jueves, 21 de septiembre de 2017

Este año ciento veinte millones de cangrejos irán a Navidad
y cavarán cuevas en la arena para multiplicarse como espumas.
Los ancianos en islas cultivarán los diques
que protejan los huesos del mar.
Y una marea roja liberará a las ostras
que en las costas del Índico cultivan dentro de jaulas.

Este año se extinguirán los rinocerontes,
morirán tres ballenas bajo el sol de una playa.
Una planta de menta extenderá retoños
sobre la piedra aguda del edificio roto.


Mi profesora de filosofía era una mujer de corazón partido
que en la apatía de la lección insulsa encontraba la paz de la derrota.

Y una mañana un grillo, o un escarabajo, o una mosca sin luz,
fue caminando hasta su pie derecho con el espíritu huidizo del perdido
que entre la masa humana del cemento no halló escondrijo.

Y ella, que relataba una lección de voces extintas,
sin un gesto ni un grito lo pisó en las espaldas.
Contra el suelo crujió el animalito.

Así ha de ser la vida cuando pierde sentido.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Fue el centauro a la roca para mirar el agua
como un arbusto más sobre la tierra;
el pálido reflejo no lo miró a los ojos.
Una pequeña aguja lo tomó entre la hierba
junto a la planta noble del corcel.
Es el veneno agudo del escorpión,
hijo de la oscuridad y del acecho
llevó su carga de dolor hacia el pecho
de tan magnifica criatura.

Aquí su cuerpo se arrastró en la arena,
bramaba poderoso entre las piedras
apenas con sus manos contra el resto
que el mar informe ha echado fuera.
La cabellera augusta se humedeció,
esquirlas de amarga sal sobre su pena.

Yace el centauro, magnifico en la muerte
no ha borrado el agua su monstruosa belleza.
Sus hombros son dos caracolas pálidas,
su corazón es una túnica incendiada
que ardió dentro del cuerpo consumiendo
la fútil carne y el olvidado espíritu
de esta criatura muerta.


domingo, 20 de agosto de 2017

Yo no te miento, Josi. La recuerdo
blanca y fría sobre la mesa, muerta 
cuando alzó la mañana de su mano 
no llegó a ver la noche entrando por la puerta. 

Mi madre se murió en un solo día 
que no se apaga todavía. 
Hoy ya no veo los rostros de mis hijas, 
pero su muerte blanca sobre la mesa 
se ha quedado grabada en la tristeza. 

Un solo día empezó con la mañana 
cuando ella salió oscura y fría 
hacia la luz del sol que la tomó imprevista 
para seguirla en los rituales diarios. 
Este mismo sol en esa tarde seca
recorrió ausente el trozo de cielo 
y antes de caerse estiró una mano 
que tocó el corazón de la mujer. 

Un solo día bastó para dejarla fría 
como una sombra más entre las sombras 
que vinieron a verla demoradas. 
Antes de hacerse noche se había ido 
y ni la propia noche lo esperaba. 
Vino a la puerta con la voz en alto 
y quedó muda por el blanco espanto. 
Sobre la mesa mi madre velaba 
su propia muerte inesperada. 

