viernes, 30 de octubre de 2015

La placidez de Dios que la rodea
le envolvió los miembros en velos blanquecinos.
Debajo de la capa de mesura
que salva al cuerpo de la tierra
la monja se hace vieja e imperfecta.
Quizá el alma se le perdió en los velos
porque los ojos vacuos y pacíficos
desde el talle generoso y grueso
parecen los de un Apis que dormita
perdido en la penumbra de la Luna.

Vagan en la ciudad, culpables y severas
como si fuesen pájaros dolidos
por una lluvia que les dejó la pena.
Quizá ellas aún lloran nuestro olvido
por un antiguo crimen que dejamos
teñido de vestigio y desencanto.


lunes, 26 de octubre de 2015

Cuando yo no nacía todavía
los árboles tenían su lenguaje de señas
y todas las preguntas ya habían sido formuladas
cuando yo no nacía todavía.

Ya los grillos vagaban su mensaje divino
cuando yo no nacía todavía
sobre esta tierra hecha jarrones y colores
por otras manos anteriores
cuando yo no nacía todavía,
pero ya habían descifrado los humores del viento
y la luz de los faros atisbaba la niebla de los sueños
cuando yo no nacía todavía
pero en el monte espeso la tierra daba fuerzas
al último quebracho huido del progreso
cuando yo no nacía todavía.

Ya las hojas cumplían su millón de estaciones
cuando yo no nacía todavía
y tenían más abuelos que los que yo tendría
porque el mundo dejaba una estela de días
y nadaba en el cosmos más antiguo que el cielo,
mas antiguo que el rito de los renacimientos
cuando yo no nacía todavía,
pero todas las cosas ya habían sido dichas.


jueves, 15 de octubre de 2015

Mi madre, endurecida en algarrobo,
construyó una casa a base de columnas
junto a la rama seca, tronchada y persistente
que eligió de memoria y cuidó como un hijo.

Mi madre, catedrática, lavandera y criadora,
estaba hecha del árbol que crece entre los montes,
solitario y agreste, siempre frente a los vientos
que le quiebran las ramas sin arrancar raíces.
Mi madre, la ladrona de libros mal cuidados,
cosechó la dureza de la gente y la tierra.
Hizo surcos parejos, para futuras siembras.
Calculó mal el tiempo y se cimbró los tientos
del mundo que no sabe su nombre ni su calle.
Cuando llegó a Sylvina tenía 30 años,
un nombre, varios hijos, los dolores, los días.
Ya sabía del agua y el hambre, de la noche.
De todo ya sabía. Y en otras que creía.

Mi madre, hecha algarrobo, estaba destinada a las verdades
y en vez de la palabra le sucedió la vida.
Y fue madre y poeta de horas tardías,
lavandera y cantante de canciones perdidas,
morena y solitaria de la tarde y otoño.
Pero nunca caía, si caminando iba.
Hasta aquella hora del perro enloquecido,
del resbalón, del grito, de su bastón de escoba.

Mi madre tiene todas las desgracias encima.
Y toda la dureza. Sabe callar despacio.
Sabe cortar miseria, sabe pintar ternuras.
Mi madre no termina, abarca años ignotos.
Calcula la distancia con medidas distintas,
de esas que solo saben los que han sobrevivido
el cuero al desatino y la mala poesía.

Mi madre viaja sola, no grita ni se queja,
adusta y solitaria, fue madre en las peores épocas.
La he visto en madrugadas de inviernos
cuando las gatas paren y el mundo las ignora
reírse porque sabe que un gato es algo bello
y más cuando, recién inaugurado, ya exhibe garras.

Apenas si decía una palabra la tarde en que la hija
le dijo que era hora y que se iba.
Volvió sobre sus pasos y mucho nos tardamos
en entender que adentro tal vez ya ella lloraba.
No ha dicho que nos quiere ni dice cuando extraña
pero se nota mucho cuando la casa brilla
y en la puerta somos extraños bienvenidos.

Mi madre tiene el alma de la india paciente
que apenas si se queja y que a veces se enoja
como si desde abajo se rajara la tierra.
Tiene esa dureza que el español tenía
para enfrentar océanos de ignorancia,
apenas compañía del perro que no cesa.

Ha sido rescatista, jardinera y astróloga.
La llamaron presumida y esquiva,
quejosa y profesora.
Tiene un curso abierto con las edades que llegan.
Perdida en la penumbra de esta gran telaraña,
nos mira en la distancia con la tormenta propia
del que sabe y se calla.


lunes, 12 de octubre de 2015

Un día voy a tener que decirte muchas gracias,
como nunca hice porque nunca acostumbro
a saludar, pedir, dar las disculpas
que el protocolo usual me recrimina.

Pero nunca te dije que debía
el encanto a tu habla,
la pasión a tu boca,
la ilusión a tu sombra;
porque nunca pudimos decirnos las cosas necesarias
en este divagar de sinrazones
al que llegamos solos
y del que solos nos iremos.

