viernes, 16 de diciembre de 2016

Mira como suspiran los árboles de noche,
cuando se apaga el sol y las nubes se fugan.
Suspiran cuando duermen.

Y están solos, dormidos y angustiados.
Se revela en la noche que los árboles tiemblan,
nerviosos cuando duermen.

Ha de doler adentro de sus ramas
el cemento que crece sobre sus raíces
y les carcome el agua,
el aire y la paciencia.


martes, 13 de diciembre de 2016

¿Cuánto abarcó la pena de Príamo
cuándo vio a sus hijos en el polvo
y la sangre que amaba se le iba
como el humo en el aire de un suplicio?
¿Qué habitaciones atravesó sin verlas
cuando corría como un moribundo?
Los vestidos le envolvieron las piernas,
todos los muertos lo retuvieron.

¿Dónde sus huesos frágiles se olvidaron
para que no los alcancen nuestras manos?


lunes, 12 de diciembre de 2016

Se termina la tinta de mi birome negra
y queda vacía y sola sobre la mesa. 
Se ha vuelto blanca y fría, como la cal y el viento.
Ya no la habita nada, más que sus silencios.
Al fin, después del siglo, la ha tocado la muerte
como sucede a todos los que andamos. 
Pareciera que solo sobreviven los que apenas se mueven, 
los que rumian despacio la verdura del mundo. 
Y los que andan, suceden. Se gastan en la piedra. 
Afuera siempre llueve en el camino. 
¿A dónde iremos hoy, si se termina el día?
¿Qué palabras no resucitan esta noche?
Adiós, amiga mía. Hablaremos de nuevo.



jueves, 8 de diciembre de 2016

Te veré de nuevo,
mas allá del mar.
Una tierra verde
nos verá llegar.
Y estaremos solos,
augustos y solos,
mirando al sol
bañarse en el mar.

Te veré de nuevo,
una tarde alegre,
el sol sorprendido
nos verá llegar.
Tocaremos alto
las nubes azules.
Estrellas ardientes
en nuestro mirar.

Una tierra verde,
cubierta de silbos,
nos recibirá.
Y allá por lo bajo,
sobre el horizonte,
el sol agotado
se recostará.
Y tu risa antigua
lo adormecerá.

Te veré de nuevo,
cuando la llovizna
nos lleve en su hombro
más allá del mar,
a una tierra verde
donde el sol habita
y todos los árboles
se duermen en paz.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Yo recuerdo la luz. 
Y la luz era una sustancia ajena 
inabarcable y tersa detrás de los objetos 
que rodeaba los intersticios y las fisuras 
asomando la nariz como una serpiente al sol.

Y de la luz vinieron las cosas 
con su esencia material 
se constituyeron y quitaron espacios a la luz. 
Ella entonces se convirtió en un mito, 
detrás de mis palabras y mis ojos.
Seguía ahí, entre los espacios ocupados, y yo no la veía. 
Solo la luz ha sido eterna, cuando los seres se extinguieron 
ella mantuvo su perpetuidad fluyendo 
y levantó las llamas del fuego miles de veces. 
Reconstituyó cada día las sombras de los animales 
y luego daba sus dedos a los árboles para que alimentados en sus dientes verdes 
vertiesen a la noche desde sus raíces 
hacia el sueño de las aves. 
Ellas duermen en la oscuridad, y alborotan el día. 
Así como en el principio, todavía puedo caminar bajo los árboles 
que soportan estoicamente esa alegría de despertar
cantándose de rama en rama. Llamándose en la luz. 

Recuerdo la tierra cuando tomó sustancia 
y emergió de la luz bruscamente. 
Tuvo emanaciones de madera, de tierra viva, 
de movimientos animales, de vegetales resplandecientes. 
Toda la luz retrocedió ignorada vuelta una cotidianeidad 
porque la tierra se expandía desde mis ojos. 
Partió la tierra y no tuvo fronteras. 
Fue rosa, rosas, rosedales, raíces, hoja y tronco; 
y bajo su vegetal extensión una carne fatua 
y una atroz permanencia respetada. 

Para admirarse el Universo hizo los ojos de la hormiga, 
el correteo de la telaraña que en cada generación renueva
como una eterna conspiración para enlazar al viento. 
Todo el planeta sacudió su lomo oscuro y blanco, 
partiéndose en cordones de alturas congeladas 
y en abismos abiertos hasta el fuego. 
Afuera las estrellas estallaban en masas de gases licuados 
en ríos astrales caloríficos o helados 
estaban en los confines de los vacíos 
suspendidos en materias informes.
A nuestros ojos la boca abierta del cielo brilló 
donde la sentimos en la frente sin verla todavía. 
Así yo alzado sobre la magnitud del pasto 
donde me recibió con temor, asombro, con reservas, 
o ignorándome desde siempre, el pueblo de los seres 
diminutos que habitan los recintos de la tierra 
entre las raíces como una constelación de amaneceres 
luego decaen desmigándose arena proteínica 
a la inconmensurable región invisible y viva bajo los árboles.
Dignos árboles que envejecían hechos de morirse 
en el crecer con los extremos verdes. 
Así yo sobre la piedra y ocre mancha de la savia, 
ahora que la luz se ocultaba detrás y dentro de los seres 
una mancha vegetal verdosa abrió sus manos 
y volcó sobre la tierra húmeda frutas arcaicas. 
No me alcanzó la voz para nombrarlas. 
Toda la tierra era el horizonte. 

De la madera vino la cuchara, lanza, dioses. 
En el mismo gesto fue una balsa para el rostro del agua 
y luego una amplia bocanada divina mojada en sal y cal. 
Allí donde el niño tocó la materia la tomó para sí 
y construí con ella mis refugios cotidianos, y mis altares. 
Ya la tierra estaba completa girando en los espacios del sol, 
podíamos ver que el agua era una ilusión de la forma, 
la tierra un páramo continuo donde abandonados, 
la luz un pasado inexplicable. 
Solos estábamos, estaba solo; ante el corazón del perro conquistado 
que no podía decirme las mismas palabras. 
Solitario y diminuto, enano en las montañas antes del afán minero, 
quedé mirando la constelación de las bestias 
y de las manos me chorreaba sangre de grillos manchando las piedras. 
¿Eso era la maldad y el arte, juntos bajo mis cabellos?
Primero de los hombres, y repetido de la sangre, corrí 
entre los árboles perseguido por miríadas de insectos 
y al acecho de las bestias de cuerno, colmillos y venenos. 
Ahora el cielo era de aves interminables, 
entre los árboles se tumbaron a parir las hembras 
el bostezo distraído de los cachorros. 
En las profundidades de la tierra, allende los gusanos, 
el fémur del lagarto se quebró y endureció bajo el martillo de la tierra.

He aquí que fui elevado sobre el caparazón de los escarabajos 
miraba los espacios de la materia sin ver el corazón 
en donde late una nebulosa de explosiones, 
la sangría comunal de los recintos del viento, 
allí en donde duerme y corre y vive sin entendimientos 
el cosmos inigualable que de poder verlo nos aterroriza. 

En la primera edad vino la luz, 
en la segunda edad vino la tierra, 
en la tercera edad abrieron sus ojos las criaturas,
sobre la cuarta edad me alcé del suelo.  

La quinta edad fue la del agua 
y descubrí que era una ilusión. 
Mi hermano que ha crecido entre fórmulas y árboles 
me dijo alguna tarde que el agua eran moléculas 
en una red efímera perfecta que no dura para siempre. 
Pero el agua es una unión de luz y tierra, 
temporal y redescubierta, más antigua que el mundo 
muere cada tarde y se eleva hacia el sol 
y cada noche duerme en masas dispersas sobre el viento. 

