domingo, 15 de mayo de 2016

Y mi cuerpo se cubrió de escoriaciones,
mientras ardía presa de la fiebre.
Por largos años contemplé mi pena 
solo para encontrarla siempre nueva
hasta que su peso me agobiaba.

Más él ya no me escucha.
Cuantos siglos pasaron sobre mi cabeza
mientras cubría mis muros,
mis propios muros levantados 
por mis manos que se volvieron garras
al tapizar la piedra con mi furia.

Soy aquél que vio el agua
y quiso preguntar a que sabía.
¿Cómo nacen los escarabajos?
¿Por qué mirar solo su espalda?

Pero me han dejado solo.
Se fueron a adorarlo
y yo he quedado aquí, hablando solo.
*
Yo era hermoso, como una columna.
Eterno y bello, como las ciudades, 
como valles henchidos de cultivos
florecidos por el agua donde duerme la Luna.
Más caminaba y era como peces 
surcando entre la luz.
Mis pies eran como el oleaje y la bravura
del mar de cabellera estremecida.
Azul se reflejaba sobre la piel,
sobre los dedos secos de los árboles.
Tuve la piel azul y atravesaron peces 
mi cuerpo extendido, desmadejado 
sobre la arena vasta de paciencia 
que el agua rumiaba como un buey dormido.
Como una ballena que pace
engullendo el mundo.

Así fue  mi belleza.
Y brillaron trémulas las estrellas.
Y mis hermanos se recogieron tras sus manos.
*
Estaba solo, abandonado, roto, 
mis alas se quemaron siseando.
Una presencia agónica apoyó sus manos
sobre mis ojos, descendiendo
en la curvatura de mis dedos.

Supe que él me contemplaba.
Danzaba en torno a mí como una sombra
más oscura que una pesadilla.
Se levantó cual una serpiente
y escupía improperios incomprensibles.
Luego fue el silencio.
Total, avasallante, igual de sólido
que las palabras y tan agudo.
Un grito se deslizaba 
allá donde no lo veía.
*
Una serpiente vino a visitarme.
Traía la luz aún en las escamas
y anidó en mis dedos. Se dormía
susurrante como un dolor en la oscuridad.

La sentí levantarse y otear la oscuridad
como sabiendo cual camino tomar.
Se deslizó a la lluvia, buscando.
Y al sexto día volvió con ojos frescos
y la luz de los árboles entre los dientes.

Todos mis dedos eran como garfios,
como hierros ancianos, 
como aves muertas que cayeron.
Y ella habitó entre ellos
con su calor profundo que latía.
Tan apagada y firme, pero viva.

La miraba dormir, como un amante
que ha mirado la carne luminosa
donde el espíritu se cubrió de forma.
Suspiros, como vientos que regresan
después de haber vagado en la tormenta.
No le encontré maldad,
no me mordió las venas su mirada,
me iluminó los ojos en la tierra.
Que consuelo esos días su lengua
oteando la oscuridad de la inocencia
como hozan el suelo las criaturas.
También dormí entonces por largo tiempo
como una hierba más, hecho de tierra;
y los árboles me cubrieron de raíces.
*
Habito un mundo extraño
y aunque reine en las sombras
soy más rey en el nombre.
Nada se de lo que sucede mas allá de mis dedos,
pero todo sucede en mi nombre.
Soy el Diablo, la bestia,
soy un número escrito
que aún resiste y se niega.
Aún entro a las iglesias 
cuando los ángeles se han dormido
y miro galerías y portales.
Voy buscando un motivo que adivino.

Nunca quise ganar
y cubrir esos tronos con lozas
y enterrarlos bajo la incertidumbre.
Las victorias no duran más que las derrotas.

Ved como ha ganado Dios.
Y como ambos fuimos derrotados.
Se doblegó ante mí, me abrió la puerta
y desde la soledad altiva de su espalda
me dio permiso para caer,
me ordenó que me marchara al desamparo,
me abrió la puerta y me dijo “Lo siento.”
Pero no me entendía.
Yo quería solo
una eternidad que fuese diferente.
Yo quería una felicidad y la monotonía 
de que todas las criaturas se elevasen
a conquistar los altos sitiales a su diestra.
Y ese día no me dio las manos.
Y al día siguiente me había abandonado.

