sábado, 29 de agosto de 2015

La tristeza, muchacho, es una rama verde
que solo retratamos cuando empieza a caerse.
La tristeza es el día que nos parece bello
y sin embargo va construyéndose,
por dentro de las horas, en futuras tormentas.

Hoy te ciega los ojos con su brillo de invierno
pero mañana iras a descubrir veranos
con esa risa franca que antes conocimos.

No todos los dolores son eternos,
ya vez como el lapacho florece en cada invierno.

La guerra es una lucha constante y cotidiana
con nuestras cotidianas soledades ,
con nuestra propia forma de encontrarnos verdades.
Pero aún la tormenta se cansa de corrernos.
No falta tanto tiempo para la primavera.

*

Ya vez que la alegría a vuelto.
Después de todo no existen las respuestas de la Filosofía,
sino que el mismo día en sí se desenvuelve
y ora nos muestra el rostro, ora nos da la espalda.
¿Acaso eso no enseñan los gorriones?

Nosotros, la tristeza, el agua, la tormenta
somos más pasajeros de lo que parecemos.
Bosteza al horizonte, deja que el agua moje.
Afuera los gorriones hablan su antigua lengua.

Ya vez que la tristeza se quita cuando escuchas
la vieja melodía del ocaso silvestre.
Solo esa algarabía te quitará la pena.


viernes, 28 de agosto de 2015

A veces uno queda en mitad de la guerra
y dando manotazos sin encontrar las alas
para volar tan lejos como se pueda.

Entonces caminamos por nuestras propias calles
para recuperar la capa de penumbra
que justifica el gesto donde nos encontramos.
Para volver a ver al árbol que no crece,
a la vereda que nunca termina de romperse.

Volvamos a la cueva, con el portón que siempre
nos defiende la Luna.

A veces la batalla nos mezcla entre sus filas
y somos el soldado que elige la carrera.
Tal vez estamos hechos para la paz augusta,
para batallas últimas que si nos necesiten.
Mejor vamos al silencio, donde dormir podremos.


Y los hombres que se adentran en la tierra,
peregrinos de sal, talladores de roca
que buscan en la entraña de la carne
la luz de las estrellas hecha piedra.

Hombres desnudos que corren
bajo el paso conquistador del Sol
diciendo la curva audaz de la gacela
en lenguas de agonía postrera.

Los descendientes de los sobrevivientes
que sortearon la arena, el sol y las cadenas
hoy viajan por la mar buscando madrigueras,
cavándose el camino con túneles marinos.

Que sangren los que oponen las rodillas al viento
de esta generación asesinada empujando
sobre la ruina vana de la piedra
hacia una luz que nos desconocemos.



jueves, 27 de agosto de 2015

Dios y Yo somos dos viejos enemigos
que nunca se quisieron
pero que igual soportan
la carga con que el otro le quita la paciencia.

A veces él me llueve o se enoja en el sol,
a veces yo le gruño y le quito adeptos por un día.
Pero nunca dejamos de vernos en la calle,
en la feria que corre junto a la avenida.

Solemos descubrirnos cuando marchamos juntos,
solitarios y juntos descubrimos el final del invierno
que tanto esfuerzo cuesta a los gorriones.
Y entonces sin decirnos, con la mirada tosca,
dejamos que nos junte la Luna.
Ambos sabemos ya que la belleza tiene sus reglas de silencio.

Yo nunca he comprendido su afán por los misterios,
donde siempre ha querido guardar la fe de los honestos.
Y nunca he perdonado que estuviera tan lejos
para ignorar los gritos de un gato asesinado.

Pero el no comprende mi terca resistencia a su esperanza muerta
sobre los hombros roídos de la calamidad.
No es dios de exponer sus razones.


martes, 25 de agosto de 2015

Resistencia es hermosa al final del invierno.
cuando los lapachos florecen 
como campos de batalla 
donde los soldados huyeron 
dejando la tierra cubierta de vendajes.

Hemos sucedido el inverno y vamos sin caminos
bajo el sol que nos ciega los perros, 
y en la calle perdida encontramos la vieja
que se duerme en el sol mientras llueve la sangre de la tierra.
Tal vez ya encontró la paz bajo la lluvia 
cuando sin dientes vaga y su collar perlado 
que le adorna el cuello 
como si fuese blanco pelaje decaído.

Que ternura infinita a veces manifiesta 
la tarde cuando crece sin que la notemos, 
tan brillante y discreta sobre nuestras cabezas.


viernes, 21 de agosto de 2015

Mis lapices esperan que al arte me descubra.
Es enojoso estar vacío de pensamientos.