El agua viene a nosotros desde cosmogonías incomprensibles; 
sus fórmulas descansan en las manos del cielo 
o en las profundidades del planeta donde hierve 
o allí en donde puede permanecer estanca 
ahogada de nieve submarina, ajena a todo; 
más sola que su espíritu, más pura e inabarcable que los cangrejos.

Descubrí que el agua era tersa y brillante, 
se quebraba en sonrisas de luz, huía bajo la tierra 
con senderos de asfixia que las lombrices beben. 
No ríos azules y legendarios, no mar de botellas, 
nunca tormenta, jamás había sido todavía una nereida verde. 
Era una luz atrapada y dormida bajo la renuencia de su forma.
No, todavía no había sido un tumor en los pulmones 
en la boca el gusto de la vida que siempre engaña y dulce 
pareciera cuando llueve sobre la ansiedad de la piel. 

Era luz dentro de la tierra, y tierra abierta a la química ignorada 
aquella que viaja a través del espacio y el tiempo 
como la bocanada existencial de lo presente o no. 
Una pregunta que podía cobrar color y forma, gusto y tono. 

Pero no todavía, no había sido dicha
el agua que habitan los tiburones. 
Era apenas una casualidad diaria, 
una mojada de las manos y un juego infantil. 
La sustancia suma de la existencia 
y más allá de los seres que la cruzan y perviven 
se mantuvo en edades inexorables hasta mis días, 
estos días que han venido del agua, 
y por la luz, por la tierra, por el agua vamos 
luminosos y oscuros, crueles y honestos. 
Inmensamente imperfectos en la perpetuidad temporal de este día nuestro. 

Y recuerdo una puerta verde, una luz de la tarde, 
mis dos manos en el suelo que recorrían la tierra. 
He llenado el recuerdo de emociones intensas, 
como constelaciones y traslaciones planetarias 
que no habrán existido todavía 
pero que luego se adhirieron a la memoria.
Y recuerdo la luz, emoción e intensa más allá; 
la puerta verde y vieja de madera quebrada 
como una piel de tierra o una escama extinta. 
Aquella primera puerta que se abriría 
hacia los pinos trasplantados al calor de esta tierra
me desprendería de ella y quedaría en el mundo. 

Porque yo no sabía nada todavía. 
Todas las cosas no habían sido nombradas 
y debieron ser nuevas en cada instante. 
¿Por qué recuerdo la puerta verde sobre la luz?
Y no recuerdo manchas en las paredes, 
un grillo bajo un mueble, dos voces en el aire.

Pero vino la luz, un destello blancuzco 
retrocedió a la puerta y huyó en el espacio.
Ha quedado escondida tras la madera
que otrora fuese verde y nueva. 
Mis manos en el suelo, las piedrecitas sueltas
que ahora duermen en un suelo ignorado, 
mi cuerpo que era entonces casi nada. 

Caminé, no hacia la luz. La había olvidado, 
ahora estaba perdido en el espacio cotidiano. 
Caminé con los brazos adelante, con la mirada arriba. 
Debí caminar con la sonrisa del que descubre sin dolor 
pero triunfa y encuentra una extensión desconocida, 
se acoge a la palma del camino que lleva por sí mismo 
al primer caminante. Yo era apenas como un niño amanecido.

Si hablé no lo recuerdo, pero debí decir graznidos 
y gañidos como un cachorro sin aire en los pulmones.

Yo descubrí el otoño, la palabra, los libros silenciosos, 
el barro con sus restos de existencias, 
la pluma de la gallina, los símbolos desbordantes. 
Ahí, en ese intermedio de cegueras iluminadas, 
la lluvia había creado para mí miles de renacuajos 
en la triste infinitud del agua, 
en la muerte repetida de la tierra.
Y de la lluvia vino el invierno, 
una conspiración de adormecidos.

Digo entonces que recuerdo la luz 
y una alta puerta verde 
que una tarde se abrió de par en par 
y todavía permanece abierta. 
Yo recuerdo una puerta verde 
como una veta desgarbada
de la madera agreste; 
y la firmeza de la piel de la tierra 
que descubrí bajo mis manos.
La tierra toda era una bola de metal y proteína 
flotando en la distracción de los espacios 
pero yo todavía no conocía sus abismos 
del corazón de fuego que allí abajo palidece 
en rabia, en corpulencia, en turbulencias 
se arrastraba debajo de la piedra triturada 
y huyó de mí cuando abrí los ojos.
Liberó a la luz para cegarme, 
convirtió sus extensiones en obstáculos. 
Rondó mis aires con el atisbo de la desconfianza 
que mudó en alevosías de sangre en mis rodillas 
y en barro y lluvia, risas de cristales. 
Toda la tierra se acostumbró a mi espacio, 
me dio su palma extensa bajo el sol 
y ante la noche ignorada y remota 
bostezó sus refugios de metal y ladrillo. 
Y caminé entre ellos asombrado y mutable. 

Tuve la voz, hablé en el aire. Tuve palabra. 
La palabra nueva y sin sentido del cachorro 
y del que no sabe nada. El nombre era una estatua vana 
que las cosas proclamaron como suyas 
y se definieron una a una. Dije primero 
cada nombre y vivo se arrastró en la tierra 
de mí hacia el objeto. 

Sobre la apariencia tan pulida del papel aprendí 
a escribir mi nombre como un arcaico garabato.
Yo había atravesado cinco milenios, 
aunque no lo sabía. Desde la piedra curtida 
me desvié en el hombre y caminé 
sobre los trazos ancestrales que perduran. 
El cachorro, ilustrado entre los ilustrados, 
avanzó la insolencia y la desesperación, 
y la bondad y la sabiduría de una letra que aún era una flor o un garabato 
sobre el papel paciente, desechado 
de los archivos que conservan otras letras. 
(Aquellas que perduran oficiosas y dan sentido al mundo).
Pero mis hojas de papel, las primeras 
entre todas las mías y entre las del hombre, 
fueron devoradas por hormigas y polillas 
cuando no fue el agua 
quien tomó la tinta y la volvió un espectro 
antes de que el papel fuese expulsado a la basura. 
Y aquella fue mi primera obra, 
temporal y ya determinada por el brazo humano 
que en mi repetía la piedra, el pergamino, el hollín. 
Así yo era el primero, y el último, y el medio 
de los escribas del medio. 
Allí yo dibujé una flor, un rostro sin colores, 
la forma descriptiva del espacio conocido. 
Allí habré dibujado el primer conejo, una casa, 
o el intemporal semblante de las víboras; 
y aunque ya no recuerde se que estaba 
cumpliéndose el destino y tradición de especie. 
Yo levanté la mano y lancé un trazo 
en el espacio ausente de los años, 
avanzando sin freno como un carro en la memoria 
hacia mi nombre. Lo descubrí una tarde 
cuando estaba en el piso oscuro de la casa 
y sobre una hoja de un diario (ignorado)
llegué a mi nombre como para siempre. 
Llegué a mi nombre sin fe y sin destinos, 
porque pocos cachorros entienden de la vida 
(la que se arrastra en nuestra sombra antigua). 
Sobre el margen sin dios de la noticia 
dibujé el garabato jeroglífico que no era yo y que de mí decía. 
No estaba ahí mi fe o mi pensamiento, 
ni en la letra dormía un individuo, 
pero era yo el autor y la obra. El individuo 
que tomó una rama y en la tierra la marca, 
era yo llamando con la palabra. 
Y que satisfacción, y que alegría infante; 
como llegar a la sabiduría y encontrarla en la puerta 
sonriendo beatífica al borde del camino. 

