra despojada de selva.
Pero no llegó el dedo más allá de la llaga,
a donde habita el rostro primero y dormido
del gato primigenio aún corriendo libre
dentro de estepas ignoradas y selvas ignotas.
Y el gato, solo el gato, mayúsculo y terroso,
divino cual una espina nueva,
fresco y sangriento hecho una piel ardiente.
Solo el gato habita los rincones del viento
distraído en pensamientos de agua y murmullos
se ha mantenido a salvo de la llama.
Se ha resguardado del paso en su silencio,
más allá de la voz repite gestos
puros e intactos sin mácula humana.
Incorruptos de sal, de Luna, de cadenas,
tersos y hermosos como una momia bella
huyen de nuestro tiempo como una lágrima.


martes, 1 de noviembre de 2016

La vieja Modesta era una italiana
alta como el viento que nunca cantaba.

Recuerdo una vez que llegamos tarde
y en el pasillo salió a recibirnos.
(A veces los viejos se ríen como niños.)
Tenía los brazos delgados y largos,
la piel como el agua.

Si miran los viejos se los ve cansados,
que los días les quitan el hambre y el sueño.
¿Como es que a ella no le sucedió esto?

Sin dudas que había una fuerza oculta,
alguna manera de tocar la tierra
y ella venía de esas maneras.
Se sentía en el aire su palabra viva,
el cuerpo cansino que habita el espíritu.

Más allá de la hija, detrás de los nietos,
su palabra aguda quebraba el silencio
con la sabiduría del que ha visto el tiempo.
Con la amargura del que no se ha muerto.
Con dulzura a veces, sin que percibiésemos
lo antigua que era, La humana vejez.

Una noche oscura, ¿sería verano?,
le dijo a mi hermana que serían felices
y dándose vuelta se perdió en brisa.
Podía ser discreta y suave y sincera;
o enojarse en una lengua extraña
recitando los estúpidos errores cotidianos
de la hija que nunca fuese suficiente;
de los demás, que nunca eran demasiados.
Pero tenía un encanto, libre y de costumbres,
como las criaturas que envejecen solas
hablando a personas que nunca responden.

Recuerdo cuanto tardaba en alzarse
sobre su figura alta e inclinada:
con los brazos pálidos esforzaba el cuerpo
y llegaba al aire balanceándose.

He olvidado ya parte de su rostro.
Recuerdo su risa, clara y asombrada,
su cabello escaso ondulado rubio,
y la voz antigua. Su voz era antigua.
Tenía inflexiones desde la madera,
cuando se consume crepitando el fuego.

Se murió una noche, lejos de la Italia
esta gringa alta y dura como el viento.
Se murió y quedaba dentro de la casa
un silencio amargo de silencios viejos.
Hasta con su muerte habló la Modesta.

Quise verla un día, llegando a los cielos:
parada en la puerta, del brazo de Pedro.
Su vestido azul cubierto de luz.