martes, 16 de enero de 2018

Ven elefante,
extiende tus orejas
como la Higuera de Indias
en mi lejana tierra
extiende sus hojas espléndidas y frescas.
Ahora esta es tu trompa,
cuatro patas henchidas de fortaleza,
tu esmirriada y pelambrera cola;
esta es tu voz
(como el partir de rocas,
el jadeo del agua en un recodo,
el freno de un automóvil asustado.)
Tienes hasta la nuca. Estas completo.
Eres el elefante de mis sueños,
el mismo que ilustraba abecedarios.

Te seguiré por todo el continente
para verte comer los brotes tiernos
y llegar a tocarte la trompa,
la paciencia, hurgar entre tus huellas
como un ratón insolente
trepar en tus jorobas
y deslizarme sobre tu flaco lado.

El cielo, el agua, el suelo
del elefante. Me iré con la tristeza
de no poder cargarte en una caja,
atravesar el mar hasta la costa americana
y llevarte en los caminos,
entrar a los pueblitos adormecidos
(de sol y de distancia) gritando:
¡Aquí está el elefante! ¡Vengan a ver sus huellas!
¿¡Verdad que se parece a un puente sobre el río!?

¡Salgan todos a la calle! ¡Un elefante vivo
se pasea por los campos
y rompe los caminos!
Digan hoy que mañana entrará en el olvido,
porque es un elefante vivo.
Lo han traído de la India,
envuelto en una caja de palmeras tejidas.
¡Escuchen como vibra el aire en sus mejillas,
y el agua se alegra de tocarlo!
Se volverá invisible en las fotografías,
no quedará de él más que murmullos
por que es el único elefante
de este lado del mundo:
Comió manzanas y sandías.
Vino una vieja a verlo
y al tocarle la trompa sonreía
y decía "Es como la tierra. Que buenito."

Ven elefante. Emerge de la lluvia,
atraviesa la calle,
y que al doblar la esquina
no sepan si te han visto
o es lo que querían.



lunes, 18 de diciembre de 2017

No me gusta el poeta que repite verdades
y que olvida el detalle que existe
 en la mirada de la tortuga sucia,
o en la angustia del gato adormecido.

Y menos aún aprecio a quién escriba
sobre el amor, la vida o los rencores
quince líneas que se olvidan después de ser leídas.

Cuanto me aburren los datos inconexos
y falaces de la mentira poco construida,
una pila de piedras sin destino,
como un cartel desnudo de camino
o un camino sin polvo.

Porque me gusta más el perro cuando ladra,
no por maldad, ya no por arrebato;
apenas y nomás, ya por oficio.


domingo, 17 de diciembre de 2017

Pon un poco de azúcar
junto a la taza de te.
No escatimes los dones de la tierra
que nos han sido dados
y que quizá mañana añoraremos.
Otras vidas aun padecen sus ausencias.

Pero nosotros, que aquí y hoy
coincidimos de entre todos los mortales,
podemos, media hora, ser felices
al probar una taza de te.

¿Te detuviste ayer a ver tus días?
¿O mañana lo harás, ya por la tarde?
Cuando tengas media hora de vida
que no te ocupen oficios o trajines
detente a buscar entre los árboles
una taza de te.

Para mí con azúcar. El té oscuro.
Una taza sin macula de oro.
Algún pocillo de esos que se olvidan
cuando están viejos y cuando se han quebrado.
Aquí y ahora, uno olvida un rato
lo que duele vivir y haber soñado.
De vivires propios y ajenos,
y de sueños que alcancen a otras manos.

Puede uno, (quizá egoístamente),
salir del universo media hora.


Yo no te he amado solamente en las noches;
añadí a tu cortejo de alabanzas mis días
que rescato del humo y el cemento de la ciudad
con el murmullo letánico de tu nombre
en las esquinas donde me aturde el brillo del metal,
en los apagados senderos que los árboles malcuidan,
entre la voz y la mano de los hombres
que viven a la vera de mi vigilia.

Tomé de mis noches el momento antes de dormirme
cuando espero que en mi puerta una voz llame,
y el suspiro del cuerpo cuando llega ya sin sol.
También la luz de mis amaneceres escasos
te he dedicado hablándole al espejo
la inspiración del sueño enamorado.

Desde mis días hice surgir paciencias y círculos
que repiten tu voz para mis tiempos.
Soy el guardián de tu melancolía
que ya no sientes cuando estas despierto.
Sirven mis días para rescatarte
de entre las obras que no serán eternas.


" (...) esto es amor, quien lo probó lo sabe."

Soneto 126 (Lope de Vega, 1602)

Abro la boca y viene el mundo
y me vierte en el labio una gota
donde bailan las ninfas del océano.