Y entonces no recuerdo. Se que estaba 
cuando otras cosas sucedían en torno. 
Hubo un perro oscuro, una palmera, 
una nube de mosquitos vino avernos 
y el veneno les entró en el cuerpo. 
Se podía tomar sus moribundas existencias en montones 
para arrojarlos fuera sin desprecio y de costumbre. 

El cuerpo de un ratón decapitado, que la sangre aún brilla 
en mi recuerdo su nuca sin color dura la muerte 
que lo tomó en su trampa y quebró el cuello. 
Y así otros ratones vagabundos que fueron a la muerte. 

Pero ya no la puerta, aquella verde puerta 
en esta otra casa nuestra. 
Nunca más esa puerta, de verde de tan vieja. 
Era otra casa, en otro día y borde, 
que he vuelto a ver un día sin remordimientos. 
Pero yo recordaba solamente ratones y mosquitos 
o recuerdos amargos que no pertenecieron. 
Y aunque me han dado historias, o fotos, 
solo recuerdo el suelo. Tan gris como otros suelos. 

Quizá allí me alcé del suelo y fui al camino 
y miré sobre el resto de los objetos, 
y reí sabiéndolo y caminé primero. 
Pero solamente recuerdo el gris del suelo 
y los mosquitos y ratones muertos. 

Y luego un gesto amargo, que pareciera un sueño, 
donde mi hermana llora. 
Todo el aire es angustia, todo el sol una hendija. 
No pregunto, no digo, no camino y recuerdo 
en la esquina del viento que una muchacha llora 
encerrada para siempre en aquel recuerdo. 
La pregunta es el viento.

Allí aparece él, donde no estaba. 
Su alta cara larga, que parece una mancha, 
y su figura extraña que a nada se compara. 
Que o tendría nombre si no lo recordara 
cada día que despierto y me nombro. 
Porque no he sido él, estoy tan lejos. 
Hoy no sé si aún está o ya se ha muerto. 
Padre, de tierra; padre, de olvido.
Si no me hubieses dicho yo no sabría nombrarte, 
y no puedo nombrarte. Estas tan lejos 
que la melancolía no quiere rescatarte. 
Este nombre, un esfuerzo tan triste por nombrarte 
ha fracasado y frío es tu color del aire. 
Y aunque me guste el frío, tu figura pertenece al olvido. 

¿Qué cosas prometiste y no cumpliste?
¿Dónde estabas que no permaneciste?
El animal del hombre tuvo hijos y los dejó a la hembra; 
así renuevan el tiempo inextinguible de los vivos.
Quizá no estabas hecho para padre, quizá te acobardó la valentía 
del cachorro que abre la boca y llora 
o de la madre que cumple travesía. 
Te fuiste. Fue mejor, era otro tiempo 
donde ya no cabían tus licencias. 

Antes se dio aquello; se me oculta 
tu cara una mancha, y mi hermana que llora 
encerrada en el vasto recinto de la memoria. 
Aunque ya no la veo y aunque ya no la escucho, 
se que alguien lloraba y todavía llora sin cesar. 
(¿No es acaso el recuerdo una caja de hierro?)

Pero se que ha venido la miseria, sin color y sin forma, 
inundando rincones que se creían a salvo. 

Allí habitan las cosas ignoradas, 
las que no se preguntan y no saben 
ni quien las vivió ni quien las guarda 
en la profunda celosía del silencio. 
¿Acaso no callamos lo que sabemos?
y otros no saben y no sabrán nunca 
porque no fue necesario y ya es muy tarde. 
Anocheció ese día, se ha perdido; 
solo su huella queda sobre el brazo. 
Habrá fundado el día, torcido el curso. 
Habrá gritado y roto un cántaro hasta el fondo 
de donde huyó la humilde lagartija. 
¿Somos la lagartija, el cántaro o el fondo? 
¿Fuimos de ello testigos o partícipes?

Quizá no fuimos nada. Estábamos 
en aquel mismo aire. Se ha perdido 
ese día que ya no recordamos. 
No es recuerdo, sino un presentimiento 
adivinado y recogido en rastro 
de los gestos honestos de la gente. 
Un vigía de la noche ajena. 
Pero se ha transformado y modelado, 
y aunque puedo dar fe no tengo pruebas 
más que susurros agudos que clavados 
en el augusto silencio doloridos quedan. 

Doy fe de los susurros. Escuchaba 
y ellos vinieron raudos y audaces 
como dos viejos que recuerdan a ciegas. 
Como un perro que busca entre la niebla. 
Me dieron las razones del pasado y los presentes. 
No todas, quizá; pero quizá las suficientes. 

Aquí empieza el silencio. 
Ya no el olvido, confundido o solo, 
como un pájaro dormido junto al río 
humilde de tan solo y tan ausente 
y no todavía frío o yerto o ido. 
Aquel olvido de quien estaba. 

Ahora el silencio vino y creció, 
se aposentó entre el gesto y el recuerdo 
sin labios. Una llaga o una herida 
que ya no sangra más  pero conserva 
la frescura del aire dolorido. 
No me pertenecía, ajeno y vivo, 
estuvo, estaba, perdura todavía. 
Los días se han construido encima. 
O fue una rosa seca que ha quedado en un libro 
sobre la estantería bajo el polvo.
Quien vino y levantó la tapa quizá no debiera 
(o no debía, pero ya lo ha hecho). 

Pero el silencio existe y permanece, 
se regodea en su sueño de verdades sabidas. 
Y en sus alrededores los demás se suceden.
Favorece el silencio algunas existencias. 

Allí llegué al silencio, y no sabía. 
Pero eran tantas cosas esos días 
de las que no recuerdo o recordaba. 
Se que una noche fuimos a otra casa 
rodeados de elementos cotidianos 
como la ropa, sillas, una mesa, 
y una bolsa repleta de muñecas 
que mi hermana olvidaba. 

Esa fue la primera noche alegre 
de la penumbra amable y la promesa 
como de peregrinos que regresan 
al sitio donde nunca habían estado. 
Las muñecas armaron una hilera, 
sus cabellos resecos que vibraban al viento 
y sus dedos deformes levantaron las fuentes de la noche. 
Aquelarre infantil y aliviado. 

Entre los juguetes de mi hermana, 
los que venían de su infancia primera, 
había muñecas regordetas y rígidas. 
Pequeñas muñecas duras como piedras 
y de melenas rígidas, oscuras, descoloridas. 
Una pequeña máquina rosada de costura, 
y otras figuras que ya se me pierden. 

Pero estaba ella, que ha sobrevivido 
al olvido de la infancia y el destierro 
con su tétrica calva desgastada, 
con sus uñas sin filo y sin colores. 
En su vestido habita la pereza 
de lo que existe todavía y apenas; 
como se fue en el pasado ahora queda 
esta dura expresión de la muñeca. 


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Alumna- Profe, ¿qué es esa línea verde? (Señalando el mapa)
Profesora- ¡Ese es el sueño de mi vida!... El Transiberiano. 
Yo ya dije que cuando me jubile me voy a ir en el Transiberiano.
(Fragmento)

El sueño de mi vida es una línea verde,
como una enredadera a través de soledades y fríos
extendida sobre la inmensa vastedad del mundo
pero llameando y quejándose sobre caminos señalados.
Y la blancura de Siberia, la helada mortandad abandonada
solo a los líquenes que en la roca afirman
como una pregunta al cielo su agrestura
que no ha de cambiar mientras el mundo dure.
Han de durar los fríos en la montaña,
y los lagos en el fondo de los valles prisioneros
con sus aguas de secretos naufragados
y nuestras vistas de asombros que nos duran la vida.

Pero ahí, desde los túneles en los Urales cavados por la búsqueda
surge una extensión humana. Una travesía entre los rasgos del mundo.
Más extensa que todas las murallas
solitaria y augusta pareciera como un dios en el bosque.
Así los hombres y las mujeres atravesaron las montañas
contra el desafío imponente del espacio se extendieron
en la búsqueda del mar que siempre queda
al otro lado del mundo, repitiéndose.

