lunes, 31 de octubre de 2016

A propósito de un canto wichi.

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
un gigantesco bombo dentro del tiempo.

Padres, morenos padres derrotados,
¿como llegamos sin saber volvernos?

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
una lluvia en el monte y en la tierra.

Padres, morenos padres renombrados,
bailando sin cesar dentro del tiempo.
Wichi, mataco, vilela, toba.
Cantó el indio en el sol
detrás del viento
para que lo escuchase la ciudad.
Vino ella a tomarle los hombros
y lo siguió bailando torpe y dura
como mujeres sonrientes y hombres burlones.

Y el indio levantó la voz bajo la torre
entre cristales de falsa pedrería.
Solo la palmera abrumada de cemento
se irguió al escuchar la voz
cual fuera la del sol en el siglo perdido.
La ciudad danzaba, burda colorida,
alegre entre la luz de tan extensa maravilla.

Cantó el indio acompasado
solemne entre la luz
su blanca camisa se extendía
al suelo y las paredes.
Todos los muertos despiertos escuchaban
desde la espina del monte su palabra viva.

Y fue callando solo, sin augurios
desprovisto de siempre de misterios.
Una oruga extinta que se duerme a inicios del invierno
con la ciudad bailando alrededor.


lunes, 17 de octubre de 2016

Les costó una tarde. Dicen que toda una tarde
de larguísimos treinta y cinco años
tironeando el aire y la tierra hasta desgajarlos por dentro.
Apenas una tarde que anocheció tardía
pero que la bailaron en la nuca de Stroessner
y no sirvió de nada
porque no construyeron una cárcel donde entrasen las pesadillas
que la oscuridad pudiese devorar
y escupir luego flores amarillas en el río.
Porque no dio marcha atrás el tiempo.

Una tarde larguísima y completa
se quebraron las raíces de la historia,
atacaron las manos de los dioses viles,
cavaron bajo el ala de la gloria.
Y dentro del tornillo que sujeta
los pies dorados del Supremo Hacedor
descubrieron al sol casi rendido
la llaga purulenta de torturadas vidas
que esa tarde de treinta y cinco años
se arrancaron de sí buscando el aire.

¡Oh, Padre de la Patria tan sublime!
¡Oh, devorada carne ya perdida!
En Cerro Lambaré aconteció esa tarde
que el Viejo Paraguay lavó la herida
y no sirvió de nada porque los vivos nunca se repiten y los muertos son muchos.


martes, 4 de octubre de 2016

Fueron las mariposas, cuando nadie miraba,
que esparcieron la plaga y se reían
con sus ancestrales risas conspiradas
para estos momentos de desgracias.
Ellas, que habían venido de la Luna
y eran nuestras cotidianas maravillas
de pronto se revelaron viles y asesinas.
Un largo tiempo suspendido en las nubes
se desplomó como una garza muerta.
Lo habían tejido con baba de caracoles
y con luces de rocío. Con la tonta inocencia
de lo que nos asombra y que apenas entendemos
las mariposas lentas hicieron una red
y al vernos dormidos la echaron por encima.
Dormidos estábamos, extendidos y fríos
bajo los aleteos triunfales de aquellas mariposas.


Un hombre en la ciudad
se recuesta en un auto
y se mira en la blanca pared
donde deja dibujado un pez
con caudal aleta luminosa
y un horizonte azul junto a la boca.
Un pez naranja como la tarde ida
que nunca nada y estancada brilla
su solitaria estrella colorida.
Largo río de cemento,
no hay peces que consigan
seguir tu curso envenenado y seco.
Solo la ciudad a venido a crecer
a tu vera sus sueños de imponencias.


Me gustaba José María porque era otro yo,
y solos en el mundo estábamos los dos.
Nunca en mis seis años otro josé me había saludado.
Nunca en toda mi infancia imaginé mi nombre
sobre el cabello ajeno. Y él era otro yo.

Un día vino su padre, macho bravío y en celo,
domado por el áspero filo de la dama
con el lomo partido por hachazos certeros
y una lustrosa mirada de caballejo ebrio.
Desfiló por las calles del pueblo conventillo
con el brazo en las vendas y el ojo malherido,
con el vino saliendo por donde había venido.
Si las mujeres golpeadas así les contestaran todas,
¿qué macho de este mundo levantaría los dedos?