Yo derroté a Dios en su batalla.
Conmigo se rindió y me dejó libre
los caminos hacia la iniquidad 
y hacia la gloria.

Más no caí, volé sobre sus puertas.
Me arrojé sobre el mundo en un cometa
y ardí en el cielo como una promesa.
Era joven y aún no me dolían 
las escorias de la sangre.

*
Y he aquí que éramos tentados.
Se alzaron voces y fuimos confundidos 
por nuestras manos que volaban.

*
Pero mi nombre se ha de escribir en alto
porque fui yo quien dio la espalda al día
y me interné en los senderos de la Luna
con una máscara como una sonrisa.

Y me he caído, como caen los leopardos 
en las trampas afiladas de los cazadores,
para buscar el sitio donde comen
los ignorados por el Paraíso. 

Y si envejecí y me cubrí de harapos
porque entre todos aun soy el perseguido.
Mi sonrisa perdió el camino al cielo,
mis manos se secaron, 
de mis alas huyeron las criaturas.

No me alcanzó la muerte.
Estoy hecho para vivir mil eternidades,
para permanecer fundido ya con la penumbra
como los árboles inmóviles que dormitan
y despiertan solo celebrando a las tormentas.
Mi sangre es esa, la de la espera.

*
Yo no he sido ese que marcó las puertas
con sus uñas partidas en las piedras.
Yo no fui, no estaba, no sabía.
El dolor ya había sido inaugurado
pero yo no sabría que vendría 
a justificarse en mí como una lacra
que me tiñó el cabello
y me comió la piel.

Yo no toqué las garras de los fieles,
no me vestí de negro con sus penas,
no revolví las brasas con su risa,
no transité los caminos de la queja,
no aguardé bajo el veneno,
no se levantó el viento,
no se quebraron los espejos,
no estaba cuando lo dijeron
y si de mí afirmaron esos crímenes
no fue mi mano la que salió en la noche
como un corsario codicioso 
para cobrarse deudas nunca habidas.
*
¿Qué son esos ejércitos malditos?
¿Y esas señales vistas en el cielo?

Se levantó y su voz era una cuerda
que había enroscado todas las columnas.
La luz, como una pesadilla,
cobraba forma y huía 
hacia lugares olvidados
para esconder el rostro entre las manos.

¿Por qué he de inclinarme?
Vi tu rostro cuando los negaste.
Pudiendo sonreír, dejaste lluvia
sobre los rostros de tus propias criaturas.
Y fuiste tú el que inclinó las manos
cuando clavaron a tus hijos en las cruces.

¿Acaso no intenté salvarlos?
Más no aceché entre la miseria,
si estaba herido entonces y dormía
bajo las velas húmedas y hundidas de los naufragios.
*
No ha bajado a mirarme.
No ha bajado a decirme su mirada.
Larga ha sido esta senda
donde me he vuelto carne
desde los pies que tengo hundidos en la roca 
hasta mis dedos que acarician rayos.

No buscaba, como después se dijo,
liderarlos a una muerte segura.
Yo sostenía un espejo bajo el agua
pero solo se miraron los ojos
y una mano larga como un lirio 
se acarició la faz a través del tiempo.
*
Le ofrecí una mano y el dijo “garras”,
como se apartan a los escorpiones.
Pero yo aprendí a mirar en los rincones
y amé la frialdad de las arañas,
el humo de los hongos, los rencores
de la hiena que todos desprecian
y que por ello se creyeron mejores.
Pero miré donde dormía el polvo
y me llamaron instiga y avaricia.

Comprendí los motivos del lobo
y le serví una cena de inocentes
con las manos manchadas por la sangre
que vertieron desde otros inocentes.
Me hice hermano de los gusanos,
me arrodillé cuando rugió la furia.
Tuve la mano sobre el lomo del perro
que ha mordido a quien lo persiguiera.