Porque sin duda un día nos iremos más lejos
de lo que hemos estado,
aún las veces que conseguíamos quedar juntos,
y que nos quedará más que decirnos gracias
y no volver a vernos.


sábado, 10 de octubre de 2015

No nos quisimos tanto, si no sabíamos
de que forma querer lo que teníamos.
Somos los dos la forma del olvido
que siempre busca, encuentra y abandona
en un rincón la piedra que encandila
apenas un momento en la sorpresa.

No había entonces manera de querernos
como después quisimos y perdimos.
Vamos siempre mas rápidos que lerdos,
y toda rapidez esquiva el verso.

Pero quedamos heridos y maltrechos.
Mal se llevó la guerra en la ternura
si tanta rabia pierde el asidero
y en la caída nos arrastró a la lluvia,
al frío, a la pelea. A la vergüenza.

Que amarga soledad es la condena
de haber tomada a mal tanta ternura.
Nunca se cruza libre una cadena.
Ahora lo se, entonces no sabía.
Toda la soledad emana de la pena.


"Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado."

La lluvia -Jorge Luis Borges


Algunos han sobrevivido a la intensidad que desmiga los siglos
y llevan aún sus palabras mil veces transcritas
hablando de mundos que hace tiempo perdimos.

Algunos aún recitan en la antigua lengua de los ritos
su furia, su pasión, el nombre nunca suficientemente escrito;
y los oímos vagamente, más allá de nuestros muros
tan esforzada y tercamente levantados
con nuestros nuevos símbolos y palabras.

Sobrevivieron al fuego y la paciencia
les creció como una flor que se reclina
dormida bajo el peso del rocío.
Tanto mirar al cielo desde el agua
sus nombres se pulieron y perfectos,
hechos palabras que susurran versos
aún hablan de la lluvia como si nunca se hubiese detenido.
Hasta aquí y este final de otoño tan tardío.

Que triste Alejandría iluminada.
De cada libro ardió una vida entera.
Cual amapolas secas se nos fueron
a dormitar donde nadie los lea
y nos quedamos solos entre el fuego.
Con los dedos cubiertos de ceniza.
Con la miseria ardida del silencio.


jueves, 8 de octubre de 2015

La alegría nunca sirve para decir mentiras;
pero en cambio Tristeza, mi adorada Tristeza,
tiene adornos y bordados y flores
que llevaría una vida describirla completa.
Y aún así tantos grises nos quedarían afuera
lloviendo solitarios como perros de invierno,
como raíces de mayo, como julio y sus daños.

Ya nunca más tocamos la orilla en esta pena
cuando embarcamos serios y ligeros de quejas
pero la melancolía nos conquistó las cejas
y todo el equipaje son papeles y flores
dormidas y resecas cual viejos faraones.

Mejor tocar la música de la puerta y la lluvia,
del invierno tardío que resiste y se esfuerza
de nuevo en esa rama donde ya el fresno crece
pero sabiendo siempre que no se puede ser.

Mejor mirar los ojos profundos y el bostezo
del mundo cuando crece tan frente a la nariz
dentro de caracoles que huyeron hace tiempo,
como si el Minotauro dejase a nuestros pies
su infame laberinto de tenebrosa muerte.
en estos rinconcitos donde el viento se mece
y donde Ella se duerme tan gris como fue ayer.


sábado, 3 de octubre de 2015

En esta ciudad y en estas horas
el invierno aún no encuentra manera de morirse
como no sea dejando su herencia de lloviznas,
de penas tutelares que nos guíen
aunque no sepamos bien a donde o porqué,
si solo nos pesan los ojos y un poco el corazón
pero seguimos vivos y mordientes.

¿A donde vamos, si todo es adelante?
Con este invierno agonizante donde vivo
que me recuerda cotidianamente
la anciana de la que vengo y que se muere
en otra ciudad tan sucia y tan confusa como esta.

Entonces salgo a mis calles de ratón enjaulado
y en mi rueda costumbrista giro una vez más
como si no muriese lenta y perversamente
esta misma calle desmigada teñida abandonada.

No importa que tan lejos pretendamos.
La muerte siempre sigue más cerca nuestros pasos.
y siempre toca con su dedo lejano y desgraciado
la frente de los viejos que nunca quisimos demasiado.

Como digo, voy camino de agonía
y la tristeza tiene la forma de la torre
con sus ventanas huecas.
En alguna ventana alguien me mira;
mas arriba mi abuela que se muere
y destiñe una inmensa impaciencia.
¿En que ventana estas que no te veo?

Solo esta biblioteca polifémica
que ciega sus ventanas elevadas,
y a donde vuelvo los días en que puedo escaparme,
está a salvo de aquella miseria quebradiza.
Aquí cada libro se duerme en sus propias mentiras
con afán de verdad y de templo, de supremo y de ciencia.
No hace falta gemir si estas salas no tienen corazón o razón.
Aquí por decreto todos somos felices, más vivos que muertos
y el invierno, el otoño, el verano no tocan la puerta.
Que los dioses bendigan esta tonta mentira.