Duró generaciones incontables. Las luces y las sombras
se alzaron y decayeron en el cielo,
y las montañas escuchaban el repiqueteo de los martillos
alejándose hacia el este hasta perderlos en la memoria
sin saber en su sueño que ocurrió más allá, entre la nieve.
Pero se extendieron los hombres, el tren transcurrió
atravesando la llanura conquistador y llameante
arrojando al regazo del viento su aliento de hierro candente,
una larga fumata de humo y hollín es la huella
del tren cuando viaja al oriente.
Ahora los pastores lo miran pasar, lo ancianos pastores de cabras
con sus tiendas de pieles y su mundo de ritos dormidos
se alejan de espaldas al tren a través de la llanura.

El sueño de mi vida es verlo todo entonces:
los extensos campos verdes de Ucrania,
las torres del Cáucaso descendiendo al valle del mar,
y el color del Caspio oscurecido y aceitoso
trabajando adentro de la tierra
absorbiendo la sangre de la tierra y aprisionada ahora
en barriles vulgares y sordos arrocados a las bocas innumerables.

Aquella lucha duró generaciones. La larga marcha al este
sobre la tierra cada vez más helada
atravesando los hombros de la tierra.
Los Urales se extendieron asombrados y vieron partir hacia el sol
a los hombres que siempre buscan detrás de los árboles.
Como una travesía en el mar, a través de la tierra.

Levantó los cimientos de la nieve,
despertó el sueño de los caballos que yacían bajo los terrenos.
La tierra dormida sintió una línea de hierro y madera
que reverberó en los rincones del Imperio oculto de la distancia
como una voz de metales que llamó en la noche.
Era un pedido a todas las regiones,
a las tribus que levantaron la cabeza desde su fuego
sin saber de dónde venía el grito.
Y era desde el oeste, más allá de las montañas
desbarrancó en los duros pastos y entró en las llanuras.
El viento abrió la boca hacia la bestia para tragarla
y se volvió hilachas de si mismo contra la espada occidental
que partió la antigua edad del tiempo.
Quizá aquella noche asomó la Luna en la soledad expectante
que ya no estaba sola. Las voces de los hombres
eran débiles y frías sobre la palabra endurecida de la llanura.

Puestos en marcha los hombres atacaron.

Rusia de sangre levantó las manos y en Varsovia
marchó hacia el este cantando en altas voces apagadas
a través del páramo helado en búsqueda humana.
A quedado un camino de muertos a la vera del tren
bajo la mano del hombre, la maldad y el invierno.
Nevó esa tarde, con el sol, copos de nieve azul
enterraron los muertos y el hollín que les cubría.
El tren era un silbido lejano en el viento.

Sobre la amplia tierra florecida, a través de la esforzada Rusia Gigantesca
marchó una vena de metal y humo ardido a conquistar lo inconquistable
para tomar de los campos de Ucrania y Georgia el trigo adormecido en sol,
para llevar los hombres más allá del Cáucaso a la llanura,
y de allí dentro de las montañas abarcar Asia dormida.
Fue como una explosión de vida que duró milenios de paciencia
y los hombres murieron de a millares en la orilla del tren.
Fue como un grito desde la boca ancestral que miraba al sol;
los abetos sacudieron su cabellera y despertaron asombrados
a tiempo para ver una loca alucinación del hierro
como una bestia maravillosa y torpe liberada para siempre.

El tren partió desde las tubas:
la edad antigua rusa cerró los ojos de los zares
en tumbas de piedra y trajes de seda dorada
y luego en sótanos de sangre seca.
Y en San Petersburgo y en Moscú durmieron los días antiguos.

Así el tren partió alegremente, una esforzada tensión del hierro
candente y cotidiano entre los campos
y las ciudades lo miraban asombradas.
Se levantaron puentes sobre ríos,
hasta más allá del corazón asiático.
El Negro, el Caspio, el extenuado Aral escucharon sus voces
y el agua traía restos de metal en sus bocas.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Y pensaré en ti de tarde en tarde,
de rato en rato,
cuando a mi acontecer le falten hojas.
Pero ya no tan pasional y heroico,
sino mejor en el recuerdo bello,
porque ya lejos estas hoy que amanece.
Y cuando vaya verte estarás muerto.

Pero ahora me voy, es primavera y día.
Tal vez en la semana quiera verte,
por media hora de melancolía
detrás del fresno buscaré tu suerte.
De tarde en tarde, un momento a solas
dentro de la infinitud del universo
querré escuchar cuando hablábamos a solas.
Aunque se que no estas, y que no has vuelto.

En media hora de melancolía repetiré
las cosas que decíamos. Total la lluvia
no me dirá ya nada que no sepa.
Y con la lluvia del próximo invierno
voy a encontrarme solo y sin recuerdo.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Encerrados en redes, bajo la oscuridad del mar,
los atunes rojos danzan en círculos y al mar
lanzan miríadas de efímeros navegantes.
Y arriba, sobre el agua los hombres duermen
seguros y felices sin canciones.
Solo las grúas vigilan la ancha oscuridad del mar
expectantes y anónimos carceleras
rescatan del silencio y el olvido la sangre.
Atunes rojos, mercurios atestados de futuros
que vuelven por el mar como se fueran antaño.
Esta noche los atunes viajarán muertos helados
hacia los rincones del mundo iluminado.

Vienen del mar. Han surcado siglos de corrientes
volviendo hacia la costa del Tirreno
y llegan a través de las islas apresurádamente
con sus grandes ojos paranoicos y febriles.
Ningún hombre sabe que espíritus despiertan
y habitan la solidez de su carne.
Solo el mar conoce los temores que han afrontado
cuando asomaron al abismo del Atlántico
y la cascada hercúlea empujó sus ojos al asombro del mar.
Rojos atunes, jadeante brillos del océano
remontan islas, dedos del mar interno.

En el pasado remoto, en los días olvidados
que ahora yacen bajo el derrumbe silencioso de las cavernas,
los hombres construían balsas de troncos
internos en el mar aguardaban en silencio hambriento.
Entonces rompían el silencio, sacudían el agua
hasta alcanzar profundidades ausentes
donde la luz se quiebra.


viernes, 11 de noviembre de 2016

Fray Diego de Landa tomaba cada extensión de corteza
y con un gesto seco puso las serpientes dentro del fuego
que engulló para siempre las maldades y bondades
y hablaba con altas voces al tiempo:
Toda la maldad será conjurada,
toda su pestífera casa revuelta
y liberada la Luna de contemplar,
bajo el ala distraída de la noche, ponzoñas.
Bajo el ascua divina de su celo
una serpiente de madera y agua chisporroteó y se quebró.

Fray Diego tomó un códice de madera
desprendido de la corteza de los árboles
y pintado con blanco de la tierra,
negro de la madera, verde de los árboles
y la roja boca del jaguar
y el azul de la piel de los dioses vivos.
La Luna tenía un registro detallado de sus brazos
y sus manchas estaban guardadas de la lluvia.

Fray Diego tomó las palabras de la Luna
y afirmó su falsedad y su malicia.
Dijo que del jaguar salía ponzoña
como una lengua verde
tomó la figura ancestral sobre las llamas.
Estranguló la maldad de la tierra
sobre el ascua del infierno invocado;
la madera maldita se rompía
bajo el hachazo de la pureza casta.
Ardió el corazón del amate y las palabras
como impronunciables silencios chamuscados
ascendieron a hacerse parte de la noche.

