miércoles, 28 de septiembre de 2016

Yo no he visto el mar, y lo imagino.
Como puedo recordar el ojo
de la ballena azul que nunca he visto.


lunes, 26 de septiembre de 2016

Dispárenme en la frente, mariposas de sangre
me brotará la boca como un manantial oscuro.
Todo se irá; mi sangre, la palabra brusca,
el recuerdo y la luz hechos un charco
sobre la sed antigua de la tierra.

Morir violenta y de repente perdiéndose
en una cinta roja e silencio;
y estar sobre la piedra sin saberlo.
Todo no está. Ya todo se se me ha ido.


Agnes Waterhouse
Ejecutada en Inglaterra en 1566 
acusada de brujería, daño y asesinato. 
Su confesión probó que había tramado sus fechorías
en compañía de su gato Satanás.

- Dame una gota de sangre, 
y del mundo quitaré las flores.

- No señor. ¿Que diría mi madre?
Si extinguiese las flores me convertiría 
para servir al diablo de tu tronco 
y perdería mi alma en la impudicia.

- Dame una gota de sangre 
y tornaré de piedra los amaneceres.

- ¿Loca estaré que me susurra el gato?
Oigo su voz girando en mi cabeza, 
y una fuente de mala agua vierte 
sobre mi pálida cabellera suelta.

- Dame una gota de sangre 
y la luz de las ovejas se volverá vileza.

- Solo una gota de sangre de mi palma 
para tu eternidad de desamparo 
y en el engaño que se revela claro 
mi tersa risa se curvara en mi frente.

- Dame una gota de sangre 
y a tu madre continuarás en obra.

- Donde ha dormido el mal su huella queda.
Mira tus ojos en el bruñido espejo 
de mi oración que busco en el retiro. 
Se que me mientes, ayer y hoy lo has hecho.

- Dame una gota de sangre. Nada más quiero
que una gota en la lengua.

- Loca ya estoy, veo sonreír la Luna 
sobre el agua que teje la desdicha 
y me refleja en evasión furtiva 
como quien busca alegrías perdidas.

- Una gota debías. No pagaste
el precio de la Luna y mi sonrisa.
He de vengarme. Vendré a buscarte
con plagas e infortunios en tus cuitas.

- El estaba en todos mis penumbras. 
Se relamía cuando levantaba mis manos de la sal; 
y ahora en el dolor lo veo como una gota 
de sangre pura y plata repujada. 

Me pide sangre sobre la palabra 
y una larga lengua tenebrosa sale de su boca.
¿Pueden verlo? Yo todavía puedo 
como una desesperación sobre la piedra.
Toca mi corazón más suavemente.
¡Salvenme de esta gloria derretida!
He sido yo la que estaba en el aire 
y dentro de la carne rompí una llaga 
como una gran sonrisa de tristeza.
He sido yo, desde la miseria.
He sido yo, como una calabaza 
que crece silenciosa en el veneno.
He sido yo y ustedes lo sabían.
He sido yo y ahora ya lo saben.


Alguien perdió su gata gris en estos días.

A veces ellos mueren y uno queda 
sin saber que decir ni ha donde han ido,
y cuando vuelven con el alma herida
y cuando ya no vuelven de la noche.
Alguna vez quedamos hasta tarde,
mirando el horizonte de los árboles
y ellos no vuelven hoy, y no mañana.

Sufren también y los toca la muerte
sobre el lomo donde roza el viento
les crecen llagas y dolores bruscos
los sacuden un día desde adentro.
Y uno queda diciéndose consuelos.

Creemos encontrar su gris sobre la tierra,
los ojos verdes, pardos, amarillos en la tierra,
sus uñas derretidas en la lluvia que llega a la tierra.
Todo ellos vertiéndose en la tierra.
Y tal vez así suceda, aunque no los alcancemos.

Tal vez ellos habiten nuestros rincones
y lleguen sin sonidos a la puerta.
Quizá los espantó la luz de las ciudades.
Quizá se han ido y en la Luna nos esperan.