Sobre la mesa mi madre pálida 
es una sombra más de la añoranza. 
Yo la recuerdo ahora, puedo verla; 
y se parece a un sueño en la mañana.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Primero el viaje, el viaje, el viaje
vuelto llanura y sol y anochecer en movimiento
más allá el horizonte espera
su columna de hormigón y de acero.
El viaje es una espera inmóvil,
como una hormiga muerta bajo el viento,
como una flor que solo se abre de noche.
Es la llanura que se exhibe y esconde
con su huella de humanos olvidados,
aquí un puente oxidado de un tren extinto
y allá una extensión de arbustos apagados.
No sucede nada, nada se espera;
el colectivo es un gusano mudo y rígido
que come viento y sol y anochecido.
El sueño desciende desde la alta oscuridad del cielo,
toca la luz y la retuerce y quiebra
los espacios de sol ahora son sombra
que crece desde las esquinas de las cosas.
Es la noche que crece nuevamente
sobre la seca piel de los caminos.
Así el gusano prende sus grandes ojos luminosos
sobre su frente esparce luz y guía
nuestros cuerpos dormidos hacia el sur.
Atrás quedan ahora los patios inundados de Corrientes
y el verdor de la tierra junto al río entra en la noche.
El gusano avanza, como si fuese un tren o un tiro
que entre la noche ha quedado libre
busca el extremo del camino.
A su vera los pueblos se encienden y suceden,
se ven ventanas de colores, las voces de otros hombres
quedan atrás. Todo se acerca y luego abandonado
queda pasado en el esfuerzo ronco del gusano metálico
que come y come tiempo, viento y frío.
El cielo es gris y altivo, la tierra verde y fría,
las ciudades del hombre son pequeñas
y el gusano no detiene su paso para verlas.
Queda tanto paso todavía que apresura el suyo
bajo nosotros impulsa su brusco corazón y corre
sin cabellos y sin gritos es una bestia urgida
cuyo destino queda en un extremo de la tierra.
Noche sin luz de Luna. Sin estrellas
que se asomen desde sus cumbreras.
Entonces es el sueño, que no tiene principio
porque llega cuando nadie recuerda su presencia.
Nos consume el agobio de la espera
y bajo nuestro el gusano bebe aceite
para encenderse y darse impulso dentro de la noche.

Milagro, luz y piedra. Piedra inaccesible
que se cubre de luz y de cristales.
El camino se ensancha sobre la orilla
donde el Paraná termina su voz solitaria
para tocar la luz de la ciudad
que ella viene a su orilla para beber humedad con su piedra.
Trae en la frente luces y una corona
de metal retorcido que la sostiene sobre el espejo
quebradizo donde el Paraná cae en aguas ajenas.
Es un sinfín de luces, un ejército eléctrico
donde se adivina el laberinto dormido de la ciudad.
Su borde pétreo junto al agua.
¿Que miles de individuos duermen en su vientre?
¿Quien despierto ve llegar este animal de chapa?
Algún ojo nos sigue sobre el puente
y ve como cruzamos expectantes este borde.
Hasta el gusano toma un respiro vaporoso,
cruje su piel, su vientre oscuro nos lleva adormecidos.
Y entra en la ciudad.

¿Cómo es la ciudad? Se parece a una mole
que dormida es más fría. Tarde es noche.
Sus edificios se agigantan sin reposo
y sus abismos encierran gritos retorcidos.
Tiene un camino iluminado y duro
donde el gusano nos lleva presuroso.
Así, nosotros los más nuevos,
los que nunca hemos visto capitales
donde el hombre se creyera eterno
despertamos a mitad de la noche y abrimos las ventanas.
El asombro desciende de las torres
y trepado a los hombros de la autopista
se descubre su rostro de gloria reluciente.
Ningún muro se parece a esto.
Aquí la piedra creció hasta alcanzar el cielo
y la voz y la mano de los hombres construyó cuevas bajo el viento.
Los caminos más anchos traen el mundo hasta el corazón de la ciudad
y desde el mar otros hombres traen los dones de la tierra.
Pero ahora duerme, toda piedra está iluminada
pero dormida y sola. Abandonada.
Descubrimos los edificios de otras épocas,
aquellos de los que sabíamos sus nombres y sus rostros
pero aquí están durmiendo solitarios.
Esta inmensa avenida se ha quedado sin gente.
La ciudad se abre y se multiplica,
sus caminos ascienden y se acumulan
mientras la hiedra crece en muros resguardados.
Luz, luz, luz sobre la piedra dormida.

Y oscuridad, rincones de ella junto al camino
donde el hombre pobre, el miserable, construyó su nido.
Como un hormiguero desarmado por el pie del niño,
como un terrón de tierra arrancado de la la llanura es
la villa en el espacio de la ciudad dormida.
Sus ventanas iluminadas se asoman a la noche
y al borde del camino el gusano también ya las ignora.