Y Fray Diego reía, y luego estaba solemne
sobre el fuego de los ídolos para siempre malditos.
En la multitud asomaban los rostros
de los conquistados ya beatíficos
y aún malditos por la carga del demonio,
junto a los rostros de los perdonados de por vida
que pisarían la tierra extensa todavía ignota
bajando de las ciudades de piedra y de los barcos
que ya llegaban al puerto y a las islas
a través del mar. Llegaban como gorrioncillos
oscuros y amanecidos, débiles y crujientes
para renacer después del fuego de los ídolo y el oro.

Fray Diego reía ahora, inconmensurablemente
su risa abarcó las estaciones hasta la puerta
de la ciudad muerta junto al lago sagrado
atravesó el umbral y abrió una fisura
en la extensa palma de América neogénita.
Allí, e el cuenco, donde la selva despertó
y con los ojos huidizos en la sombra
vio a la hermandad fervorosa arrojar los nombres
sobre la brasa como una lluvia de antigüedad extinta.

Y de humo Fray Diego tomó la brasa americana,
para siempre cambiada, y satisfecho
la arrojó sobre las multitudes que no verían su rostro
pero aún vivirían bajo su brazo extenso.
Pero en su rostro Diego no lo sabía, esa noche
su rostro era una máscara triunfal
que habría de durar milenios
que habría de extenderse bajo el sol
y cada noche nuevamente conquistaría
en el olvido los nombres quemados.
Pero esa noche Diego, Fray Diego de Landa
no sabía que arrojaba al recuerdo su propio nombre
sobre un monumental silencio de dioses ardidos.

Me alejé del fuego con el humo detrás
entre la selva derrotada que se retiraba ante la ciudad
me siguieron las palabras impronunciables.
Hojas y dientes, una piel de perro,
las pezuñas de un venado clavadas en el barro
se me cayeron de los ojos al río
y este los llevó. Símbolos dentro del agua
entraron a la tierra, salieron al mar,
a mi espalda quedaron desapareciendo.
Los ancianos estaban muertos.

El barro de las primeras ciudades
sosteniendo las piedras murales grises
se extendía como una lepra laboriosa y dulce.
Una extensión de oscuridad y esfuerzo
los hombres construían bajo el sol.

Los libros habían sido quemados,
todos los ancianos yacían degollados bajo el agua
y la sal de las algas crecía de sus gargantas.
Ya los ídolos estaban callados
y nadie podía escuchar sus lenguas enredadas.
En la generación de la tierra estaban olvidados
con los nuevos dolores del azufre, la madera,
del mercurio plateado que ahora manaría
de la búsqueda histérica que comenzaba.

Con la primera voz del fraile cayeron las estrellas,
los valles se incendiaron,
se rasgo la mirada del cielo
y los planetas giraron en círculos ya desconocidos.
Cedieron los espacios del sol y de la Luna,
Venus huyó a esconderse más allá del mar,
de los conjuros y las bendiciones.
Con la segunda voz se quebraron las piedras
y cayeron las escaleras como columnatas de humo
cual elucubraciones de ceniza
una rajadura caminó entre el mundo.
Con la tercera voz se extinguió el pasado.
Se callaron los muertos y ya no respondieron,
sus rostros se quemaron y se diluyeron,
sus pieles se inflamaron y estallaron. Muertos ya estuvieron.

En tres voces se extinguió el mundo,
se abrió como una granada roja
y con el agua, rojas carnes desmenuzadas, fueron.
Purificaciones del agua, de la carne,
del aire sobre la nuca de los árboles cansados.
Purificación de la ceniza vuelta sacra marca
en la frente reverencial de América neogénita,
en la extinción de Huehuetéotl y Quetzalcóatl.

Sin dioses, sin nombres, ausentes las tortugas
que he visto recoger a nidadas blanquecinas
y miles en las bocas castizas rompiéndose.
Cofres de oro líquido en los dientes,
inmensa fecundación de mar y tierra
durmiendo bajo la piel de las islas
y el arrullo eterno y renovado de la palmera,
del arbusto florecido en suavidad y fruto.
Cofres perdidos bajo la mesa en la conversación
y el fuego quejándose de maderas y comidas.

He visto arenas a donde no volvieron las tortugas;
a quedado el mar repitiéndose caricias inútiles
pero ya lame las piedras basamentos de la ciudad antigua.
Estuve ahí, sobre la arena de América cuando no existía
y todas las materias no habían sido hechas
pero existían, puras y sucias, he de decirlo:
ya estaban hechas las materias sin nombre hoy
ya estaban nombradas por su luz, su oscuridad.

Sobre la arena creció una piedra erecta,
muela surgida de la carne total
y en el pináculo chisporroteó la luz del sueño.
Viva la piedra de las ciudades.
Pero los humos habían cambiado y las voces.
Fray Diego dormía, consumido y eterno, lejos del dolor
y su sayo era una corriente sobre la tierra:
el muro de los templos, los caminos de las tierras.
Envolvía a los muertos en la tierra,
susurraba en la noche una canción bajo el espacio negro.

Me retiré a la sombra, y en una cueva
recostado en la piedra, me vi durmiendo.
Afuera ardía la tierra toda.
Europa era una tortuga con la coraza resquebrajándose
y el vientre cubriéndose de llagas.
América como un cuerpo monumental
recibía flechazos desde el mar
y su piel se abría en luces y en abismos;
pero los dioses se evaporaban.

¿Asia dormía? ¿O toda la tierra se abría ahora?
Estoy seguro que se abrían los ojos
en lugares apartados donde el sol huía.
Bajo aquella cueva transcurrí en el tiempo,
y no dormía, escondido en el corazón del Andes
podía aún escuchar los gritos.
Armas de hierro, maderas rotas, piedras en cascada.
Todo lo oí, hundiéndose en la tierra
y ella callaba cuando le pedían
en los altares con lamentos arrojando vino y flores.

América en la parrilla, ardiendo
y bajo el fuego oraciones y gritos.

Sobre las piedras talladas ahora crecieron santificados espacios
y los túneles fueron anegados en barro.

Salí a los valles ciego de voluntad,
y no miraba el suelo cadavérico.
El aire era una masa de cenizas.
Todas las ciudades estaban muertas.

Tenochtitlan, la gran serpiente sobre el agua,
se evaporó en su lago envuelta en fiebre
y sus ojos se volvieron costras sobre la tierra.
Aquella noche triste una ciudad entera se desplomó
y mis ojos ardían de humo y muerte.
Toda esa carne en fiebre no me mató entonces,
pero se desmenuzaba en los espacios de las puertas,
caía por las ventanas como un animal derrotado.

La ayuda de la misericordia completa no habría bastado
si era entonces tanta la sangre muerta
que hubimos de completar la pira con toda la ciudad.
Ardieron todos ellos, y entre el renacer del fuego llegaron con canciones.

No pude ver aquello. Aquella impunidad de las victorias.
Acaso en otro tiempo hubiese estado impertérrito,
y ante la ejecución dado la espalda.
Pero fue tan monumental aquella muerte. Recuerdo
las calles vueltas cenizas, los lagos inundados de finales.
Envejecimos la ciudad y yo en una noche siglos de abandono;
y ella murió antes de ver el sol.
Ella murió, y me dejó en silencio junto al agua.
Los soldados desfilaban cerrados con el hierro y alegres
ante esa maravilla de abundancias,
como un gran cofre de piedras talladas que desbordaba ahora.
Aquí y allá se podía extender las manos y levantar las piedras,
para tomar bajo los nidos de las serpientes muertas sus huevecillos
y al abrirlos caían collares de cuentas y trozos de oro labrado.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

A veces uno queda en mitad de la guerra
y dando manotazos sin encontrar las alas
para volar tan lejos como se pueda.