De cualquier forma, una vez los vimos sobre el agua
cuando cachorros descubrían la vida
y a nosotros vinieron salvos.
Ahora en la luz los vemos reflejados;
quizá sabemos ya que eran bondades
y a nosotros nos tocó la suerte.


viernes, 23 de septiembre de 2016

Quisiera el hombre, quiere
ser bandoneón y hormiga,
que sus brazos se pierdan en dos alas.
Añora el hormiguero sabio del insecto
que le ha parecido pacífico y voraz.

Quisiera el hombre, quiso
tejer sus telarañas de raíces
y hacerse viejo junto con el cielo
sin dejar de crecer y de morir
en cada otoño con una cara nueva.

Quisiera el hombre, quiere
buscarse una armadura de secretos.
Se cubre con ceniza de volcanes,
con sangre de caballos y tristeza.
Erguido sobre el agua se quisiera.

Quisiera el hombre, quiso.
Reverencias y tigres se destiñó en la piel.
Hundió los dedos ávidos en tierra
pero se le escapaban las hormigas
y tanta gloria ajena no le sirvió de nada.

Quedó desnudo, a la piedad del algodón silvestre.
Se miraban las manos y caían las garras;
se fue volviendo ajeno y solitario y blando.
Desde el maíz vino bondad y carne.

Yéndose al sol iban mujeres y hombres
con gatos que seguían sus pasos, interesados.


martes, 20 de septiembre de 2016

Puedo verla, recitando voces.
Ajenas voces de hacía veinte años
donde yo no había estado
y solo ella podía recordarlas.
Entonces ya era ciega y vagaba
por la casa con las manos frías
siempre ocupada en luces ignoradas.

Y entonces, de pronto sin pedido,
se detuvo a contarme.
Una voz, que ya solo ella oía,
de una niña en otro tiempo
en otra tierra ajena.

Es la voz de mi hermana,
pero hace veinte años,
cuando ese mundo era joven.
Es su voz recitando inocencias
pero se ha perdido.

Mi abuela podía recordar instantes,
pequeños y discretos como agujas
que aguardaban perdidas en recuerdos.
Y ella las tomaba en un descuido
para decirlas sola y aburrida.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Mi tío, el albañil, construye casas
y lleva en las manos la blancura agreste de la cal.
Mi tío, el albañil, lleva en los ojos el verde del monte
y en la voz la sombra del niño que era.
Mi tío construye las casas de otros
y habita los lindes del pueblo.

No canta, no baila, no recita historias.
No tiene pasado. Habla del presente.
Construye las casas donde habitan otros.
Levanta los nietos que los hijos traen y les dice cosas.
Consuela la dura verdura del mundo con pocos favores.

Mi tío es un hombre que huye del mundo
y cada mañana se va a construirlo.
 Levanta paredes, ordena ventanas,
en cada esquina se queda su vida.
Un pequeño trozo del hombre que era
en cada ladrillo queda solitario.

Algún hombre nace para dispersarse:
deja su presencia donde no lo noten.
El mundo lo busca, lo lleva y lo trae
y viejo lo deja al borde del mundo
con el alma dura del que se ha gastado
sobre la palabra dura del trabajo.

Como aquel ladrillo, silencioso y terco.
Enorme y colorado, una piedra dura
bajo la pezuña fría de las ciudades.


Y las miré callado. Yo sabía
que no miraban esto. Ellas veían
un tiempo ya perdido en las memorias
que esa noche después de la comida
les caería de la boca como un cuento.

Así son las nostalgias: un silencio
de hoy para mañana hacerse viento
y pasar entre las cerraduras
de una paciencia a otra.
De su recuerdo al mío. Yo sabía

que esa noche vendrían alegres y risueñas
contándose secretos añejos de guardados.

Pero estaban calladas. Y lloraban
en otro tiempo ya, dentro del tiempo
junto al campo y el carro voces niñas
de las jóvenes que fueron y no eran.
De los días perdidos y dolosos
que ahora nombran nostalgia en el deseo.

