jueves, 5 de febrero de 2015

No vayas donde nadie podrá seguirte nunca.
No vayas a la sombra del jardín y el recuerdo,
distante como un sueño al que no pertenecemos.
No vayas a la sombra del rosal y la luna,
que son verdes los días que aún están por venir.

Tus huesos se desmigan, tus dientes se carcomen,
la sangre se reseca y quiebra en polvo azul.
Estamos infinitamente tristes esta mañana gris.

Es profunda la tumba de la muerte y tu garra,
no crecerán los arboles en donde duermas tú.
No nos dirás de nuevo que ha llegado la tarde
cuando el próximo día no tengamos tu voz.


Me gusta la ciudad cuando no finge
que tiene corazón o que está viva.
Me gusta la ciudad cuando no tiene nombres
y los gatos, emancipados de las sombras,
trotan a sus reuniones secretas.
Me gusta la ciudad cuando los muros no frenan a los arboles
y los amantes van entre la brisa;
y, solitarios, vamos hacia ninguna parte.