Entonces caminamos por nuestras propias calles
para recuperar la capa de penumbra
que justifica el gesto donde nos encontramos.
Para volver a ver al árbol que no crece,
a la vereda que nunca termina de romperse.

Volvamos a la cueva, con el portón que siempre
nos defiende la Luna.
*

Ya vez que la alegría a vuelto.
Después de todo no existen las respuestas de la Filosofía,
sino que el mismo día en sí se desenvuelve
y ora nos muestra el rostro, ora nos da la espalda.
¿Acaso eso no enseñan los gorriones?

Nosotros, la tristeza, el agua, la tormenta
somos más pasajeros de lo que parecemos.
Bosteza al horizonte, deja que el agua moje.
Afuera los gorriones hablan su antigua lengua.

Ya vez que la tristeza se quita cuando escuchas
la vieja melodía del ocaso silvestre.
Basta esa algarabía para curar la pena.
*

Cuanto quisiera ser la respuesta al silencio
tan suave y dolorido que elaboras
desde tu gesto firme y convencido
de la necesidad de la paciencia.

El dolor nos aguarda en todas las edades
y siempre nos conquista alguna parte íntima.
No es fácil ser entero en esta vida nuestra
y damos las razones a mínimas cuestiones;
pero ojalá la duda no te inquiete los sueños.
Es hermosa la tarde si llegas sonriendo.
*

Te quiero a mi manera, envuelto de silencio.
Soy tosco y cotidiano, digo palabras crueles,
pro siempre regreso con bolsillos vacíos
donde nunca tus manos alcanzan mi esperanza.
Habitamos extremos de líneas muy extensas
y nunca los desiertos han separado tanto;
pero desde mi celda y en el sol siempre espero
que llegues con la misma broma que ambos conocemos.
*

Demasiado conozco la pena que empecinas.
He visto ya los ojos de la melancolía.
¡No vayas! Esa senda a todos nos lastima.
Te costará la tarde y la sonrisa.


martes, 8 de noviembre de 2016

No me acuerdo tu nombre. Lo perdí
quizá la tarde aquella que escuché mi nombre
y ya consciente de orgullos y dolores
no me di vuelta a responder.
Si me acuerdo tu enroscada figura
que a vos misma parecía estar sujeta;
y las mañanas frías en la plaza
cuando ibas vestida con neblina
de la edad y el desencanto hecha.
Pero tu nombre se me perdió hace tiempo
y no recuerdo más cuando extravié
dentro de mi niñez tus ignorados ojos.

Lo único que recuerdo es tu rostro difuso
y tu paso de anciana en el parque en invierno;
porque ya no me acuerdo la forma de tu habla.
Como otras tantas cosas me olvidé tu nombre,
y te recuerdo apenas caminando en invierno.
Y un día, cuando viejo definitivamente,
al borde de la edad volveré a verte caminando
como esa mañana que hacía frío y eras otra
caminando entre árboles sin mirar alrededor.
¿A dónde ibas, abuela, ese día de invierno?


Los gatos tienen el misterio infinito
de no haber sido corruptos por el contacto
de la mano que los tomó del nido
y en la ciudad depositó la suave carga
de su carne magra despojada de selva.
Pero no llegó el dedo más allá de la llaga,
a donde habita el rostro primero y dormido
del gato primigenio aún corriendo libre
dentro de estepas ignoradas y selvas ignotas.
Y el gato, solo el gato, mayúsculo y terroso,
divino cual una espina nueva,
fresco y sangriento hecho una piel ardiente.
Solo el gato habita los rincones del viento
distraído en pensamientos de agua y murmullos
se ha mantenido a salvo de la llama.
Se ha resguardado del paso en su silencio,
más allá de la voz repite gestos
puros e intactos sin mácula humana.
Incorruptos de sal, de Luna, de cadenas,
tersos y hermosos como una momia bella
huyen de nuestro tiempo como una lágrima.


martes, 1 de noviembre de 2016

La vieja Modesta era una italiana
alta como el viento que nunca cantaba.

Recuerdo una vez que llegamos tarde
y en el pasillo salió a recibirnos.
(A veces los viejos se ríen como niños.)
Tenía los brazos delgados y largos,
la piel como el agua.

Si miran los viejos se los ve cansados,
que los días les quitan el hambre y el sueño.
¿Como es que a ella no le sucedió esto?

Sin dudas que había una fuerza oculta,
alguna manera de tocar la tierra
y ella venía de esas maneras.
Se sentía en el aire su palabra viva,
el cuerpo cansino que habita el espíritu.

Más allá de la hija, detrás de los nietos,
su palabra aguda quebraba el silencio
con la sabiduría del que ha visto el tiempo.
Con la amargura del que no se ha muerto.
Con dulzura a veces, sin que percibiésemos
lo antigua que era, La humana vejez.

Una noche oscura, ¿sería verano?,
le dijo a mi hermana que serían felices
y dándose vuelta se perdió en brisa.
Podía ser discreta y suave y sincera;
o enojarse en una lengua extraña
recitando los estúpidos errores cotidianos
de la hija que nunca fuese suficiente;
de los demás, que nunca eran demasiados.
Pero tenía un encanto, libre y de costumbres,
como las criaturas que envejecen solas
hablando a personas que nunca responden.

Recuerdo cuanto tardaba en alzarse
sobre su figura alta e inclinada:
con los brazos pálidos esforzaba el cuerpo
y llegaba al aire balanceándose.

He olvidado ya parte de su rostro.
Recuerdo su risa, clara y asombrada,
su cabello escaso ondulado rubio,
y la voz antigua. Su voz era antigua.
Tenía inflexiones desde la madera,
cuando se consume crepitando el fuego.

Se murió una noche, lejos de la Italia
esta gringa alta y dura como el viento.
Se murió y quedaba dentro de la casa
un silencio amargo de silencios viejos.
Hasta con su muerte habló la Modesta.

Quise verla un día, llegando a los cielos:
parada en la puerta, del brazo de Pedro.
Su vestido azul cubierto de luz.


lunes, 31 de octubre de 2016

A propósito de un canto wichi.

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
un gigantesco bombo dentro del tiempo.

Padres, morenos padres derrotados,
¿como llegamos sin saber volvernos?

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
una lluvia en el monte y en la tierra.

Padres, morenos padres renombrados,
bailando sin cesar dentro del tiempo.
Wichi, mataco, vilela, toba.
Cantó el indio en el sol
detrás del viento
para que lo escuchase la ciudad.
Vino ella a tomarle los hombros
y lo siguió bailando torpe y dura
como mujeres sonrientes y hombres burlones.

Y el indio levantó la voz bajo la torre
entre cristales de falsa pedrería.
Solo la palmera abrumada de cemento
se irguió al escuchar la voz
cual fuera la del sol en el siglo perdido.
La ciudad danzaba, burda colorida,
alegre entre la luz de tan extensa maravilla.

Cantó el indio acompasado
solemne entre la luz
su blanca camisa se extendía
al suelo y las paredes.
Todos los muertos despiertos escuchaban
desde la espina del monte su palabra viva.

Y fue callando solo, sin augurios
desprovisto de siempre de misterios.
Una oruga extinta que se duerme a inicios del invierno
con la ciudad bailando alrededor.


lunes, 17 de octubre de 2016

Les costó una tarde. Dicen que toda una tarde
de larguísimos treinta y cinco años
tironeando el aire y la tierra hasta desgajarlos por dentro.
Apenas una tarde que anocheció tardía
pero que la bailaron en la nuca de Stroessner
y no sirvió de nada
porque no construyeron una cárcel donde entrasen las pesadillas
que la oscuridad pudiese devorar
y escupir luego flores amarillas en el río.
Porque no dio marcha atrás el tiempo.