Yo callaba. Un muro alto y pardo
era mi vida que ahí sobre la suya sucedía.
Su vida era una cerca de maderas,
una pared celeste desteñida.
Alguna infinidad de amaneceres
que alguna vez se les mostró finita.

Entonces yo y el sol que se dormía
nos quedamos callados ese día.
Después me dibujé un papel:
como una vieja muesca del recuerdo
el cristal de la puerta y el taxista.
Y en el fondo del marco la casita
donde fuese aquel nido de los días.

Yo callaba. Ellas sonreían.
Más ya no para mí ni para ellas.
Sonreían a las cosas perdidas.


sábado, 17 de septiembre de 2016

"No hay destino más hermoso para el árbol que ser una guitarra."
Ramón Ayala

Excepto desenvolverse en una cinta rígida de madera dormida 
y conquistar el aire aunque el viento se queje.
Hacer pacientemente un largo río silencioso 
de luz robada al cielo y piedrecitas en lo profundo de la tierra 
para que lagartijas luchen contra las nubes 
buscando esa promesa de la Luna.

Excepto conquistar un ejército de pájaros 
que vuelen de mañana para tomar espacios 
en ajenos rincones de la tierra, 
volviendo con la Luna trayéndose trocitos. 
Trocitos de la tierra, de la Luna. 
Semillas de sandía para habitar sus cumbres 
y desplomarse maduras río abajo.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Se creó la ballena de las piedras
y ella abrió sus fauces como una grieta
inmensa de la tierra
para tragarse al sol que se caía,
y se llenó los ojos de ternura.

Pero la tierra no pudo sostenerla,
al aire le faltaba sitio.
Levantó sus gruesos pilares como alas
y espantó el viento de los colibríes.

Así la tierra la tomó entre sus manos
y dando vueltas la arrojó en las olas
como una maravilla gigantesca.

Caía la ballena a través de la Luna
y los peces al verla se reían.
Se transformó en aleta,
en la garganta profunda del océano.

Entre todos los dioses vinieron a llevarla.
Entre todas las manos de la tierra
alzaron la ballena como una gigantesca calabaza,
y la arrojaron libre sobre la piel del agua.
Más serena y más propia que los pulpos,
su corazón lleva el ronco sonido del mar.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Venid hombres, levantando voces,
y contemplad la pena de los árboles.
Venid con agua y fuerza, levantaos
levantando los brazos decaídos de los árboles.

Recobren para el mundo la gracia vegetal
con una aspiración profunda de consuelo
que alcance a las sedientas raíces de la tierra.
Volved a la paciencia renacida de la sombra.

Ved como brillan más claras las estrellas
bajo el cristal oscuro de las hojas
y la noche construye sus bóvedas antiguas.
Ved como ahogan sus luces vuestros gritos.

Pero venid hombres, con las manos
hechas surcos azules bajo el cielo.
A vuestros hijos darán gracias las hormigas.


viernes, 9 de septiembre de 2016

La chica linda lee, distraída y molesta,
porque más allá de sus finas cejas lectoras
se sucede nuestro mundo a carcajadas
y su lenta belleza de la tarde se desprende
alejándose del sol para mirarnos.
Y sacude el cabello, aunque un mechón esconde
a nuestra risa, sus grandes ojos pardos distraídos.
Quizá si no hubiese alzado sus dedos
apartando el fastidio interrumpido, yo no hubiese notado
que salió de la luz mirándonos sin vernos.
Esta tarde la luz está dormida.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

No necesita uno
ni el amor ni el dinero,
ni el afán de comida,
ni la reseca búsqueda
del saber escondido,
si ha llovido el invierno
por sorpresa.

