martes, 26 de noviembre de 2013

Persisten, ajenas al diluvio y la certeza,
allí donde el filósofo las niega,
a donde reza el hombre antes del sueño.

Debajo de las piedras, sosteniendo las puertas,
más allá de todo lo alcanzable.
En donde solo llegan el frío y el silencio.

Son aquello que nunca encontraremos,
el tesoro de nadie, la pasión de ninguno.
Acaso sean lo único que sabe el ignorante.

Contradicción, misterio, respuesta sin pregunta.
La existencia más vana de toda la existencia.

Si acaso se reflejan en la mirada fría de los gatos.


Al otro lado de esta ciudad salvaje,
seguro guardia de un almacén cualquiera,
un gato espera de frente a la avenida
a las amas de casa, eternamente rubias,
que lo ignoran y compran el arroz de mañana.

A veces algún niño intenta levantarlo,
ayer un hombre le acaricio la oreja.
Le es igual, le son indiferentes
desde la admiración hasta el rechazo.

¿Por qué razón persiste en esa guardia?
¿Qué es lo que espera?

A veces las señoras descienden de sus autos comunes
y compran sinnúmero de bolsas de colores.

El gato no las mira, ellas no tienen nada.
Observa, metafísico, la tarde.


Hay en la luna un gato de ojos azules.
Baila cuando se levantan las estrellas.
Se asoma hacia la tierra
y arroja hacia los ríos su mirada.

A veces llueve azul y el gato ríe,
a veces sopla el sol hacia la Tierra.
Camina sobre el polvo y borra con la cola
las huellas de aventureros y astronautas.
Maúlla hacia las nebulosas y espera que respondan.
Audaz, se acerca al lado oscuro de la Luna.

Le tiemblan los bigotes cuando encuentra
que lo miran, tan altas, las estrellas.
Con el sol del verano, dormita el caracol.
Aguarda que regresen aquellos días mejores
en los que aventurarse hacia el césped y el viento.

Ignora a las hormigas que se afanan
buscando interminablemente el azúcar del mundo.
Al aire los gorriones, ensayan un destemplado coro
como si no tuviesen motivos de tristeza.

Se cubre el caracol con su coraza
de petrificados sueños de amapolas.

sábado, 23 de noviembre de 2013

No se como decirlo.
Es como esos secretos que se guardan
porque no tenemos las palabras
para poder decirlos.

No se como empezar. Es demasiado.
A veces el silencio y la mirada son el mejor lenguaje
para contarle a Dios de lo que amamos.

Es que tan bellos son sus ojos,
que me tiemblan las manos,
y le digo que sí.

No se como decirlo.
Se parece al milagro que los demás esperan
en el viento, en la lluvia, en el aire que duerme.
Yo encuentro el milagro en esos ojos claros
y cada día espero que me encuentres.
Es muy triste saber que no nos será eterno
este día, estas horas de inesperada juventud.
Es muy triste saber que matarán los años
el rostro  altivo y bello que hoy exhibes,
como si no tuvieras conciencia del mañana.

Es muy triste saber que el joven que conozco
se agota en esta primavera de vanos garabatos.
Es muy triste darse cuenta a tan temprana edad
que los días se terminan demasiado de prisa
y que cada momento ya solo pertenece
al tiempo distraído de la eternidad.

Aunque tal vez, más triste sea comprobar
que no me pertenecen estas horas felices que te hacen reír.

martes, 19 de noviembre de 2013

Cuando te pierda, definitivamente,
¿será terrible ser en el olvido?
Tengo temor de días en los que no recuerde
ya no más tu alegría o tu silencio
Tengo temor al día en que despierte
y ya no pueda recordar tu rostro
ni el perfume que hoy desorganiza
la estoica línea de mi contemplación.

Y más aún temo el momento aciago
en que resigne la memoria al olvido
y elija no volver a buscarte.
El día en que te pierda, definitivamente..

domingo, 17 de noviembre de 2013

He buscado el amor en la ciudad,
en los ojos perdidos de la multitud,
en las calles dormidas bajo el sol,
con el heroico esfuerzo de creerlo posible.

He esperado chocarlo en una esquina
o despertar como si ya estuviera desde siempre.

Como el perro perdido que gime hacia el hogar, espero aun,
paciente y convencido, a que me encuentres.
Llamamos Dios a todo lo mayúsculo,
a todo lo que viene de la sangre,
a aquello que se explica con la noche.

Llamamos Dios al trueno porque el aire
es lo único que nunca conquistamos,
Llamamos Dios a aquello que, mayúsculo,
se escapa desde siempre a nuestras manos.

Llamamos Dios al mítico gigante,
a la canción primera, a la respuesta.
Dios es aquello que nos salva de nosotros,
de la certidumbre y de la duda.

Dios ha de ser la más perfecta forma del olvido.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Resido en el espacio altivo y distraído
que priva a la tristeza.

Abitamos un limbo de amaneceres bellos,
pero vanos y tristes, como flores de plástico.

Tengo un sendero estrecho que lleva al corazón y a la penumbra
del otoño, ese gato que dormita cubierto de pasados.

Somos pétreos testigos del carnaval y el agua,
lloramos cuando dicen que ya empiezan los fríos.

Describo una tristeza que no me pertenece,
soy posesión, mas no dueño de estas lágrimas tibias.
Cuando era niño,
es decir, antes de esta falsa barba y la ironía,
encontré casi por casualidad a esos dos monstruos.

El demorado final de aquella infancia
revistió sus aventuras de pereza
y durmieron un día, creo que era otoño,
el olvidado sueño de los justos.

Cuando era niño,
es decir, antes de este largo verano adolescente,
tenía siempre a mano un par de monstruos.
Eran caminantes del pulgar y el meñique;
y para hablar, el indice y el mayor.
Ya no recuerdo bien cual era la función del anular.

A veces caminaban, hasta volar podían,
si estaba el sol en la versión correcta.
Inventaban historias de locas correrías,
describieron un mundo de colores chillones,
donde hasta las sombras sonreían.

No espero que retornen, ya no hacen falta.
Pertenecen a días de amapolas,
al empolvado estante donde aguardan
las nubes amarillas de los sueños.

Se ejercita el malhumor desde mis gestos,
cuando recuerdo cada gesto ajeno.

Ya comienza a cansarme este necesitarte.
Esto de esperar y no encontrarte
y no poder saber si llegue tarde
o si nunca hubo cita..

Empiezo a hartarme de tener que mirar
y no acercarme.
Ya es un poco injusta esta condena
de inútil esperar y de esta pena,
que persista y refuerza su tristeza
contra todos los chistes que me cuentan.

Hoy no tengo el animo de risa,
ni la paciente espera del que sueña
con el pronto milagro de la caricia.

Ya se agota mi fuente de ironías,
se me alargan inesperadamente las penumbras.
Hay un grito enroscado en cada abismo
y un abismo pegado a los zapatos.
Estoy atado como Sísifo a la roca.