Solo yo comprendo la miseria
porque bajé a verla más de cerca.
*
Entonces me hice uno con las criaturas;
y alcé del suelo al torturado,
besé la frente de los perseguidos.
Antes que los beatos, ofrecí
redención al hambriento,
fuego al abandonado.
He sido yo el amparo de las bestias
cuando los elegidos de la gracia
se hartaban de reír en la desgracia ajena.
Me extendí como un brazo de sombra
y entre los ladrillos sembré mis dedos.
Yo he sido aquel que dio su rostro a la basura
para mirar la dignidad del cielo,
para tener dolor ajeno en carne propia,
para justificarlos con mis uñas.
*
¿Por cuánto tiempo he estado 
sentado en la penumbra?
Se acumuló ceniza sobre mí,
y afuera ha llovido tanto.
Camino entre las piedras, susurrando
y voy como una lagartija
pero el sol no me toca.
Soy como una alucinación del viento,
tiento con caramelos a los niños
para mirar sus ojos alumbrados.
Pero ya no me ven, más que los locos,
los desesperados, los que abandonan.
La sombra que hay en mi me deja abandonado.
Este fracaso de estar sin que me alcancen
me carcomió de tantas formas;
y me quedaron horas de alegría 
como esas cajas de recuerdos.
*
Y he sido como un sueño
que se negó a dormir
entre las nubes claras de la oscuridad.
Emergí de las sombras cual una pesadilla.
Estuve donde nadie había pisado nunca.
Y toda la tristeza sigue dentro de mí.
Así que aquí estoy yendo, 
como un sueño perdido
que el soñador no quiso
terminar de dormir.
*
Pero se confundieron, se llenaron los ojos
y el humo les nubló el juicio.
¿Por qué alzaron estatuas a sí mismos?
Comieron de la carne como Adán del árbol
y se elevaron sobre su propia sombra.
Traidores a sí mismos. Los miran con terror.
*
Así que me vestí de piel y fui hasta el hombre
para mirar su carne y desde cerca
abrir la senda oscura de sus venas
como se parten en la tierra helada las rocas.
Caminé junto a ellos desde el viento
envestido de agua y de paisaje.
Y toda mi soledad estaba en ellos.
Toda mi hambre floreció en sus manos.

Soy una luz oscura, una serpiente.
Como un árbol que seca sus raíces
por haberlas hundido entre las piedras.
Me alzo entre los garabatos de alquimistas
convertido en símbolos que esperan.
Soy la pregunta eterna del insomnio.
Soy el terror de los que desconocen.

Estoy vertido en el agua, entre la cera
de las velas que tiemblan me evaporo.
Cuando se apagan huyo con el humo.


martes, 10 de mayo de 2016

San Sebastián clavado a si mismo.
Rosas le surgen de la boca y la sangre
que cubre la perfección de dios que está escondido
allí donde lo buscaron las flechas.
El corazón le late bajo el brazo,
bajo la carne mancillada y rota
que abre su piel como los caracoles
cuando se quiebra su coraza.
San Sebastián hecho una cruz clavada a cristo.
Su sangre encuentra el agua y la tierra
bebe su luz. Huele a hierro y madera.
San Sebastián boca de rosa, de caracol.
De blanco caracol de jardín.
(Mi abuela tenía caracolas pálidos
abandonadas al azar entre sus plantas,
y los buscaba a veces para verlas
frías y eternamente bellas.)
Boca de sangre, de lloro, de quejido.
San Sebastián, boca sangrando muerte.
San Sebastián, nudo en la madera.
El viento toca tus heridas,
las carcajadas del dolor que se revuelca
sobre la rosa mística de la belleza.
San Sebastián gimiendo, sollozando.
San Sebastián abierto y desgranado
como maduro al sol de los veranos.
Sobre la tierra ajuar para hormigas.
San Sebastián hecho comida al viento.


martes, 3 de mayo de 2016

Entra el indio en los pasillos frescos
donde su cara ancha confunde los reflejos
y ante el bostezo de las ventanillas
no sabe a donde ir,
y las palabras son una red sin fin.
Pero nosotros, sus hermanos,
que nacimos en esta camarilla de burócratas
y conocemos la vasta indiferencia del papel,
lo miramos con lástima
cuando entra a la inseguridad de la caverna.
Donde hace tanto tiempo lo expulsamos.
Donde nuestras paredes lo repelen,
en su ropa y su gesto.

Así ha de ser la tierra cuando entra en las ciudades
y el corpus de cemento le toca los rincones de la pena.