No necesita uno
que los muertos desfilen
en carrozas floridas
para saber en este borde
donde la galaxia nos olvida
un planeta atardece
como todos los días.


martes, 6 de septiembre de 2016

Flores. Flores azules. flores malolientes
cayendo de las nubes agujereadas
como paredones de fusilamiento
pero que huelen a sangre de laurel y abejas.
¿A qué huelen las alas de las abejas?
A miel, flores ajenas, polen enamorado.
Huelen las abejas a prisa acumulada.
Y si las flores caen como lluvia de otoño
deben traer abejas en sus pétalos oscuros por la muerte
como labios de jóvenes más allá de los sueños.
Grande ha de ser la soledad del viento,
la soledad de las abejas cuando busquen la miel
y en la augusta distancia de la muerte liben,
de la boca de los caídos, el sueño irremediable.
Pero las flores caen, ahora y mañana
caerán todavía libres y siniestras
pudriéndose a montones solitarios.
Flores, grandes flores azules y rojizas
con los corazones anochecidos.


Imaginen al Diablo repartiendo polvo,
rellenando conciencias con baldes de cizaña
y cientos de escaleras desde los hombros hasta las orejas.
¿Se imaginan al Diablo atrasado en trabajos?,
corriendo colorado con los cuernos al viento
y unos toscos zapatos manchados de cemento.


Pues vienen del dolor, como las rosas
que el ruiseñor tiñera desmayado.
Y vienen del dolor, que crece
bajo el manto fútil de la carne sencilla.

Son bellas, son antiguas en la arena.
Han heredado un corazón oscuro
y el oleaje de luz de los océanos.

Vienen del dolor, pero son perlas.


Alguien encuentra, alguien
el reposo del mundo.
Alguien, no importa ya su forma,
encuentra un sitio verde
donde dormir el lomo y el espíritu.

Así los perros de la calle entran en los pasillos
y encuentran los sitios que olvidamos
para dormir hasta que los alcance
el animo de otros que no quieren
que duerman en ajenos almohadones.

Alguien encuentra alguna forma vaga
para escapar al mundo con un sueño
y la practica impune mientras puede.

Y alguien busca siempre, alguien,
juzgar los crímenes ajenos.
Ninguna alma, siempre, está a salvo del viento.


lunes, 5 de septiembre de 2016

“La vida, como un un péndulo, oscila constantemente entre el dolor y el hastío.”
Arthur Schopenhauer

"Sísifo de la luz, lo vi ascender en giros concentrados, veloz y decidido hacia la gloria abundante de un nuevo encuentro con la muerte."
Otro recuento de poemas (1950-1991)-Jaime Sabines


1. Descripción de Efira Corinto

¿Quién ha visto la arena de Corinto
en la tarde soleada cuando Egeo llora
más allá de la tierra?
Eran grises los muros de Efira
y se oía el grito de las ciudades creciendo
en el tintineo ebrio de las mesas.
En el templo una estatua se emborracha de vino.

Voy más arriba, en la cima de los montes
me detengo a mirar el camino a los soles.
Las pisadas divinas han dejado un camino brillante
hacia la luz y el olvido, más allá de este cielo.
Y en la cima del monte veo sus pasos huyendo.

¿Quién ha visto las manos del mar?,
en las tiendas de los pescadores,
en el humo de los mesones.
Cuando cierro los ojos veo mis días
y ellos vienen a mí y me hablan.
Me arrastran por las calles de Corinto,
entre el humo y el grito perpetuo.
Pero voy más feliz que los barcos:
después de la tormenta avistan el puerto.
Y los hombres me miran. Los veo.
Yo, de pronto yo no soy el ciego del mundo.
Veo sus rostros curtidos del tiempo.
Veo los barcos anclados sobre el verde espíritu del mar.

Vean las escarpadas faldas del monte
y las graciosas columnas de Afrodita
entre el humo que escapa de los altares.
Vean el rostro crepuscular de Helios
sobre el llamado que viene entre los montes
y la ignorancia altiva desde el mar
que Poseidón azul habita distraído.
Si, aquí la tierra, todavía no ha muerto.

2. Las piedras y la vejez.

Todos cargamos nuestras propias piedras,
y las tallamos desde el cristal pétreo
dándoles aristas que nos lastimen
y cavidades donde nos refugien.