Una tarde larguísima y completa
se quebraron las raíces de la historia,
atacaron las manos de los dioses viles,
cavaron bajo el ala de la gloria.
Y dentro del tornillo que sujeta
los pies dorados del Supremo Hacedor
descubrieron al sol casi rendido
la llaga purulenta de torturadas vidas
que esa tarde de treinta y cinco años
se arrancaron de sí buscando el aire.

¡Oh, Padre de la Patria tan sublime!
¡Oh, devorada carne ya perdida!
En Cerro Lambaré aconteció esa tarde
que el Viejo Paraguay lavó la herida
y no sirvió de nada porque los vivos nunca se repiten y los muertos son muchos.


martes, 4 de octubre de 2016

Fueron las mariposas, cuando nadie miraba,
que esparcieron la plaga y se reían
con sus ancestrales risas conspiradas
para estos momentos de desgracias.
Ellas, que habían venido de la Luna
y eran nuestras cotidianas maravillas
de pronto se revelaron viles y asesinas.
Un largo tiempo suspendido en las nubes
se desplomó como una garza muerta.
Lo habían tejido con baba de caracoles
y con luces de rocío. Con la tonta inocencia
de lo que nos asombra y que apenas entendemos
las mariposas lentas hicieron una red
y al vernos dormidos la echaron por encima.
Dormidos estábamos, extendidos y fríos
bajo los aleteos triunfales de aquellas mariposas.


Un hombre en la ciudad
se recuesta en un auto
y se mira en la blanca pared
donde deja dibujado un pez
con caudal aleta luminosa
y un horizonte azul junto a la boca.
Un pez naranja como la tarde ida
que nunca nada y estancada brilla
su solitaria estrella colorida.
Largo río de cemento,
no hay peces que consigan
seguir tu curso envenenado y seco.
Solo la ciudad a venido a crecer
a tu vera sus sueños de imponencias.


Me gustaba José María porque era otro yo,
y solos en el mundo estábamos los dos.
Nunca en mis seis años otro josé me había saludado.
Nunca en toda mi infancia imaginé mi nombre
sobre el cabello ajeno. Y él era otro yo.

Un día vino su padre, macho bravío y en celo,
domado por el áspero filo de la dama
con el lomo partido por hachazos certeros
y una lustrosa mirada de caballejo ebrio.
Desfiló por las calles del pueblo conventillo
con el brazo en las vendas y el ojo malherido,
con el vino saliendo por donde había venido.
Si las mujeres golpeadas así les contestaran todas,
¿qué macho de este mundo levantaría los dedos?

Gloriosa hembra morena, cabellos levantiscos,
donde sembró los hijos los dejó para el mundo.
Y ella tomo el camino que siempre toma el viento:
se fue para los sitios donde ya no se vuelve.
Lástima que no volasen junto a ella los hijos.

José María tenía antepasados negros.
Le había quedado el macumba, el mandinga
en la boca ancha, en los ojos redondos,
en el cabello mota. Se le veía en la cara
el viejo negro de otros tiempos idos.
Y de algún sitio extraño una bondad sin treguas.
Así somos de niños, más sinceros que el tiempo
no damos todavía la mano a la mentira.
José María tenía en sus ojos morenos
la frescura del niño que todavía no ha muerto.

Después si vino el tiempo, y consumió las horas
y aprendimos a contarlo en sus monotonías.
Supongo que creció y ha de tener sus horas.
Supongo que su padre sobrevivió a los vinos;
que su hermana ha de ser una morena enorme,
que su madre ha de estar rodeada de otros sitios.
Solo supongo cosas, porque hace mucho tiempo,
una tarde en la escuela a los seis años
nos sentamos juntos al final del salón
y descubrí que el mundo no era solo yo.


De Flavia yo recuerdo el dolor,
porque había venido del dolor
y al dolor iba. Y era niña.

Una tarde se desató el cabello
como una larga cola de un perro encadenado,
como un río de costumbre teñido de penumbra.
Y de manos delgadas, de niñerías hambrientas,
se peinó sabiamente. Sin pausa y sin escándalo.

Después nos vino el día, que siempre ha sido uno.
El suyo le dio un hijo y le cubrió los ojos.
El mío ha sido este que se mostrara bueno.
Pero de Flavia vino el dolor y quedaba
como una sangre nueva sobre el color del agua,
como su largo río de penumbras cotidianas.

Un día dijo palabras y sacó una cadena.
Una tira brillosa de grilletes de plástico
se le cayó hasta el suelo desde sus niñas manos.
Y por esa mañana se reía a cada rato,
porque ella sabía los secretos del plástico
para hacerlo cadenas ilusorias verdosas.

Después vino llorando, a escondidas lloraba
porque siempre los niños lloran a escondidas
cuando llorar no sirve para nada.
Y en la espalda le crecía una mancha de rabia.
Un mancha más roja que el asombro.
Una larga y roja mancha que latía.

De Flavia apenas recuerdo sus negros ojos negros,
y que nunca olvidó mi nombre. Ella podía
saludar con dulzura y vender pan casero.
Un pan enorme y tosco que yo siempre compraba
sin saber que comía pedazos de esa Flavia.
Ella podía decir mi nombre en voz baja
y yo siempre pensaba lo buena que ella era.
Lo minúscula y sabia que parecía entonces.

Pero siempre recuerdo, más que su rostro flaco,
más que su largo pelo, más que sus manos,
aquella mancha roja que cruzaba su espalda.
Aquella inmensa y roja mancha.

Y no veo los caballos, ni los perros cansados.
Se me borran los árboles. Pierdo de vista el pájaro.
Apenas veo la mancha. Aquella mancha roja
sobre su dulce espalda.


Ella sabe, la casa, cuando llegamos tarde,
o llegamos temprano y sale a recibirnos
de abajo de la mesa como un ratón dormido.
Sabe cuando dejamos la billetera en el estante
y las monedas (pocas) caen en la alcancía
cuanto gastamos y cuanto ha quedado.
Y sabe donde estuvimos y lo que imaginamos
cuando sobre la mesa queda una bolsa plástica,
ruidosa y cotidiana, con cosas necesarias.
Entonces imagina o descubre o ya sabe
como fuimos, que calles cruzamos en la tarde.
Sabe la hora de ida, y la de vuelta sabe.
Y si volvimos solos o nos mandaron.
No sonríe ni dice. Nos sigue custodiando
que repitamos los rituales
y entonces espera que apaguemos la luz
para trepar los muebles y dormirse en la puerta
o sobre los roperos en la caja de cartón.


Y llueve llueve.
Dentro de la lluvia un duende verde.
Un duende verde.

Porque es de noche azul
y ya hace frío.
Y toda la ciudad se ha dormido.

Por eso llueve.
Sobre los techos llueve verde.
Y con el agua llueve un duende.
Un duende con los dientes verdes.

Dentro del agua, sobre las gotas,
sonríe un duende.
Un duende verde.
Un verde duende de dientes verdes.
Dentro del agua,
sobre la lluvia,
llueve llueve
un duende verde
de dientes llueve
verde.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Yo no he visto el mar, y lo imagino.
Como puedo recordar el ojo
de la ballena azul que nunca he visto.


lunes, 26 de septiembre de 2016

Dispárenme en la frente, mariposas de sangre
me brotará la boca como un manantial oscuro.
Todo se irá; mi sangre, la palabra brusca,
el recuerdo y la luz hechos un charco
sobre la sed antigua de la tierra.

Morir violenta y de repente perdiéndose
en una cinta roja e silencio;
y estar sobre la piedra sin saberlo.
Todo no está. Ya todo se se me ha ido.


Agnes Waterhouse
Ejecutada en Inglaterra en 1566 
acusada de brujería, daño y asesinato. 
Su confesión probó que había tramado sus fechorías
en compañía de su gato Satanás.