Los grandes edificios de la gloria ocultan el cielo gris,
sus lámparas confunden a la noche.
Como destellos surgen entre el humo de la euforia
y luego a diestra y  siniestra quedan detrás nuestro.
El gran teatro clásico, sus muros grises;
un obelisco blanco como un hueso absurdo;
Don Quijote surgiendo de la piedra en bronce;
un estadio monumental y vacío a estas horas;
la belleza del vidrio sobre el mundo.

Salimos de la ciudad, atravesándola
y el camino se rodea de nuevos árboles.
Los muros retroceden y se disgregan;
pareciera que el gusano busca un camino oscuro
intoxicado ya de tanta luz y altura
ahora nos lleva hacia el corazón de la noche
fría y húmeda, lo recibe en su seno adormecida.
De nuevo el sueño camina en el pasillo
y toca nuestra asombro con sus dedos tibios
hasta rendirnos sobre el incómodo puño de los sillones.

Ahora dormidos, la oscuridad cede en algún punto
y el día se desenvuelve sobre la tierra.
El camino es invariable pero hay pequeños árboles
y casas junto él. El borde de la urbanidad.
Con el día entramos en la ciudad de plata,
como los primeros viajeros de la noche.
El camino se vuelve opaco y cotidiano,
apenas una calle más entre los edificios.
Pero engañoso, ya nos lleva hacia el mar.

El mar, criatura fabulosa extendida y de murmullos hecha,
tuerce el avance del camino y lo empuja dentro de la ciudad.
¿Pero quien mira el camino ahora?
¿Que espíritu mirará la obra del hombre?
El mar, atlántico, llega a la piedra
y es como una mano majestuosa
que quiebra el filo de la llanura
para dejar su esfuerzo junto a nosotros.
Es bruma y frío, espuma repentinamente pura
sobre la piel curtidamente hosca de la piedra.

Y un instante después el gusano nos lleva dentro de la ciudad,
las avenidas grises están abandonadas, los árboles sin hojas,
las altos edificios no tienen quien se asome.
Solo el viento transita los espacios urbanos
llevando entre sus dedos una garganta helada
que descarga en las calles una piel color plata.
La distancia es brumosa, el silencio hace espacio,
cada venida nueva es justo igual a otra.
Tantas torres vacías y tan pocos árboles,
esta ciudad es triste, con su bruma sin gente.
Hermosa cual una perla burda, la soledad la cubre.

Que ciudad mas bella y triste. Ella se camina
en los senderos al pie de sus torreones.
Cada torre tiene una puerta y cientos de ventanas sin flores.
Los árboles desnudos son filas secas junto a las avenidas vacías,
y tras el cristal los cocineros esperan el verano.
Una ciudad hecha para multitudes que hoy no han venido,
me mira ansiosa de que tome sus adornos,
que me siente a sus mesas y tome sus comidas,
que entre en sus caminos ávido y febril.
Pero es invierno, la multitud se ha ido
y yo no alcanzo a reemplazarla.
Puedo vagar entre sus monumentos y descubrir
las estatuas cuyas espadas de madera tiemblan,
la dura ausencia de los lobos de piedra.
O que en la costa vengan las gitanas de tobillos helados
a ofrecerme bendiciones y miserias.
No las escucho ya. Rápido uno aprende
el lamento universal del mendigo que pide una mentira.

He venido hasta el mar con mi impaciencia
de viajero obligado y tristón.
Cuanta belleza hay en la piedra húmeda.
Cuanto viento puede apoderarse de una plaza sola.
Mar del Plata en el viento es una ciudad vacía.
Pocos dioses conocen esta maravilla;
puede sentirse en la plaza la ausencia de aquellos que vinieron antes.
En verano ha de ser un refugio de luz,
una marea de humanos corriendo frente al mar,
como un multitudinario ritual.
Pero es invierno y huele a humedad.
Pero es invierno y la soledad la ha vuelta bella.