En la vejez pesan mucho más y son visibles
sus contornos roídos y rugosos
como una caracola absurda a la que nadie habita.
Yo las he visto, sobre los hombros
de aquellos que creíamos mejores
y les doblaba el espíritu en los ojos
como una maldición sin nombre.

Vamos hacia la muerte rodeándonos de restos
que nos carcomen restos del recuerdo donde hacerse sitio.
Llegamos a la muerte como un muro inclinado
al que solo sostienen las hiedras contraídas.

Así son los ancianos cuando veo
que el cansancio en sus huesos los carcome
y el empujón brioso de la vida
ya no logra arrancarles pesadillas.
Ahora que veo sus ojos como un ciego
que ha levantado parpados ignotos
una solemne desdicha compartida llega hasta mí.

Piedras, sin luz ni gemas escondidas.
Piedras sin roca para ser fingidas.
Piedras como harapos de vestidos
que al arrastrarse me enredan el espíritu.

Y en el umbral de la vejez dormida
una piedra derrumba su voz en mis costillas.


3. La miseria y los crímenes.


Como la sangre, habitual es el dolor.
Lo hemos creado, desde la verde hoja del mundo
creciéndonos raíces muy profundas
que más difícil son para arrancarnos
cuando más las fingimos con ternura.

Así es la miseria cuando llueve,
y después de la lluvia resplandece
sobre la tierra hecha un paso más de mi figura.

Hemos creado, el dolor y la lluvia.
¿Quién podría negarme parte de esa obra?
Porque yo estaba sobre el agua cuando la risa ajena se había ido,
y ya todas las cosas eran amargura.

No me comprenden. Hablo despojado
de la decencia que exhiben las hormigas.
Ellas viven en sí mismas dormidas,
cuando yo buscaba las estrellas.

La vanidad entonces vino al hombre,
y hubo una nueva forma de tristeza.
En mi risa una rama se alejó del polvo,
como un brusco golpe contra el cielo
y el rostro de los árboles era el de aquel amigo,
la suavidad del agua era la de la sangre,
la carne de la piedra era como una herida.

Somos, como la vida, un deseo y mordedura.
Vagamos hechos almas ambiciosas y puras
que encuentran frutas frescas donde hundir los colmillos
y las manos no alcanzan para cubrir el mundo.

No se mira hacia atrás cuando se vive.
No se piden disculpas por ser vivo.
Si a los dioses complace el despojarnos
más complace arrojarse en el vacío
y no mirar el suelo que se deja,
sino más bien volar como un huido.

Más allá de la vida no hay promesas.
Más allá de la tierra los difusos
dioses eternos dicen sus secretos.
Pero a la criatura que aquí duerme
el secreto no cabe al universo.

Y sin embargo respondemos tarde
la bienaventuranza de la vida.
Se llega a la vejez de cuerpo salvo
y en la vejez nos surgen las heridas.

Ahora lo sé, entonces no sabía
como se cobra el Hado sus destinos.
Diome entonces el vino de su copa
y ahora me exige el alma ya bebida.

4. Sísifo comienza a trepar la montaña.

Afrodita, dedos rosas con espinas
y la abeja hiriente, más dorada,
que en la frente de Apolo habitara.
Llegaron a mí los dolores divinos
cuando el dios de dolor me reencontrara.
No escapa el hombre a su destino ciego,
si a la vista del sol ya no ha escapara.

La montaña me ha crecido dentro
y la piedra en dolor se ha transformado;
y aunque de rostro pareciera entero,
aseguro a vos que me he quebrado.
Duele más estar vivo en el deseo
que pelear el camino deseado.

No me cuentes a mí entre tus cuentos,
no me escribas un muro como un ídolo.
Yo tenía la vida entre mis manos
y al abrirlas de pronto se ha volado.

Sísifo mira la cara en el espejo
donde el metal devuelve lo que queda.
Ese rostro rasgado es la pereza
de no tenderse a morir en el suelo.
¿Cómo entonces se vive el desierto?