- Dame una gota de sangre, 
y del mundo quitaré las flores.

- No señor. ¿Que diría mi madre?
Si extinguiese las flores me convertiría 
para servir al diablo de tu tronco 
y perdería mi alma en la impudicia.

- Dame una gota de sangre 
y tornaré de piedra los amaneceres.

- ¿Loca estaré que me susurra el gato?
Oigo su voz girando en mi cabeza, 
y una fuente de mala agua vierte 
sobre mi pálida cabellera suelta.

- Dame una gota de sangre 
y la luz de las ovejas se volverá vileza.

- Solo una gota de sangre de mi palma 
para tu eternidad de desamparo 
y en el engaño que se revela claro 
mi tersa risa se curvara en mi frente.

- Dame una gota de sangre 
y a tu madre continuarás en obra.

- Donde ha dormido el mal su huella queda.
Mira tus ojos en el bruñido espejo 
de mi oración que busco en el retiro. 
Se que me mientes, ayer y hoy lo has hecho.

- Dame una gota de sangre. Nada más quiero
que una gota en la lengua.

- Loca ya estoy, veo sonreír la Luna 
sobre el agua que teje la desdicha 
y me refleja en evasión furtiva 
como quien busca alegrías perdidas.

- Una gota debías. No pagaste
el precio de la Luna y mi sonrisa.
He de vengarme. Vendré a buscarte
con plagas e infortunios en tus cuitas.

- El estaba en todos mis penumbras. 
Se relamía cuando levantaba mis manos de la sal; 
y ahora en el dolor lo veo como una gota 
de sangre pura y plata repujada. 

Me pide sangre sobre la palabra 
y una larga lengua tenebrosa sale de su boca.
¿Pueden verlo? Yo todavía puedo 
como una desesperación sobre la piedra.
Toca mi corazón más suavemente.
¡Salvenme de esta gloria derretida!
He sido yo la que estaba en el aire 
y dentro de la carne rompí una llaga 
como una gran sonrisa de tristeza.
He sido yo, desde la miseria.
He sido yo, como una calabaza 
que crece silenciosa en el veneno.
He sido yo y ustedes lo sabían.
He sido yo y ahora ya lo saben.


Alguien perdió su gata gris en estos días.

A veces ellos mueren y uno queda 
sin saber que decir ni ha donde han ido,
y cuando vuelven con el alma herida
y cuando ya no vuelven de la noche.
Alguna vez quedamos hasta tarde,
mirando el horizonte de los árboles
y ellos no vuelven hoy, y no mañana.

Sufren también y los toca la muerte
sobre el lomo donde roza el viento
les crecen llagas y dolores bruscos
los sacuden un día desde adentro.
Y uno queda diciéndose consuelos.

Creemos encontrar su gris sobre la tierra,
los ojos verdes, pardos, amarillos en la tierra,
sus uñas derretidas en la lluvia que llega a la tierra.
Todo ellos vertiéndose en la tierra.
Y tal vez así suceda, aunque no los alcancemos.

Tal vez ellos habiten nuestros rincones
y lleguen sin sonidos a la puerta.
Quizá los espantó la luz de las ciudades.
Quizá se han ido y en la Luna nos esperan.

De cualquier forma, una vez los vimos sobre el agua
cuando cachorros descubrían la vida
y a nosotros vinieron salvos.
Ahora en la luz los vemos reflejados;
quizá sabemos ya que eran bondades
y a nosotros nos tocó la suerte.


viernes, 23 de septiembre de 2016

Quisiera el hombre, quiere
ser bandoneón y hormiga,
que sus brazos se pierdan en dos alas.
Añora el hormiguero sabio del insecto
que le ha parecido pacífico y voraz.

Quisiera el hombre, quiso
tejer sus telarañas de raíces
y hacerse viejo junto con el cielo
sin dejar de crecer y de morir
en cada otoño con una cara nueva.

Quisiera el hombre, quiere
buscarse una armadura de secretos.
Se cubre con ceniza de volcanes,
con sangre de caballos y tristeza.
Erguido sobre el agua se quisiera.

Quisiera el hombre, quiso.
Reverencias y tigres se destiñó en la piel.
Hundió los dedos ávidos en tierra
pero se le escapaban las hormigas
y tanta gloria ajena no le sirvió de nada.

Quedó desnudo, a la piedad del algodón silvestre.
Se miraban las manos y caían las garras;
se fue volviendo ajeno y solitario y blando.
Desde el maíz vino bondad y carne.

Yéndose al sol iban mujeres y hombres
con gatos que seguían sus pasos, interesados.


martes, 20 de septiembre de 2016

Puedo verla, recitando voces.
Ajenas voces de hacía veinte años
donde yo no había estado
y solo ella podía recordarlas.
Entonces ya era ciega y vagaba
por la casa con las manos frías
siempre ocupada en luces ignoradas.

Y entonces, de pronto sin pedido,
se detuvo a contarme.
Una voz, que ya solo ella oía,
de una niña en otro tiempo
en otra tierra ajena.

Es la voz de mi hermana,
pero hace veinte años,
cuando ese mundo era joven.
Es su voz recitando inocencias
pero se ha perdido.

Mi abuela podía recordar instantes,
pequeños y discretos como agujas
que aguardaban perdidas en recuerdos.
Y ella las tomaba en un descuido
para decirlas sola y aburrida.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Mi tío, el albañil, construye casas
y lleva en las manos la blancura agreste de la cal.
Mi tío, el albañil, lleva en los ojos el verde del monte
y en la voz la sombra del niño que era.
Mi tío construye las casas de otros
y habita los lindes del pueblo.

No canta, no baila, no recita historias.
No tiene pasado. Habla del presente.
Construye las casas donde habitan otros.
Levanta los nietos que los hijos traen y les dice cosas.
Consuela la dura verdura del mundo con pocos favores.

Mi tío es un hombre que huye del mundo
y cada mañana se va a construirlo.
 Levanta paredes, ordena ventanas,
en cada esquina se queda su vida.
Un pequeño trozo del hombre que era
en cada ladrillo queda solitario.

Algún hombre nace para dispersarse:
deja su presencia donde no lo noten.
El mundo lo busca, lo lleva y lo trae
y viejo lo deja al borde del mundo
con el alma dura del que se ha gastado
sobre la palabra dura del trabajo.

Como aquel ladrillo, silencioso y terco.
Enorme y colorado, una piedra dura
bajo la pezuña fría de las ciudades.


Y las miré callado. Yo sabía
que no miraban esto. Ellas veían
un tiempo ya perdido en las memorias
que esa noche después de la comida
les caería de la boca como un cuento.

Así son las nostalgias: un silencio
de hoy para mañana hacerse viento
y pasar entre las cerraduras
de una paciencia a otra.
De su recuerdo al mío. Yo sabía

que esa noche vendrían alegres y risueñas
contándose secretos añejos de guardados.

Pero estaban calladas. Y lloraban
en otro tiempo ya, dentro del tiempo
junto al campo y el carro voces niñas
de las jóvenes que fueron y no eran.
De los días perdidos y dolosos
que ahora nombran nostalgia en el deseo.

Yo callaba. Un muro alto y pardo
era mi vida que ahí sobre la suya sucedía.
Su vida era una cerca de maderas,
una pared celeste desteñida.
Alguna infinidad de amaneceres
que alguna vez se les mostró finita.

Entonces yo y el sol que se dormía
nos quedamos callados ese día.
Después me dibujé un papel:
como una vieja muesca del recuerdo
el cristal de la puerta y el taxista.
Y en el fondo del marco la casita
donde fuese aquel nido de los días.

Yo callaba. Ellas sonreían.
Más ya no para mí ni para ellas.
Sonreían a las cosas perdidas.