Podría comenzar a rayar un papel
y colgarlo del clavo que un anónimo inquilino
clavó en hoy mi pared para nadie sabe que
y después exclamar que belleza esa linea que nunca se termina.

Voy a los rincones de laberinto donde paso mis días
y en el viejo escenario recitar inconductas
palabrería de tonta decencia decadente.

Podría si pudiera decirme cosas bellas
como ágiles manos, ojos de escarabajo, ratón dentro del viento
que mece mi impaciencia contenida y mordiente
pero en realidad no puedo describirlas
y afuera el día no llueve para justificarme
esta tristeza gris que me consiente.


jueves, 20 de agosto de 2015

¿Porqué tu lengua titubeante toca
mis palabras escritas y olvidadas
cuando por suerte nos encontramos
este conjunto de preguntas y tu risa?

¿Porqué tus manos pálidas profanas
irrumpen mi escenario que declama
como un actor borracho de certezas
su lista interminable de preguntas?

No entres, que esa puerta no ha sido hecha para ser abierta.
Pero tu lengua toca mis palabras
quebrando el aire en infinitas inflexiones.

Estos oscuros rastros de indecencia
tales no son por que en tu mano surgen
y como ríos sobre una piedra tímida
bañan la tierra donde me sostengo.

Allí te quedas en tu rincón estático.
Tu mano no me alcanza,
tu lengua no me lee.
Vas dando tumbos hasta mi penumbra.


jueves, 13 de agosto de 2015

No pude describirte nunca.
Nunca llegué al umbral donde vivías
para mirar tu caminar sin velos.
Estabas siempre lejos en la ciudad y el día
y más cerca llegaba más te ibas
a parajes incómodos donde no me admitías.

Apenas vi la Luna desde la ventana
cuando intuía que en tu distante torre iluminaba
aquel balcón abandonado al viento.


martes, 11 de agosto de 2015

Los santos también tienen pensamientos impuros.

Lo se por que lo soy.
Decidme que no es esto una vida beata
y mentiréis al rostro de mi celda y mi biblia.
¿Acaso veis que duermo sobre esteras y migas?
Mi mesa es esta fila de hojas y de risas.
Yo solo digo gracias al sol y a la ternura,
y vuelvo a casa triste cuando un perro fallece
perdido en la vereda insana de la vida.

Decidme, ¿no soy santo?
Humildad no me falta
cuando no callo al resto que fingen ser felices
sobre el asesinato de los grillos.
Mis diamantes son sal sobre la mesa.
Soy monje, mas no cubro mis dedos de oraciones.
Venero a la paciencia del fresno cuando crece
y doy ropa a las indias que en mi puerta desfilan.

Pero a veces maldigo y contesto con una voz solemne
los pedidos de auxilio que dan mis compañeros
para fingir que soy aquel omnipotente.
Es gracioso ser Dios cuando nunca podremos.

Mi vanidad aumenta cuando recito salmos,
frases etéreas viejas pero trozos de viento,
hasta llegar a la vergüenza de perder la decencia
y sonreír chocando hojas de enero.


Entonces se apagaron,
hasta volverse obtusos y borrosos
en distancias que no tienen remedios.

Les surgieron las quejas,
la moral, la decencia,
la miseria tranquila del bicho que se aquieta,
el rincón cotidiano de su parca presencia.

Y no podemos verlos
como veíamos antes
su paso conocido,
tal ves melificado por la cercanía.

Ahora ya conseguimos odiarlos,
apartamos su gesto de descaro
en su palabra tonta
su vanidad se cuece
humeando como plato
de misera presencia.

Pobres, tan miserables
que ni ven el espejo,
que no ven que lo quiebran.


lunes, 3 de agosto de 2015

Alfred Date es el hombre más anciano de Australia.
A sus 109 años de edad pasa los días tejiendo suéteres de lana 
para los pinguinos que nadan en aguas contaminadas con derrames de petroleo. 

Teja, viejo, teja que la garza ya levanta vuelo.
No viaja hacia el París de la ternura
sino a anidar en los techos de la China
donde los niños construyen castillitos
con bloques de petroleo colorido.

Usted no se detenga, los pinguinos 
aún marchan elegantes y ceñidos
a la muerte del frío y la locura,
tan firmes cual soldados todavía.

No se detenga, se mueren los soldados
cuando naufragan, yertos y ateridos 
a la voracidad de los océanos.

Y en los nidos distantes de los hielos,
bajo doseles teñidos de ventisca,
gruñe el Emperador de las escarchas
cuando caen sus soldados de la vida
hacia la marejada de la sangre 
que la tierra destila en sus entrañas.