Piedra de luz y de negrura entonces,
sobre el hombro del hombre que camina.
Piedra de luz y de amargura juntas,
como un escarabajo en la ceniza.
Piedra de ámbar en la vejez maldita.
Esperanza de piedra resucita.

Adentro crece la montaña, adentro
donde no llega el águila del sueño.


5. Última visión de Sísifo anciano mientras se aleja.

Yo te conozco más de lo que muestro
porque te vi en el pasado recio.
Yo te recuerdo, Sísifo, del viento
que viene a repetirnos vaticinios,
y cuando estamos solos y en silencio
vemos tu rostro enfrente nuestro.
Vemos tu rostro, anciano desvalido,
como quien mira dentro de un espejo.
A la vejez llegamos sin saberlo.
De la vejez nos vamos al misterio.

¿Esto fue lo que viste, Sísifo primero?
¿Nuestra vejez hecha una herencia amarga?
¿Viste a los viejos de siglos venideros,
sangrando amargura en las entrañas?

Después de haber rozado lo divino,
sobre tu mano vertieron las desgracias.
Afrodita, rosas con espinas,
te abandonó bajo el sol sin su mirada.

No toda la vejez ha de ser veneno al alma.
¿Lo fue la tuya, Sísifo de roca?
Como una larga escalinata al cielo,
solo para encontrar las nubes desplomadas.
Como un derroche la arena de los tiempos
y que al final tu copa vaciada
vino a dejarte pálido y desdicha
cubriéndote los hombros la nevada.

¿O te dejó la diosa en los Infiernos,
empujando la roca hacía una cima?
Una cima de roca para el alma.

¿De ti que han hecho Sísifo? Te busco
en las antiguas leyendas de los hombres.
Busco tu imagen entre las ilusiones
que hemos tejido en estos treinta siglos,
solo para encontrarte distraído
en los retratos duros y sentidos.
Nadie me habla de ti, ninguno dice
que a la vejez llegaste, Sísifo primero.
Nadie dice de ti más que tu yerro,
y del amor y la alegría perdidas
no quedan ni el insulto ni el recuerdo.

Sísifo en la roca, como un buey uncido
y las manos raíces de los árboles antiguos.
Sísifo para siempre eterno bajo el peso divino del castigo.

Y sin embargo yo te veo,
porque en esta ciudad duerme el invierno
y tu rostro lo encontré de pronto
en el tronco roído de los fresnos.
Con el aliento frío de septiembre, te veo alejarte
como se alejan siempre los vencidos.
Sobre tu hombro una llovizna oscura,
sobre tu rostro el peso de la bruma.

Aquella eternidad sin ilusiones
que a la crueldad le pareciera justa
se me presenta nueva en cada rostro
donde envejecen los acontecidos.
Estas dormido, Sísifo primero. Muerto ya estas
pero te han sucedido
nosotros, los futuros
viejos que esperan a que lleguen los fríos.

*

Cenó en mi mesa el rey y los mendigos.
Vino a mi puerta el perro y el heraldo.
Detrás de mi marchaba el mundo entero.

Alcé la vista al cielo, porque buscaba
más allá de las estrellas,
y me encontré sediento.

Denme la voz de los escarabajos
y el corazón oscuro del Océano.
Habitaba en mi sangre la urgencia.



Y ahora la sed se me ha vuelto calvario.


Una vez supe hacer un escarabajo
con papel de colores y dobleces
que imitaba la gracia de la vida
como imitan los hombres sus asombros.
Pero lo he olvidado. No recuerdo
la sencillez de sus líneas paralelas
y la frescura infantil que lo habitaba.
Se me perdió su vuelo entre mis días.

Uno olvida las cosas simplemente
como olvida los sueños en el día
que se van lentamente diluyendo
su espectral y ausente fantasía.
Uno olvida el asombro y la belleza,
mientras topamos la nariz con otras bestias
y sus nuevos pelajes resplandecen
cegándonos a duendes más antiguos.

Me olvidé los mitos que sabía
cuando niño me cubrían los árboles.
Me olvidé de su sombra bendecida.