He venido hasta el mar. El viento frío
arde en la espuma del agua y dice cosas
mucho más viejas que la piedra bella
con la que el hombre ha erigido muros.
Sobre la costa corre un alto cerco
y al descender al borde, junto a la arena,
la ciudad es un rostro altivo y rígido
como una escalera de hormigón al cielo.
El mar viene de Oriente con su voz.
Es más frío y sonoro que los ríos,
sabe que él no pertenece y pide
ante la piedra una rendida arena.
Pero la arena ha sido resguardada en pequeñas bahías;
y a su mano quedaron solo rocas
con los nombres de otras manos grabados.
A la costa vinieron otras gentes
a dibujar en piedra su llamado
y el mar las borra diariamente
cuando alza su voz sobre la guardia.

Aquí el viento es tan frío y antiguo
que la plaza de piedra pareciera aún más abandonada.
En la espalda del Gran Almirante toca el viento
con su propia voz un mensaje sin pausa y sin traducción.
Brown de espaldas al mar y al viento
desenvaina una falsa espada
que el vendaval desprende del cabo con su aliento cargado de sal.

El resto de la ciudad es solo casas húmedas;
sus ventanas cerradas y mudas
se ocultan de la costa cercana
tras las torres vacías.
Sin su cerrada soledad sería como cualquier ciudad a oscuras.

Más allá de la costa han despertado
los caminantes, los que no se han ido.
Los que en invierno viven bajo el viento
salen a las calles y hablan y viven.
Las gruesas torres ocultan del viento
una ciudad que permanece, como una tortuga.
Su alta catedral vacía, en cada esquina un santo,
tiene los muros secos y escondidos.
Junto a sus gruesas columnas cuarteadas
un ángel de hormigón ofrece agua.
Y el techo ha sido cubierto
con una red de plástico para evitar que caiga el cielo.

Solo en sus shoppings la ciudad se anima,
pero las baratijas de metal y plástico
cobran un precio de alevosía para su pobre gracia.
Los hombres y las mujeres compran aquí su ropa
por que los precios caen cuando la ciudad queda vacía.



(...)


jueves, 3 de agosto de 2017

En un barrio en la ciudad una mujer
envenena los gatos de sus vecinos.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.

¿De dónde viene su maldad?
¿Cómo construye espacios cotidianos
y entre los dedos crece sus espinas?

Hay personas que odian la madera,
otras que detestan los colores fuertes.
He conocido a quien desprecie la penumbra.
(Mala señal es no amar la penumbra.)

Quizá los gatos le sean malos
o molestos. Sus gritos buscándose en la noche
recuerden el infierno de lo vivo.

¿Cómo llegó a la ausencia, a la apatía?
Quizá no puede ver en otras vidas
donde el dolor aprende a cobijarse.

Así son las criaturas, bajo el cielo.
Si alguna vez tuvimos el jardín, lo hemos perdido
porque costaba mucho mantenerlo.

Una mujer en la ciudad mata a los gatos.
Les envenena el agua, el aire, el paso.
En los caminos quedan animalitos con estómagos rotos.


¿Debe uno afrontar la ardua tarea
de refugiar a todos los exiliados de la Tierra?

Vagan al borde del Elíseo expulsados adanes y evas 
que no han nacido a tiempo ni en la Luna, 
aquellos cuyas tierras cebaron a la Guerra. 
Se han lanzado a los caminos del exilio 
hasta el borde del mar desde la tierra 
sus blancos huesos llegarán rodando 
bajo el abrazo del sol mediterráneo. 

En la distancia vimos explosiones 
de como la sequedad del aire se abrió en grietas 
que gritaban palabras sin destino.
La indignidad fue tomada y rehecha
en todos los rincones de la tierra
donde los hombres, (otros), lamentaron
que los niños murieran.

Es el destino humano, estar sujeto
a la desgracia vil de la condena.