Gloriosa hembra morena, cabellos levantiscos,
donde sembró los hijos los dejó para el mundo.
Y ella tomo el camino que siempre toma el viento:
se fue para los sitios donde ya no se vuelve.
Lástima que no volasen junto a ella los hijos.

José María tenía antepasados negros.
Le había quedado el macumba, el mandinga
en la boca ancha, en los ojos redondos,
en el cabello mota. Se le veía en la cara
el viejo negro de otros tiempos idos.
Y de algún sitio extraño una bondad sin treguas.
Así somos de niños, más sinceros que el tiempo
no damos todavía la mano a la mentira.
José María tenía en sus ojos morenos
la frescura del niño que todavía no ha muerto.

Después si vino el tiempo, y consumió las horas
y aprendimos a contarlo en sus monotonías.
Supongo que creció y ha de tener sus horas.
Supongo que su padre sobrevivió a los vinos;
que su hermana ha de ser una morena enorme,
que su madre ha de estar rodeada de otros sitios.
Solo supongo cosas, porque hace mucho tiempo,
una tarde en la escuela a los seis años
nos sentamos juntos al final del salón
y descubrí que el mundo no era solo yo.


De Flavia yo recuerdo el dolor,
porque había venido del dolor
y al dolor iba. Y era niña.

Una tarde se desató el cabello
como una larga cola de un perro encadenado,
como un río de costumbre teñido de penumbra.
Y de manos delgadas, de niñerías hambrientas,
se peinó sabiamente. Sin pausa y sin escándalo.

Después nos vino el día, que siempre ha sido uno.
El suyo le dio un hijo y le cubrió los ojos.
El mío ha sido este que se mostrara bueno.
Pero de Flavia vino el dolor y quedaba
como una sangre nueva sobre el color del agua,
como su largo río de penumbras cotidianas.

Un día dijo palabras y sacó una cadena.
Una tira brillosa de grilletes de plástico
se le cayó hasta el suelo desde sus niñas manos.
Y por esa mañana se reía a cada rato,
porque ella sabía los secretos del plástico
para hacerlo cadenas ilusorias verdosas.

Después vino llorando, a escondidas lloraba
porque siempre los niños lloran a escondidas
cuando llorar no sirve para nada.
Y en la espalda le crecía una mancha de rabia.
Un mancha más roja que el asombro.
Una larga y roja mancha que latía.

De Flavia apenas recuerdo sus negros ojos negros,
y que nunca olvidó mi nombre. Ella podía
saludar con dulzura y vender pan casero.
Un pan enorme y tosco que yo siempre compraba
sin saber que comía pedazos de esa Flavia.
Ella podía decir mi nombre en voz baja
y yo siempre pensaba lo buena que ella era.
Lo minúscula y sabia que parecía entonces.

Pero siempre recuerdo, más que su rostro flaco,
más que su largo pelo, más que sus manos,
aquella mancha roja que cruzaba su espalda.
Aquella inmensa y roja mancha.

Y no veo los caballos, ni los perros cansados.
Se me borran los árboles. Pierdo de vista el pájaro.
Apenas veo la mancha. Aquella mancha roja
sobre su dulce espalda.


Ella sabe, la casa, cuando llegamos tarde,
o llegamos temprano y sale a recibirnos
de abajo de la mesa como un ratón dormido.
Sabe cuando dejamos la billetera en el estante
y las monedas (pocas) caen en la alcancía
cuanto gastamos y cuanto ha quedado.
Y sabe donde estuvimos y lo que imaginamos
cuando sobre la mesa queda una bolsa plástica,
ruidosa y cotidiana, con cosas necesarias.
Entonces imagina o descubre o ya sabe
como fuimos, que calles cruzamos en la tarde.
Sabe la hora de ida, y la de vuelta sabe.
Y si volvimos solos o nos mandaron.
No sonríe ni dice. Nos sigue custodiando
que repitamos los rituales
y entonces espera que apaguemos la luz
para trepar los muebles y dormirse en la puerta
o sobre los roperos en la caja de cartón.


Y llueve llueve.
Dentro de la lluvia un duende verde.
Un duende verde.

Porque es de noche azul
y ya hace frío.
Y toda la ciudad se ha dormido.

Por eso llueve.
Sobre los techos llueve verde.
Y con el agua llueve un duende.
Un duende con los dientes verdes.

Dentro del agua, sobre las gotas,
sonríe un duende.
Un duende verde.
Un verde duende de dientes verdes.
Dentro del agua,
sobre la lluvia,
llueve llueve
un duende verde
de dientes llueve
verde.