La matemática de sus disposiciones,
la geografía y el alcance geométrico
o la conjunción de anatomías se nos escapa.
Solo los sabios pueden avistar los círculos
y recordar la música del universo
que entre moléculas permanece escondida.
Solo quien se incline sobre el torrente
que los papeles guardan orgullosos
perdidos hoy, mañana descubiertos
ante el lento rumiar de la ciencia,
encontrará la voz humana
conservada y augusta recitando
de jeroglíficos y desconcertaciones
iluminadas hasta los vericuetos y salones
donde el viejo asombro se durmiera
para una edad futura.

Se puede ir tras los dioses a sus nidos
con ese largo hilo en laberintos
de astronomías y elucubraciones
para encontrar el Olimpo vacío.

Entonces cuando el mundo trae una gota
en el extremo de sus dedos cálidos
ofrece la explicación de sus encantos.
No es un lenguaje, hay caballos corriendo,
hay corazones y líquidos y flores.
Es como un pájaro dormido entre las nubes
que podemos tocarlo. Acariciarle el ala
y no huirá de nosotros. Será una gota
de luces y de sombras en el mundo.
Pasajero y mortal, florecen en la noche.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Puede el hombre hacer su abrigo
en cualquier sitio. Le basta la costumbre.
Levantará una chapa y hará techo
junto al silencio ronco de los árboles
en donde la raíz sostiene el mundo.
Podrá encontrar un poco de comida,
agua, un palo sin corteza,
una piedra que sirva de sostenes;
y dirá "Esta es mi casa."
Cuando venga la noche se encerrará
en si mismo, cubierto de silencio
y de abrigos polvorientos dentro del frío.

Así lo hizo en el tiempo, así es ahora.
Ayer nomas mis vecinos se fueron,
quedó su vieja casa sola.
Luego vino el mayor de los varones
y desmontó costumbres y objetos cotidianos
que en un camión llevaron entre los edificios.
Veía la ciudad su despedida.
Y en un día, siguiente y repentino, derribaron los muros,
desarmaron el techo, abrieron
los espacios que parecían eternos.
No quedó más que un hueco
y los dientes quebrados del cemento.

Dicen que otro compró este trozo de tierra
y que quiere ponerle cimientos y habitaciones nuevas.
Pero en un solo día la costumbre se ha ido
como se van, y pronto, las horas y los ríos.

Quedó la tierra sola, dormida en sus terrones
acalorándose a la mitad del día.
Y en una esquina, al frente, un hombre se ha quedado
a vigilar la noche. Un sereno olvidado
puso luces, improvisó una esquina
y después de las nueve se sienta en la vereda
como un gato en la puerta.


lunes, 4 de diciembre de 2017

-¡El Hombre está acabado, se acabó su teatro!
Y un día, a plena luz, harto de romper ídolos,
libre renacerá, libre de tantos dioses,
buceando en los cielos, pues pertenece al cielo.

Sol y carne. (Arthur Rimbaud) 

No pertenece al cielo;
es propio de la tierra.
No tiene alas ni aletas, tiene pies y cabeza.
Puede pintar un barco,
pero no perdurar más allá de su obra.
Navegará en el barco,
o en un avión se irá hacia otro extremo.
Pero permanecerá atado a los confines de la tierra.

Ha sido hecho de ella.
Sus huesos, con la leche de su madre,
le traen la masa de la tierra misma
que sale de sus socavones y se filtra
por las humanas células hasta los dientes del infante
y hasta sus mínimos huesos
y fortalece su estructura y da forma a su cabeza,
le completa el espacio de su vida
y lo sostiene dentro del viento.
Su carne viene de las raíces y las hojas,
del músculo atacado de las bestias
mayúsculas o mínimas que habitan
en derredor la tierra.
Viene su sangre, su humedad, su frío
de las innumerables capas de la tierra.

Y cuando muere, cuando muere el hombre,
vuelve a la tierra. Se hace polvo,
(es verdad todavía la antigua fórmula),
de orugas y escarabajos y hormigas
y otras vidas minúsculas e ignotas.

No existe cielo que pueda contenerlo.
Solo la tierra le ha dado sustancia y lo sostuvo,
cuando los dioses parecían extintos.
Cuando vino la pena y la apatía
a pasear su apariencia de desidia
entre los muros de tiempos olvidados de si mismos,
tomó el hombre la tierra y le puso semillas.

Miró con atención entre los árboles
como paren las perras sus cachorros,
como el animal construye su paciencia
de existir todavía.
Halló el rudo secreto de la especie
que ha elegido vivir, aunque le duela.

Plantó semillas, miles de semillas,
hizo ciudades, diques, garabatos,
tijeras, azúcar, desprendió manzanas.
Encontró el arte de inaugurar el vidrio,
recolectó la tintura del molusco,
puso nombres a cada padre río
y dio numeración a los caballos.

Pertenece a la tierra. Ha sido hecho
de sus propias sustancias. Y en ella vive
y en ella muere. No pertenece al cielo
de los alquimistas mesiánicos gnósticos
que han salido de la tierra
pero aún se niegan a verla.